Dos documentos históricos paralelos

Leyes y Costumbres del Mes de Elul
15/08/2012
Monstruo renovado
19/08/2012

Por Rajel Hendler
En un trabajo de Zalman Shazar, ex presidente de Israel, se hace una referencia a la similitud entre el Edicto de Ciro y la contemporánea Declaración Balfour del 2 noviembre del año 1917.
Comenzaremos por orden cronológico.
Los profetas del destierro infunden fe y esperanza de liberación y regreso, fomentando y afianzando la resistencia y rechazo al medio.
La trayectoria singular de Israel de la servidumbre a la libertad, del sufrimiento a la revelación, este impulso eterno de un pueblo a la “máxima altura del espíritu” como afirmara un historiador, se hace realidad en los cautivos de Babilonia.
Finalmente, Ciro, rey de Persia, sitia Babilonia en el año 539 a.C.
Habían pasado medio siglo cautivos y llega la esperanza de la liberación y del retorno.
La población judía recibió a Ciro con regocijo y éste resolvió, prometió liberarlos. Por todas partes se pregonó: “Que la casa de Dios en Jerusalén se reconstruya”.
…“Que los gastos se saquen de las arcas reales…. que los objetos de oro y plata que Nabucodonosor llevó se devuelvan y sean colocados en su sitio en el Templo de Jerusalén”.
Para que se cumplieran las palabras de Dios pronunciadas por Jeremías, “hasta que la tierra haya disfrutado sus sábados… hasta que se cumplieran los 70 años”.
El año primero de Ciro, rey de Persia, para que se consumara la palabra de Jehová, despertó el espíritu de Ciro, quien de viva voz proclamó: “Todos los reinos de la tierra me ha dado Jehová, Dios del cielo, y el mismo me ha encomendado que le edifique una casa en Jerusalén de Judá. Quien de vosotros pertenece a cualquier parte de su pueblo, sea Dios con él y parta”. Fue así el Edicto de Ciro.
En 1917 la Declaración Balfour señala: “El Gobierno de S.M. apoya el establecimiento de un Hogar Nacional Judío en Palestina y se esforzará en facilitar la realización de este objetivo, quedando claramente entendido que no se hará nada que perjudique los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y status políticos de que gozan los judíos en cualquier otro país”.
Esta referencia de Shazar nos lleva a estudiar y analizar ambos documentos y encontramos que el Edicto de Ciro tiene carácter puramente religioso, pues se refiere a la Casa de Dios, a su construcción en Jerusalén.
La Declaración Balfour es, desde luego, un documento de carácter civil aunque se preocupa sin duda por la libertad religiosa de las comunidades no judías que viven en Palestina.
Tienen en común que en ninguno se hace mención de la recuperación de la soberanía judía. Ciro no habla del Reino de Judá ni Balfour de Estado Judío, de modo que no se define ningún status político independiente. Entonces Judá era una colonia persa. Y en nuestros días, en el año 1917, una colonia británica.
Lo que sí tenían en común, que ambos mandatarios ponían trabas en su oportunidad, a la aliá judía, a lo largo de su gestión.
Y como en nuestros días, tampoco entonces los judíos afluyeron enseguida en masa a la tierra redimida; evicentemente, les costaba abandonar un presente cómodo más o menos cierto.
Hoy cuando nuestro Estado cumplió 62 años y la Declaración Balfour 93, sentimos el impulso y la necesidad de aunar un tanto los hilos de la historia y mentalmente hacer nuestra evaluación de lo que logramos, y sobre lo que debemos velar, cuidar y confirmar día a día.
Reflexionar sobre los móviles que nos llevan a la recapitulación histórica. Y si bien los hechos históricos no son una ciencia exacta, no tienen la precisión matemática, nos sirven para extraer consecuencias en el orden político, social, económico, real en que vivimos. Y nos conducen a no olvidar, siempre recordar los principios esenciales de la tradición judía, de Sión, ya que su olvido implicaría un desafío a la vida, un reto a nosotros mismos.
Como afirmó Herzl en cierta ocasión: “El Sionismo seguirá vigente y necesario también después de declarado y fortificado el Estado Judío”.”
Herzl, a quien la historia consagró en forma alegórica como el shamash que encendió las velas de la Menorá, símbolo de nuestra Mediná, fue su guía, su conductor.
Hoy escuchamos frecuentemente que nuestro problema, tanto aquí como en las comunidades judías de la diáspora, es que faltan conductores (maniguim en hebreo).
Estamos viviendo, una vez más, una época trascendente en la vida de Israel, del pueblo, del Estado, que nos prometió Herzl y cumplió.
Se acerca la fiesta de Januca, estamos en vísperas de prender la Menorá. Quién será el shamash, que a la luz eterna de las milagrosas luminarias de Januca levantará bien alto la bandera, con inteligencia, patriotismo, fe y honestidad y nos encaminará a una solución justa de los conflictos actuales, hacia el anhelado sendero de la paz y la confraternidad.
Fuente: Aurora Digital

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.