Monstruo renovado
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Esclarecimiento mediático
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Por Julián Schvindlerman 
La semana pasada Israel fue atacada desde el desierto del Sinaí, desde la Franja de Gaza y desde El Líbano sin que ello motivara una reacción audible por parte de la familia de las naciones. Cohetes fueron disparados desde Gaza por Hamas contra Ashkelon y Sderot. Presumiblemente esta misma agrupación terrorista lanzó cohetes desde el Sinaí contra Eilat, algunos de ellos aterrizaron en el Mar Rojo y otros en Jordania, con consecuencias letales. En el norte del país, soldados israelíes cayeron bajo el fuego premeditado de soldados libaneses. UNIFIL, la fuerza internacional de la ONU asentada en la frontera, confirmó que no hubo violación territorial alguna por parte de Israel. Y sin embargo, ante este casus belli cristalino todo lo que el mundo hizo fue emitir un llamado a la moderación a ambas partes.
De haber existido responsabilidad israelí en estos acontecimientos podemos dar por descontado que la comunidad internacional se hubiera hecho oír con impetuosidad. Nos han acostumbrado tanto a esta doble vara moral que ya prácticamente no la notamos. Pero las consecuencias de esta actitud mundial se harán sentir en el plano geopolítico, además del moral. Permitir que movimientos fundamentalistas ataquen impunemente redundará en renovadas agresiones. Ignorar una provocación militar abierta de un ejército soberano alentará repeticiones. Ninguno de los casos contribuirá a la estabilidad regional.
Como es usual, son los israelíes los que terminan pagando el precio de las internas y el extremismo musulmán. Ante el prospecto (incluso tenue) de negociaciones de paz entre israelíes y palestinos, los saboteadores emergen. Sólo que orientan su furia contra Israel exclusivamente: son sus poblados y sus habitantes los objetivos del terror. En el pasado, no han sido explotadas pizzerías en Nablus o Jericó, sino en Jerusalem y Tel-Aviv, para supuestamente frenar el diálogo bilateral. Actualmente, El Líbano está sujeto a tensiones internas dispares y son soldados israelíes los que caen abatidos. Tales son las reglas que gobiernan la insensatez del despiadado Medio Oriente.
El Líbano ha sido promesa y fracaso. Con su multi-etnicidad, su apertura internacional y su vanguardismo cultural, el país ofreció la esperanza de una existencia diferente y singular. Pero la injerencia de la OLP, de Siria y de Irán, sus guerras civiles y su alucinante inestabilidad forzó a israelíes, franceses y estadounidenses a enredarse -y embarrarse- en su trágica realidad. Debieron pagar un alto precio humano, político y material antes de poder despegarse, nunca del todo, de su sofocante intensidad. Los malos recuerdos de tiempos no demasiado distantes indujeron al trío occidental a un prudente distanciamiento, pero el país de los cedros -cual fantástico hechizo de un mago oriental- no se deja ahuyentar.
El 14 de febrero de 2005, el entonces premier libanés Rafiq al-Hariri, junto a otras veintidós personas, resultó muerto en una explosión de mil kilogramos de TNT en Beirut. La indignación popular y la presión internacional derivaron en la partida de los ocupadores sirios tras casi tres décadas de presencia en el país. Un Tribunal Especial de las Naciones Unidas fue establecido en La Haya para investigar el asesinato. Sus conclusiones se esperan prontamente. Una apreciación preliminar publicada en octubre del 2005 por el Consejo de Seguridad de la ONU involucró a Siria en el episodio. Poco tiempo atrás, el líder del Hizbullah, Hassan Nassrallah, declaró que el tribunal seguramente endilgaría responsabilidad a su movimiento. El primero es ruta de tránsito para las armas que provee Irán al segundo. Ambos tienen un interés especial en impedir que las conclusiones del panel investigador socave su influencia política local. Hizbullah podría perder apoyo popular -por no mencionar sus asientos en el gabinete libanés- de ser designado partícipe del asesinato del padre del actual premier Saad Hariri. Damasco podría ver estropeada su esperanza de algún día retornar como guardián. El patrón de ambos, Teherán, podrá preferir reservar el prominente arsenal de la milicia chiíta (40.000 misiles) como medio de represalia ante una eventual operación israelí, pero una pequeña distracción global respecto de este incómodo asunto que puede potencialmente dañar a sus aliados y afectar así su propia autoridad en El Líbano, no le vendría mal.
Esto puede explicar la razón por la cuál un comandante de brigada libanés, chiíta y simpatizante de Hizbullah, dio la orden de abrir fuego contra militares israelíes que realizaban trabajos de rutina en suelo israelí, llegando a convocar anticipadamente a periodistas para relatar el ataque. Esta vez Jerusalem decidió responder de manera puntual contra la fuente de la agresión. La próxima vez podría elegir hacerlo contra el Ministerio de Defensa en Beirut. Para evitar este desarrollo, presión deberá ser ejercida sobre el gobierno libanés para que controle seriamente a su ejército. Un buen punto de partida en pos de ello sería el abandono de la retórica piadosa que ubica en igual plano al agresor y al agredido.

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