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Por Moisés Garzón Serfaty
La educación es, sin duda, la principal herramienta para ampliar el acceso de la gente a las oportunidades y mejorar su calidad de vida.
A partir de la experiencia de diversos países, está demostrado que invertir en mayores y mejores niveles de educación fomenta estadios superiores de desarrollo de la población y del país, al ampliar las posibilidades de inclusión y distribución de los beneficios que la sociedad produce, genera y forja con sus componentes. Me refiero no solamente a la educación universitaria, sino al modelo y concepto de educar a toda la población desde edades muy tempranas, incluso la preparación y capacitación en los más variados oficios, artesanías y técnicas indispensables en el mundo cambiante de hoy.
Se debe apelar a despertar una emotividad colectiva mediante la cual se obtengan una comprensión y una convicción profunda del potencial que cada ser humano tiene, y del papel que la educación en su más amplio sentido puede desempeñar como espacio de encuentro hacia una mayor movilidad social, con incidencia en el bienes­tar de los individuos.
Además de ser un derecho humano fundamental, pues es la llave para la puesta en escena de todos los otros derechos humanos, la educación es un formidable recurso contra la pobreza y el subdesarrollo, que también puede contribuir al cambio cultural de las sociedades, pues así como se nutre de la cultura local, está en capacidad de incentivar y fomentar nuevos hábitos y costumbres, transformando y enriqueciendo la cultura de las sociedades.
La educación no se agota en el sistema formal de las escuelas. Si bien la educación formal debe “enseñar a aprender”, la formación del ser y del individuo es una tarea que nos convoca a todos. Hay que educar en el hogar, en las empresas y organizaciones y en la vida cotidiana, pues si la calidad de los aprendizajes es un desafío para el sistema formal, el nuestro, por lo que respecta a la calidad en valores y para la vida, es el de educar en el ámbito de la moral y del comportamiento ético, para una mejor convivencia ciudadana por medio del respeto, la tolerancia, la honestidad y la solidaridad que exige actuar con sentido de comunidad, ofreciendo apoyo y ayuda desinteresados a quien lo necesite.
Se debe prestar atención a la deserción escolar y sus causas, el déficit de liceos, escuelas técnicas y universidades, lo que, en parte, ocasiona que gran número de estudiantes de primaria no pasen a grados superiores de educación. La pobreza y, por ende, la necesidad de ayudar al sostén del hogar paterno, lo que fomenta el trabajo infantil, es otro de los factores que influyen en la deserción, y esta a su vez incide en la existencia de la criminalidad infantil y en el aumento de la violencia entre los adolescentes, con un trágico saldo de pérdida de vidas humanas. En los enfrentamientos entre bandas juveniles y de adultos caen también seres inocentes y aumenta el temor de la población por la inseguridad incontrolada. Esta es una realidad que hay que revertir para que vivamos en una sociedad más justa y segura.
Hay que propender a que la educación sea un proyecto de la nación desde etapas preescolares hasta el nivel universitario. Para ello se hace necesario entender la educación como una prioridad de la sociedad en su conjunto, donde participan el Estado (sin interferir en la libertad de cátedra), los profesores, los estudiantes y la familia. Esto nos permitirá construir las bases para una auténtica sociedad del conocimiento y la capacitación, no para uno, sino para todos.

Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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