El último patriarca, David Ben Gurion

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Por Gustavo Arnstein
A hora cuando estamos empezando a transitar, paso a paso, el jubileo universal del judaísmo por los sesenta años de existencia del Estado de Israel, al retrotraer nuestra amplia mirada histórica a lo que ha pasado en esa nación en ese lapso, inevitablemente surge, en primer plano, la figura descomunal de David Ben Gurion, pivote fundamental e imprescindible a la hora de explicar por qué hoy existe Israel, pujante e inconmovible.
No nos atrevemos a decir, aunque ganas no nos faltan de hacerlo, que sin Ben Gurion no se hubiera llegado a concebir la existencia de Medinat Israel. Lo que sí afirmamos, convencidamente, es que sin Ben Gurion, sin su liderazgo patriarcal -en la más bíblica acepción del vocablo-, Israel no sería lo que es hoy. Por eso, para estar tranquilos con nosotros mismos, al comenzar esta jubilosa celebración de los sesenta años de Israel, nuestra atención tiene que estar dirigida hacia él, hacia David Ben Gurion, cuya memoria, estamos seguros, vivirá por los siglos de los siglos en el alma judía.
¡Cómo olvidar ese 14 de mayo de 1948, cuando en la Biblioteca de la ciudad de Tel Aviv Ben Gurion, acompañado por una pléyade de soñadores, anunció al mundo, con voz nítida e irreversible, que desde ese momento Israel pasaba a formar parte del concierto de las naciones libres y soberanas! Era la respuesta decidida, que ya no tenía marcha atrás, a la resolución, sancionada por las Naciones Unidas el 27 de noviembre de 1947, mediante el cual se aprobaba la creación del Estado de Israel. Las palabras breves y concisas de Ben Gurion, no deben quedar duda de ello, transmutaban en hecho concreto y tangible lo que en el texto de la ONU era una admonitoria voluntad universal, una penitencia obligada ante la indiferencia, para todos los efectos reales, de toda la humanidad ante la hecatombe moral y material, no superada ni antes ni después, de lo que fue el Holocausto exterminador nazi.
Ben Gurion -ya lo hemos dicho antes- que siempre veía más lejos que los demás, mucho más, en el horizonte de los acontecimientos, sabía que si no se materializaba inmediatamente en algo institucionalmente visible, de cualquier manera honorable e inexpugnable, la resolución de la ONU se hubiera convertido en un saludo a la bandera, muy augusto y conmovedor, pero saludo a la bandera al fin y al cabo. Dicho de otra manera: había que hundir en Tierra Santa, y cuanto antes, para que ondeara a los cuatro vientos, la bandera blanca y azul de la Estrella de David. ¡Y eso fue lo que hizo David Ben Gurion, visionario y sin titubear, el 14 de mayo de 1948 en la Biblioteca de Tel Aviv! Con lo dicho anteriormente sólo hemos querido enfatizar -nuestra conciencia nos lo exigía así- que fue la decisión existencial de David Ben Gurion la que hizo posible, en el menor tiempo posible y sin vacilaciones, que el Estado de Israel surgiera a pesar de todas las limitaciones y los contratiempos que llevaba consigo asumir esa tarea ciclópea.
Con ello queremos decir que, aunque el sueño de todo judío es volver a Israel, en el momento histórico que Ben Gurion se pone al frente de la tarea de levantar los cimientos de Medinat Israel, si nos ajustamos a la verdad fáctica -reiteramos-, excepto por la vocación milenaria de vivir allí en Tierra Santa, todo estaba por hacerse. A pesar de eso, contra todos los vaticinios que presagiaban lo utópico e irrealizable de la empresa, Ben Gurion, visionario como dijimos antes, siguió hacia adelante y, desafiando la lógica tradicional, hizo brotar, apoyado por su férreo liderazgo, el Israel tantas veces soñado.
Y aquí estamos, sesenta años después, contemplando este Israel feraz y promisorio, país abanderado del primer mundo, en la primera fila de los grandes logros para la humanidad, siempre a la vanguardia, con un nivel de vida excepcional y, sin discusión, toda una potencia económica y cultural, abriendo caminos sobresalientes en la educación, la ciencia y la tecnología.
Eso fue lo que sembró David Ben Gurion, convencidamente y sin hacer ruido, enfrentando, sin bajar ni un instante la guardia, problemas por doquier. Por eso nos atrevemos a decir, ya hoy, aunque el futuro lo ratificara con creces y esplendor, que en la historia milenaria del judaísmo David Ben Gurion pertenece a la estirpe excelsa a la que pertenecen muy pocos, poquísimos, semejantes. Tal el caso de Moisés, David y Salomón.
Porque, admitámoslo, Ben Gurion es, mientras no aparezca otro de su talla y de su colosal intemporal liderazgo, nuestro último patriarca.

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