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Por Sixto Medina 
E l 31 de enero de 1933, Klaus Mann, hijo del célebre novelista Thomas Mann, anotó en su diario personal la siguiente profecía: "Cuando Hitler fue nombrado canciller del Reich, Alemania se transformó en el país de las posibilidades ilimitadas". Nadie sospechaba hasta qué punto esas posibilidades se emparentaban con lo terrible. En el filme de Román Polanski, El Pianista, película que tuve la oportunidad de volver a ver hace unos días, uno puede mirar ahora, en perspectiva, la condición de lo ilimitado: encarna y se multiplica en la perfecta construcción del mal. Como un programa de vida a partir de la muerte. 
La historia es simple, aplastante y poderosamente atractiva. Estamos en Varsovia en 1939 y los nazis acaban de ocupar Polonia. Las familias judías comienzan a sentir el alarmante e insidioso clamor de un antisemitismo; prohibiciones absurdas, a los judíos no se les permite pasear por los parques, tampoco podrán acceder a la Ópera o a un cierto número de restaurantes. Lentamente dejan de existir las garantías civiles y políticas y no se admite a los judíos en los empleos públicos. Una marca ominosa los señala: ya es obligatorio el brazalete con la estrella de David. En muy poco tiempo todo les será confiscado. 
El núcleo central del filme enfoca la peripecia de un hombre cuya familia es deportada para morir en un campo de exterminio. El hombre es un joven de 27 años, Wladislaw Szpilman, pianista en la Radio de Varsovia, la ciudad donde murió casi a los 90 años, en junio de 2000. Al terminar la guerra, el músico volvió a la radio e interpretó una vez más a Chopin, prohibido por los nazis debido a su carácter nacionalista. En 1946 escribe su propia aventura de sobreviviente, prófugo y oculto en la misma Varsovia, bajo el título de La muerte en la ciudad. 
Es asombroso asistir, tanto en el libro como en el filme, a la casi desintegración del protagonista. Nos hacen saber que fue a parar, sin saberlo, a un edificio, utilizado como cuartel por un destacamento del ejército ocupante, en la ciudad reducida a escombros. Y es allí donde lo descubre un militar de la Wehrmacht, el oficial Wilm Hosenfeld, que, sorprendido ante aquel fantasma harapiento que ha salido de su cueva porque el hambre lo empuja, le pregunta quién es. 
Cuando Szpilman responde que es músico, Hosenfeld ordena que toque en un piano desafinado que hay en la sala. El oficial alemán lo escucha en silencio y cuando concluye le ofrece comida y abrigo y le pide que vuelva a ocultarse. 
El pianista de Varsovia vivirá para contarlo. El oficial Hosenfeld morirá siete años más tarde en un campo de concentración soviético, en el llamado socialismo real. 
El filme logra trazar la memoria viva de la condición humana llevada a los extremos de la sordidez y la abyección, donde la humillación, el hambre y la muerte son los elementos corrientes de la vida diaria.
Fuente: Diario Tal Cual

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