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Por Elías Farache S.
En septiembre de 2010, una nueva serie de rondas de conversaciones entre Israel y la Autoridad Palestina ha tenido lugar. Esta vez, parecía algo difícil llegar a la ronda, y en gran medida por la presión de la administración Obama, se logró que las partes hicieran caso omiso de sus recelos para sentarse a negociar.
Llama la atención que el mismo hecho de lograr sentar a las partes, los viajes a Washington y la relativa continuidad de las conversaciones durante septiembre de 2010, no hayan generado una especie de euforia en los bandos, particularmente en el lado de los israelíes. Siendo ya una verdad aceptada que sólo por negociaciones directas se pueden lograr acuerdos duraderos y útiles, esta vez se percibe poca emoción.
Hay varias razones que quizás expliquen esta aparente frialdad en el ambiente. Y las razones son algo desconsoladoras, no tanto por las partes que negocian, sino por las circunstancias que acompañan a este proceso.
Israel es un Estado consolidado. La Autoridad Palestina, no representa un peligro potencial para su existencia. Los territorios de la Margen Occidental, cuentan con una autonomía de hecho y de derecho que les ha dado cierta rutina y calidad de vida. No parece lógico que Abbas y los gobernantes de turno de la entidad quieran avivar la llama de un conflicto en el cual pierdan mucho, muchísimo más que la contraparte israelí. Aunque el conflicto sea ciertamente desagradable y doloroso para los israelíes. Ataques terroristas, situación de emergencia y estado de guerra no es la aspiración de los israelíes.
Pero ciertamente, Israel negocia con una parte de los palestinos. Los otros palestinos, los de Gaza, constituyen un reducto intransigente, con una negativa a reconocer la realidad existente: un Estado Judío que no pueden derrotar, sólo molestar, enfurecer, provocar y llevarlo a causar a la propia Gaza, daños físicos de los cuales es difícil recuperarse y obtener algún beneficio político real.
Israel sabe y reconoce que debe resolver el conflicto palestino-israelí. Porque molesta, perturba y le resta calidad de vida a sus ciudadanos y a todo el aparato del Estado. También porque asume con convicción que la solución de dos Estados para dos pueblos es la más viable de las soluciones, quizás la única que garantice un Estado Judío democrático y con sus valores de vida incólumes. Pero la incapacidad palestina para tener un solo frente, un solo Estado, una sola entidad, pareciera asomar un mapa de tres Estados para dos pueblos. Dos Estados palestinos, uno laico de la Autoridad Palestina, y otro fundamentalista de Hamas en Gaza. Esto no parece muy apetecible, ni manejable para los israelíes. Tampoco para la Autoridad Palestina.
Aún así, el problema mayor de los israelíes no es ése. En la última década, o quizás menos, un peligro mayor se cierne sobre el Estado Judío, amenazando su existencia y orientando su política exterior, su estrategia de defensa y su forma de percibir y atender la realidad. Irán fundamentalista con capacidad nuclear es un peligro real y cada vez más cierto y próximo. Ante la amenaza nuclear que significa destrucción, no importa el grado de respuesta que se pueda tener, porque un primer ataque significa destrucción irrecuperable por más capacidad de reacción que se tenga, los demás frentes y problemas aún siendo graves y palpables, pasan a un segundo y lejano plano.
Luego de varios años de sanciones de Occidente a Irán, de negociaciones y de largas peroratas en foros internacionales, no parece que la amenaza de Irán sobre Israel esté desactivada ni por desactivarse. La administración de Barack Obama, en casi dos años de gestión, tampoco parece haber sido capaz de convencer a Irán de nada en relación a abandonar un plan de enriquecimiento de uranio que representa un peligro para todo el mundo, pero que pasa primero por atentar contra la existencia de Israel.
Barack Obama necesita probablemente un éxito de política exterior que le abone el camino para las elecciones parlamentarias de 2010. Un acuerdo entre Israel y uno de los sectores palestinos es algo importante, pero no entusiasma a Israel ni a los israelíes tanto como en el pasado no tan lejano, siendo que la amenaza iraní sigue latente y consolidándose. Esto sin contar con lo que significa el apoyo persa a las milicias de Hizbolá en el Líbano y el apoyo al régimen disidente de Gaza y Hamas. A medida que el tiempo pasa, es muy probable que el público americano tampoco digiera fácilmente que la política exterior del flamante Barack Obama, se limita a conseguir o perseguir un logro menor, importante por supuesto, pero que no es mucho en comparación con lo que significa para el Medio Oriente, Israel y el resto del mundo, un Irán con capacidades nucleares anunciando aquello de borrar a Israel del mapa.
Para rematar la falta de entusiasmo, el presidente de Irán anuncia una próxima visita a la frontera del Líbano con Israel.
Esta vez, a las dificultades propias del diálogo israelí-palestino, hay que añadirle otras preocupaciones… para seguir con esperanzas, pero sin mucho entusiasmo.

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