La saga de una obra histórica monumental: El Libro Negro

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Recientemente vio la luz en castellano, por primera vez, la obra definitiva sobre la historia del Holocausto en la Unión Soviética: El libro negro. La traducción al español fue patrocinada por dos familias de nuestra comunidad, Altaras-Apeloig y Apeloig-Schloser, en recuerdo a sus parientes asesinados en la Shoá 
El libro negro fue obra fundamentalmente de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg, miembros del Comité Judío Antifascista de la URSS. Se trata de una recopilación de testimonios de sobrevivientes del Holocausto, pero además está documentado con información proveniente de los archivos soviéticos y alemanes, e incluso con datos de los propios “verdugos”, detenidos y juzgados después de la guerra en la Unión Soviética.
Pero este libro, para llegar a existir, atravesó desde el principio enormes obstáculos por parte de las propias autoridades soviéticas, quienes finalmente vetaron su publicación. Solo pudo aparecer en Rusia medio siglo después de los acontecimientos, en 1993. La historia del libro refleja, así, no solo las circunstancias de la vida y la muerte de los judíos durante la Shoá, sino también las limitaciones y persecuciones a que estuvieron sometidos bajo el régimen comunista.
La historia de un libro
Como narra una de las introducciones a la obra, la idea original de El libro negro fue del célebre físico judío Albert Einstein, junto al Comité de Escritores Judíos de Estados Unidos y otros científicos y artistas. Ellos se dirigieron a finales de 1942 al Comité Judío Antifascista (CJA) que entonces funcionaba en la URSS —que a la sazón era uno de los Aliados en la guerra contra el Eje—, con la propuesta de recopilar materiales sobre la aniquilación de la población judía en su territorio.
El CJA publicó en 1943 un aviso en el diario ruso en idish Einikait, solicitando testimonios sobre el exterminio. En total se reunieron más de doscientos textos de todas las regiones de la URSS.
La obra estuvo lista a principios de 1944, e incluso un fragmento apareció en la revista Znamia. Las primeras pruebas del libro completo fueron enviadas a varios países del bloque soviético poco después de finalizada la guerra, y una parte fue publicada en Rumania en 1946. La editorial judía Der Emes (“La verdad” en idish) planeaba editar poco después la obra completa en Moscú.
Pero entonces comenzaron las dificultades. El Comité Judío Antifascista estaba subordinado al Buró Soviético de Información, por lo cual todos sus asuntos debían acordarse previamente con la Dirección de Propaganda y Agitación (Agitprop) del Comité Central del Partido Comunista. Este puso reparos al prólogo escrito por Albert Einstein, en el cual expresaba ideas claramente pro sionistas:
“Ni uno solo de los pueblos que en estos últimos años han sido arrastrados a una catástrofe ha sufrido tantas pérdidas en términos porcentuales como lo ha hecho el pueblo judío. Que los judíos carezcan de fronteras nacionales y de un gobierno propio o que no se los considere una nación, en el sentido en que manejan ese término los discursos políticos, no ha de ser óbice para que se haga justicia.
(…) En términos generales, los judíos fueron tratados como si hubieran constituido una nación. Su estatus social como un grupo político unido ha quedado demostrado por el trato que han recibido de sus enemigos. Es por ello que si pretendemos fortalecer la estabilidad de las relaciones internacionales, los judíos han de ser concebidos como una nación en el sentido usual de la palabra y sea cual sea el ordenamiento que quiera darse el mundo, en él el pueblo judío ha de ser objeto de la mayor atención si no queremos incurrir en una franca burla a la justicia”.
Ante las presiones del CJA, este texto fue “corregido”, pero ello aún no complació a la parte soviética, por lo cual el prólogo de Einstein tuvo que ser eliminado por completo.
A pesar de ello, y de que dos tercios de la obra ya estaban compaginados y listos para imprimir, la autorización final no llegaba. Grossman y Ehrenburg decidieron entonces acudir a las más altas instancias del poder: Andrei Zhdanov, secretario general del Partido Comunista, a quien describieron en una carta el objetivo y el proceso de elaboración de El libro negro. Zhdanov encargó del caso al jefe de la Dirección de Agitprop, F. Alexándrov, quien el 3 de febrero de 1947 emitió una respuesta indicando en términos categóricos la “improcedencia” de la publicación; uno de los motivos era que se habían “cedido” unos manuscritos a Estados Unidos, los cuales se habían publicado parcialmente con la coordinación del Congreso Judío Mundial. Comenzaba la Guerra Fría, y los contactos con Estados Unidos ya eran considerados una falta grave (luego se supo que el envío de esos materiales a Norteamérica se había hecho por orden de nada menos que Andrei Gromyko, entonces embajador soviético en Estados Unidos).
Sin embargo, Zhdanov no vetó la obra. Fue el 7 de octubre de 1947 cuando un documento de la Dirección de Agitprop decidió: “La Dirección de Propaganda ha examinado minuciosamente el contenido de El libro negro y ha detectado la presencia de graves errores políticos (…) Por lo tanto, el libro no puede ser impreso”.
La historia terminó en forma trágica. A finales de 1948 el Comité Judío Antifascista fue disuelto, y sus miembros más distinguidos comenzaron a ser arrestados. El libro negro y las críticas a su contenido formaron parte de los expedientes del juicio al que fueron sometidos en 1952, durante la peor orgía de paranoia y antisemitismo estalinista. Casi todos fueron condenados y ejecutados.
Las verdaderas causas de la censura
Así, las galeras (pruebas de imprenta definitivas) de El libro negro fueron destruidas. Además de que este documento no estuvo disponible durante décadas, resulta trágico que la mayor parte de su contenido no haya podido ser utilizado durante los Juicios de Núremberg contra los criminales de guerra (1946).
Los “errores políticos” que motivaron el rechazo de las autoridades soviéticas a la publicación de El libro negro resultan muy reveladores. Un “defecto” sustancial detectado por miembros del propio CJA fue que “en los textos presentados se aprecian descripciones demasiado pormenorizadas de la abyecta actividad de los ucranianos, letones y representantes de otras nacionalidades que traicionaron a la patria. Con ello se rebaja la acusación principal y definitiva que se presume al libro, a saber, la acusación contra los alemanes”. Es decir, no se consideraba conveniente difundir el hecho de que hubo un entusiasta apoyo por parte de numerosos ciudadanos del imperio soviético a la persecución y exterminio de los judíos.
Otro motivo de su prohibición fue que el libro “ofrece una imagen engañosa del verdadero carácter del fascismo” porque “genera la impresión de que el único objetivo del ataque de los alemanes a la URSS fue el exterminio de los judíos”, ya que numerosos testimonios relataban que hubo judíos que escaparon de la muerte haciéndose pasar por rusos, ucranianos y de otras nacionalidades.
Salvado a retazos
La accidentada historia de El libro negro facilitó, en cierto modo, su reconstrucción. En 1970 Irina, la hija de Ilyá Ehrenburg (quien falleció en 1967), encontró en los archivos de su padre las carpetas originales, y para evitar que cayeran en manos de la KGB, logró hacerlas llegar a Yad Vashem en Jerusalén. También quedó la versión incompleta enviada a los países satélites, así como todos los materiales utilizados para la edición (27 tomos) conservados en los archivos del Ministerio para la Seguridad del Estado de la URSS; solo en 1989 se autorizó su consulta con fines académicos.
La copia del manuscrito de 1945 está llena de tachaduras de la censura, sobre todo en las partes que se refieren a manifestaciones de antisemitismo y la ayuda de la población local a los alemanes. Otras partes fueron eliminadas en un segundo trabajo de edición en 1946-47: las que se refieren a la conciencia nacional de los judíos y sus características propias como pueblo; además, en esa versión se sustituyó la palabra “judío” por “hebreo”. Los censores también eliminaron fragmentos en que se destacaba el heroísmo de muchos judíos y su participación en el Ejército Rojo durante el conflicto.
El libro negro fue publicado en Israel por la editorial Tarbut, en idioma ruso, en 1980, y en idish en 1981, pero estas versiones aún no estaban completas. La edición actual (Moscú 1993, ahora traducida al castellano) se basa en la que estaba lista para su impresión en 1947, pero se le han restituido todos los fragmentos censurados, gracias a las diversas pruebas de imprenta que sobrevivieron aquí y allá.
El libro negro es nada menos que el primer trabajo escrito que documentó el Holocausto, y a la vez la obra definitiva sobre la Shoá en la Unión Soviética. El volumen, de más de 1200 páginas, está lleno de historias de horror y desesperación, pero también de testimonios de la lucha y la dignidad de un pueblo que se negó a ser exterminado.
Recopiladores: Vassili Grossman e Ilyá Ehrenburg
Traducción: Jorge Ferrer
Editado por Yad Vashem,
Galaxia Gutenberg
Barcelona, España, 2011
1226 páginas
Las familias Altaras-Apeloig y Apeloig-Schloser dedicaron la traducción al español a nombre de sus padres, abuelos y bisabuelos, Abraham (Andrés) Apeloig Rosen (Z´L) y Musha Horenkrig de Apeloig, sobrevivientes de la Shoá, “honrando eternamente la memoria de los miembros de las familias Apeloig, Rosen, Horenkrig y Merin que perecieron en el Holocausto”.
Luego de un largo prólogo, el libro está dividido en varias partes según las repúblicas de la URSS invadidas por los nazis: Ucrania, Bielorrusia, Rusia, Lituania y Letonia, seguido de una sección con testimonios sobre ciudadanos soviéticos que rescataron judíos de la muerte (lamentablemente demasiado pocos). Luego se incluye un largo capítulo dedicado a los campos de exterminio en Polonia, pues a pesar de que no estaban situados en la URSS, los autores consideraron esencial describir su historia y funcionamiento para una comprensión cabal de la Shoá. Al final hay un capítulo sobre “los verdugos”, que incluye documentos, declaraciones y actas de interrogatorios a varios nazis que participaron en las masacres.
Por Sami Rozenbaum
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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