Kibutz: transformaciones a 100 años

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Por Jana Beris
Para muchos será siempre el ejemplo de un sueño hecho realidad. Un ideal concretado a pulmón. Para otros, es una idea romántica ya pasada y fuera de lugar. Como sea, el kibutz, un modelo de comunidad colectivo único en el mundo, creado por pioneros que aportaron así a la formación de Israel, tiene razones para sentir que el centenario que celebra este año es un capítulo clave en la historia del país.
El primer kibutz, Degania, fue creado casi cuatro décadas antes de la declaración de independencia de Israel. El y la mayoría de los que le siguieron, se instalaron en sitios generalmente desolados, lo cual incidió directamente en su forma de vida. Sus habitantes secaron pantanos y lucharon contra enfermedades, lidiando además con serios problemas de seguridad.
Fueron en gran medida los kibutzim (el plural de kibutz) los que determinaron en el mapa lo que luego se confirmó como las fronteras de Israel. Aportaron al desarrollo de la sociedad israelí, tanto en la defensa como en la educación y el trabajo agrícola. El peso de su significado y simbolismo siempre fue mucho mayor que su porcentaje en la población en general.
El modelo comunitario de acuerdo al que vivían los kibutzim, se convirtió en una de las más importantes tarjetas de presentación de Israel. El lema era que cada uno trabaja según sus posibilidades y recibe según sus necesidades. Durante décadas, eso funcionó, aunque la ideología era más fuerte que el resultado económico.
Pero la crisis económica vivida en Israel en la década de 1980, desencadenó una revolución. "Si no hacíamos cambios, corríamos el riesgo de desaparecer", explica Aviv Leshem, portavoz del movimiento kibutziano. "La economía de muchos se estaba desmoronando y fue inevitable comenzar un proceso de privatización".
Fin del "igualitarismo"
Así el igualitarismo absoluto y total, desapareció en la mayoría de los kibutzim. De los 273 kibutzim existentes hoy, 188 adoptaron el "nuevo modelo", que incluye salario diferencial según el trabajo de cada uno. Además, diferentes servicios que antes todos los miembros recibían sin pagar por ellos, fueron privatizados. Por ejemplo, en lugar de tener electricidad sin límite independientemente de lo que gaste cada uno, y en lugar de comer en el comedor del kibutz todas las comidas, se divide el presupuesto antes destinado a cada gasto, entre todos los miembros (por igual) y cada miembro del kibutz decide en qué gasta su dinero. Otro paso fue permitir la propiedad privada, como por ejemplo la compra de un auto particular, antes impensable.
"Pero los medios de producción continúan siendo comunes y temas como la educación y la salud se manejan en forma colectiva, así como el medioambiente y los espacios colectivos en el kibutz", dice Aviv Leshem.
"Antes, el kibutz tenía miembros, javerim" (que en hebreo también significa "amigos"), "y ahora son los javerim los que tienen un kibutz", dice Dov Avital, mazkir (secretario) del kibutz Metzer en referencia a que la gente continúa viviendo en ese marco porque así lo desea, pero habiendo logrado ajustar algunas de sus características. "Antes, el colectivo era lo central, lo primordial. Ahora está claro que la felicidad del individuo está en el centro y ello incluye su elección de que el kibutz siga existiendo, pero adaptado a la nueva realidad", afirma Avital.
A pesar de los cambios (que no todos los kibutzim adoptaron, ya que están aquellos que optan por continuar con distintos matices de colectivismo e igualdad plena), el kibutz como institución se mantiene, también como estructura jurídica. "El tema de la mutua responsabilidad entre los miembros garantiza a todos mucho más del mínimo en la sociedad afuera y es tanto un valor como un compromiso", recalca Aviv Leshem.
Dov Avital admite que "todavía estamos buscando el equilibrio ideal, es un proceso que no ha terminado". Probablemente la mejor prueba de que el cambio en los kibutzim, aunque a algunos les choque, ayudó a permitir su supervivencia mejorando su funcionamiento y desempeño general, es el hecho que en los últimos años, jóvenes que los habían dejado, comenzaron a volver. "Somos atractivos nuevamente", nos dicen algunos javerim. "Las cosas buenas, las mantuvimos, y supimos adaptarnos a la necesidad de mejorar lo que estaba mal".

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