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Dos asumen poseer a la tierra de Israel
18/07/2012

Por Diego Martínez
Como siempre, conviene establecer distinción en el tiempo y en el espacio. Pero los errores cometidos son los mismos. La época de los Reyes Católicos fue una época creadora, pero también de vergüenza con la expulsión de los judíos de Castilla y Aragón (1492). Desgraciadamente, esta Iberia feliz vuelve a reinventar la historia con las ayudas a la expansión "cultural" islamista en España. Algo, por otra parte, que no debería inquietar si el apoyo a la llamada cultura de las civilizaciones fuera para todos por igual, como dice defender uno de sus promotores, el jefe del Ejecutivo español. Claro que cuando toca de cerca lo israelí, la cosa cambia radicalmente.
Los responsables de la política exterior española tienden a adoptar las costumbres y las apariencias de otros Estados, un fenómeno de mimetismo a veces peligroso. Éste es uno de los aspectos de la "moda" occidental que, como en épocas pasadas (tan lejanas y tan cercanas), se convierte en un proceso sociológico para ejercer un control permanente sobre el pueblo israelí. Claro que las historias pasadas no pueden servir para el presente, porque la historia no se repite, sino que se caricaturiza. Lo cual le resta toda credibilidad.
Hace poco saltaba la noticia que el Instituto de la Juventud, dependiente del Ministerio de Igualdad español, recomendaba en su boletín oficial un curso de verano sobre Palestina, organizado por la red Mundo Árabe. Y lo que es más grave y preocupante, la misma organización que dirige Alhmed Hijazi en su página digital acusa a España de rendirse ante Israel, a la cadena de radio de los obispos españoles de ser un instrumento al servicio del sionismo y al principal partido de la oposición de propiciar la instalación en la Comunidad de Castilla y León (donde gobierna) de Industria Militar Israelí. Es decir, el Ministerio de Igualdad español, a través de ayudas con dinero público, está recomendando cursos de "extremismo árabe".
Este tipo de ayudas del Gobierno español al mundo islamista extremista es un espectáculo moralmente lamentable. Y lo es, en primer lugar, porque ningún país de Occidente (al menos de forma oficial y pública) ha ofrecido jamás ayudas similares para el expansionismo, dicen, "cultural" del movimiento islamista radical. Pero hay un segundo motivo más lamentable: permitir en España la provocación de un radicalismo excluyente contra todo lo israelí. Es decir, uno se queda atónito ante la pasividad del Ejecutivo español al permitir acciones difamatorias y provocativas en su propio territorio contra un Estado democrático y, sin embargo, no duda en colaborar con la organización que lanza tales discursos cargados con la apología más extremista.
Para iluminar los claroscuros de la política anti israelí del Gobierno español hay otro hecho que lo dice todo, menos el de guardar las composturas más elementales del juego diplomático. El presidente del Ejecutivo español, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció su incondicional apoyo al egipcio Farouk Hosni, famoso por sus durísimas declaraciones públicas anti judías, como candidato a la dirección general de la UNESCO. Las presiones de la UE, de la que el mandatario español será presidente de turno el próximo año, y de la propia diplomacia israelí hicieron que Rodríguez Zapatero cambiara su postura.
Estos hechos me hacen reafirmarme aún más, si cabe, en mi anterior columna publicada en Aurora: el poder mediático juega a favor de unos intereses y en contra de todo aquello que sea o represente lo israelí. Porque, entre otras cosas, estos lamentables sucesos han sido "callados y ocultados" por la mayoría de los medios españoles. Y es que, tanto en España como en Occidente, el poder mediático aporta su granito de arena que alimenta a aquellas voces que pretenden alterar la vida cotidiana de un Estado soberano.
Los adictos a estas campañas permanentes, no innovan. Siguen sus invertebradas metodologías. Y con esta valiosa ayuda, la diplomacia española actúa como el gremio de vendedores ambulantes y de los talleres de costura, practicando con pericia el arte de sacar beneficio (casi siempre en el sector energético) en aquellos países árabes que apoyan moral y económicamente el radicalismo islamista por el procedimiento de escanear el pasado a base de convertirlo en una mascarada del presente. Y este fenómeno, el de la sobrealimentación de lo anti israelí, es un hecho.
Razón por la que hoy nos enfrentamos a dos historias. La primera, la de la explicación, que no existe porque no se puede justificar; la segunda, la del apoyo a organizaciones excluyentes y de claro signo anti israelí, también injustificable. Conclusión: ninguna de las historias que nos quieran transmitir goza de verosimilitud en estos tiempos.
Entre tanto, España sigue recomendando cursos de "extremismo árabe".

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