Judíos rechazados por Miami y La Habana

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Por Elinor J. Brecher
Antes de los seis millones estaban los 937.
Eran judíos alemanes a bordo del trasatlántico MS St. Louis que buscaban refugio de los nazis en La Habana y Miami, cuatro meses antes que estallara la Segunda Guerra Mundial.
Primero Cuba les negó la entrada, después fue Estados Unidos. Entonces estos refugiados sin patria regresaron a Europa, donde 254 de ellos murieron en el Holocausto.
En un gran éxito de taquilla, Hollywood llamó su historia Voyage of the Damned (El Viaje de los Malditos).
El domingo, en una reunión en Miami Beach, varios de los sobrevivientes de la odisea la calificaron de "luz verde" al Tercer Reich para el genocidio.
"El mensaje que Hitler recibió fue que a nadie le importaban los judíos" dijo el coronel retirado Phil Freund, de la Reserva del Ejército de Estados Unidos, que cumplió ocho años a bordo del barco cuando estaba anclado en la Bahía de La Habana en mayo de 1939.
"Había mucho antisemitismo en ese momento, de modo que el mensaje fue: ‘Que les hagan lo que les quieran hacer".
Eso hicieron los nazis, y para el final de la guerra en 1945, seis millones de judíos europeos habían muerto de hambre, torturas, gases y balazos, en medio de la miseria y la desesperación.
Freund, de 78 años, vino de Whitefish Bay, Wisconsin, para la reunión, a la que asistieron 33 pasajeros del St. Louis, alrededor de la mitad de los que quedan vivos.
Se reunieron en el Renaissance Resort del Eden Roc en Miami Beach, el paraíso de palmas que muchos recordaban haber visto desde la cubierta. La mayoría de esas personas tenían solicitudes válidas de inmigración en Estados Unidos. Solamente 28 llegaron a tierra.
"El Servicio Guardacostas nos ahuyentó", afirmó Freund. "Entonces fuimos a Fort Lauderdale, donde había una pequeña estación. También nos echaron de allí".
El Reino Unido, Bélgica, Holanda y Francia aceptaron a la mayoría de los pasajeros, aunque algunos murieron de todos modos cuando los nazis lo invadieron todo, excepto el Reino Unido.
La historia ha juzgado con dureza al gobierno del presidente Franklin D. Roosevelt por su falta de voluntad política en el asunto del St. Louis, algo que finalmente reconoció el Congreso este año en la Resolución 111.
Coincidiendo con el aniversario 70 del regreso del barco a Europa, la resolución admite que "lo del St. Louis es sólo una tragedia de millones de esa época . . . pero todavía nos acosa como nación y merece reconocimiento".
Patrocinada por el senador Herb Kohl, demócrata por Wisconsin, con respaldo bipartidista, la resolución no llega a ser una disculpa. Pero "reconoce el sufrimiento de aquellos refugiados, causado por la negativa de los gobiernos de Cuba, Estados Unidos y Canadá de brindarles asilo político".
Copias de la resolución, firmadas por sobrevivientes, fueron entregadas el domingo a representantes de varias instituciones que planean exhibirla, incluyendo los Archivos Nacionales, el Museo de la Memoria del Holocausto en Washington, el Museo Judío de Berlín y el Museo Judío de la Florida en Miami Beach.
Al recibir una copia de la Resolución, Ofer Bavly, cónsul general de Israel en Miami, dijo que nunca habrá otro St. Louis ni otro Holocausto, porque el Estado de Israel, establecido en 1948, representa "resguardo seguro" para todos los judíos.
"Nuestros enemigos desaparecieron hace tiempo ya", dijo Bavly. "Nosotros todavía estamos aquí".
Eric Fusfield, subdirector del Centro de Derechos Humanos y Normas Públicas de Bnai Brith, que promovió la resolución del Congreso, dijo que "las disculpas generalmente connotan restitución y no queríamos que asuntos de dinero" enturbiaran el proceso.
"El paso del tiempo ayuda a la gente a ver los hechos con más claridad", añadió, explicando por qué el Congreso tardó tanto en admitir el papel del país en la saga del St. Louis.
Los pasajeros exploraron ese tema el domingo en una obra de un acto, The Trial of Franklin D. Roosevelt (El Juicio de Franklin D. Roosevelt), escrita por Robert Krakow, un abogado de Washington.
Haciendo las veces de fiscal, un hombre llamado "Pasajero J" procura decidir si Roosevelt debe ser juzgado como cómplice "por actos de omisión en crímenes de genocidio", como la negativa a permitir que el St. Louis tocara tierra o bombardear la línea férrea que conducía al campo de concentración de Auschwitz.
El abogado defensor, el "Presidente John F. Kennedy" procura reivindicar a Roosevelt porque "persuadió a un Congreso aislacionista de que los nazis representaban un peligro inminente [para Estados Unidos] y así salvó vidas".
Un "jurado" de seis pasajeros no se dejó influir. Cinco declararon a Roosevelt culpable en un fallo no incluido en el guión.
La Fundación Nacional para la Continuidad Judía patrocinó el acontecimiento, conjuntamente con The Miami Herald. Howard Kaye, presidente de la Fundación dijo que le preocupa que la juventud judía no sepa lo suficiente sobre ese período en la historia y que presentarla en un medio artístico podría captar la imaginación de esos jóvenes.
"Quiero que la gente comprenda el valor de su patrimonio", señaló Kaye, de 44 años. ‘‘La vida que yo llevo hoy es resultado de lo que nuestros antecesores pasaron".
Aunque sólo tenía 12 años en aquel momento, Herbert Karliner, repostero retirado que ahora vive en Aventura, recuerda haber visto a Miami Beach desde el barco y pensó que viviría allí algún día.
Ahora tiene 83 años y dice que la primera palabra en español que aprendió fue ‘‘mañana" durante los 12 días que el barco esperó en la Bahía de La Habana. "Pero ese mañana no llegó nunca".
Los pasajeros, con la ayuda de un capitán que simpatizaba con ellos, "enviaron telegramas a todas partes del mundo" en busca de asilo.
"De Roosevelt no hubo respuesta. Tampoco hubo respuesta de Eleanor Roosevelt cuando se le pidió que dejara entrar a los niños. Sabíamos lo que nos iba a pasar" como lo sabía el presidente, aseguró Karliner.
"Veinte años después, vinieron 100,000 cubanos y la puerta estaba abierta. Para nosotros no, porque éramos judíos".
Egon Salmon, de 85 años y de Delray Beach, y su hermana, Edith Salmon Smith, de 76, de Boynton Beach, recuerdan cómo los pasajeros cambiaron "drásticamente" de actitud en La Habana, de optimistas y esperanzados a asustados y deprimidos.
Estaban literalmente a un grito de distancia de su padre, que se había ido a Cuba y había comprado pasajes para el resto de la familia, seguro de que se reunirían en la isla y de allí vendrían a Estados Unidos.
Pero sólo pudieron comunicarse a gritos, él parado en el muelle, sin saber qué le deparaba el destino.
Para Salmon, agente de bienes raíces retirado de Staten Island y veterano de la Segunda Guerra Mundial, la reunión del domingo fue emotiva.
"Uno piensa que es la última", dijo secándose las lágrimas.

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