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Por Beatriz W. De Rittigstein
Tras varios meses de la crisis bélica en Siria, en estos días que en los barrios de Damasco se enfrentan las fuerzas de Bashar Assad con los rebeldes que ya controlan ciertas zonas del país, se observan deserciones de personajes que estuvieron muy cercanos al poder dictatorial.
Una de las huidas más emblemáticas por dar innegables señales del derrumbe del régimen, es la del general Manaf Tlas, amigo de la infancia de Bashar, quien ocupaba un puesto prominente como oficial de la Guardia Republicana, cuerpo de élite del ejército sirio al que se le responsabiliza de ejecutar las mayores masacres de la población civil.
La familia Tlas fue un pilar de apoyo sunita para el régimen de minoría alauita. El patriarca, Mustafá, tuvo un vínculo estratégico y fraternal con Hafez Assad. Juntos elevaron el partido Baas al poder. En 1970, Hafez dio un golpe de Estado; una vez instalado como presidente, primero nombró a Mustafá como jefe del Estado Mayor y posteriormente ministro de la Defensa, cargo que ocupó por 30 años.
Mustafá constituyó el símbolo del régimen de los Assad en Siria. Su leal respaldo sirvió para que Bashar Assad, un político novato, consolide su control sobre Siria desde el 2000 cuando su padre falleció. A través del clan Tlas, se garantizó el apoyo militar, el dominio del aparato estatal y las múltiples conexiones comerciales, especialmente con los sunitas.
Al parecer, el presidente le perdió la confianza a Manaf y a ello se debió su escape a Turquía. No se pueden prever sus planes, pero su reciente deslinde del poder en Siria no debería instituirse en un pasaporte a la libertad, pues formó parte de un régimen corrupto, tirano, opresor y violento, lo cual lo hace tan culpable como el propio Bashar Assad.

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