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Por Rebeca Perli
Hoy se cumplen 129 años del nacimiento de Franz Kafka (en la fotografía) quien imprimió una nueva modalidad a la literatura con su estilo cargado de fina (y amarga) ironía. Sus personajes se ven atrapados en situaciones confusas de las que no pueden escapar pero que sirven para embestir y condenar regímenes con esas características. Así, el señor "K", no logra superar las trabas burocráticas para acceder al castillo; Josef K es víctima de la precaria administración de justicia en un proceso que nunca se llega a consumar, y Gregorio Samsa, metamorfoseado en un repugnante insecto, sufre la discriminación a las minorías, lo cual atañe también a Kafka como judío, condición de la que él siempre estuvo consciente. A Samsa se le acepta con una tolerancia que es solo resignación al admitir a alguien que en el fondo se desdeña; no es la auténtica apertura que surge del derecho de cada quien a ser libre, limitado solo por el derecho del "otro" a esa misma libertad.
La existencia de Kafka, se vio dominada por la autoridad paterna y afectada, siendo aún niño, por el fallecimiento de 2 de sus hermanos. Su inestable salud segó su vida a los 40 años de edad y lo "libró" de ser deportado a los campos de exterminio como lo fueron sus hermanas, víctimas del Holocausto. La humanidad tiene una deuda con Max Brod, amigo y albacea de Kafka quien no cumplió su postrer deseo de destruir sus escritos después de su muerte.
Los pensamientos de Kafka condensan, a veces en dos líneas, tratados enteros. Cuando dice, "No leo publicidad ya que si lo hiciera pasaría todo mi tiempo deseando cosas" sintetiza el adoctrinamiento, y, en cuanto a política: "todas las revoluciones se evaporan y solo dejan tras de sí el lodazal de una nueva burocracia".

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