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Por Jacqueline Goldberg
Fui a ver la hermosísima película Cartas a Julieta, dirigida por Gary Winick y protagonizada por Amanda Seyfried, Vanessa Redgrave, Gael García Bernal, Christopher Egan y Franco Nero. Es una comedia ligera, buena para culminar un día de agobios y malas noticias. Al salir, en el carro, mientras yo seguía extasiada en los paisajes de Verona y en el romanticismo de reencontrar un viejo amor, una amiga soltó de pronto: “Esa Vanessa Redgrave es una gran antisemita”. Mi primera reacción fue de incredulidad, después de decepción y más tarde de sensatez. Me fui a Internet a averiguar la supuesta historia, pues si bien es cierto que en estos tiempos muchos son antisemitas hasta que se compruebe lo contrario, también lo es que existe ligereza al juzgar a la gente en éste y muchos otros temas.
La web arrojó que la inglesa Redgrave ha sido una ardiente luchadora política y hasta se presentó a las elecciones para la presidencia del Partido Revolucionario Trotskista. Desde los años sesenta ha apoyado variopintas causas políticas a favor de los derechos humanos, del desarme nuclear, de la libertad para los judíos soviéticos, de la ayuda para los musulmanes bosnios y otras víctimas de la guerra, y se ha opuesto a la Guerra de Vietnam. Ha pagado fuertes sumas por la fianza de líderes caídos en desgracia, aun acusados a veces de terroristas. Igualmente, se ha sumado a causas en torno a la partición de Irlanda del Norte, dijo lo suyo cuando los ataques del 11 de septiembre en Nueva York y como Embajadora de Buena Voluntad de la UNICEF ha viajado a Ramallah, haciendo comentarios que le han ganado detractores y defensores por “marxista y antisemita”. En los años de la Guerra de Irak se rehusó a asistir a la ceremonia de los Oscar en protesta por el conflicto y permaneció en Reino Unido, donde fundó un partido pacifista. Como propalestina no ha ocultado sus batallas, aunque en su autobiografía de 1991 señala que “la lucha contra antisemitismo y la autodeterminación de los palestinos formaban parte de un mismo asunto”.
Después de mucho tecleo hallé el meollo del comentario de mi amiga: semanas previas a que Redgrave recibiera en 1977 el Oscar como Mejor Actriz Secundaria por la película Julia —de Fred Zinnemann, protagonizada por Jane Fonda— había proclamado su simpatía hacia la causa palestina y miembros de una comunidad judía quemaron una efigie suya. Cuando aceptó su premio, Vanessa, vestida con una túnica vaporosa inspirada en modelos medievales, ofreció un discurso que sacudió el patio de luminarias de Hollywood: “Queridos colegas: quería darles las gracias. Pienso que Jane Fonda y yo hemos hecho el mejor trabajo de nuestra vida. Desde aquí los saludo y rindo tributo para que no se dejen intimidar ante las amenazas de un grupo de sionistas matones, cuyo comportamiento es un insulto a la verdadera talla de los judíos de todo el mundo. Y les prometo que seguiré luchando contra el antisemitismo, la opresión y el fascismo”. Momentos después, cuando el escritor Paddy Chayefsky presentaba el premio al Mejor Guión, se mostró perturbado por lo que consideró un ataque a los judíos y sin contenerse replicó: “Antes de anunciar el premio al Mejor Guión, hay una pequeña cosa que deseo aclarar, si quiero vivir conmigo mañana. Me gustaría decir, es mi opinión personal, que estoy harto y cansado de las personas que utilizan los premios de la Academia para la divulgación de propaganda personal. Me gustaría decirle a Miss Redgrave que el ganar un premio de la Academia no es un momento fundamental en la Historia, que no requiere una proclamación y que un simple ‘gracias’ habría sido suficiente”. Las ovaciones plenaron la sala. Cuentan que el colofón a esa historia se produjo al año siguiente en la misma entrega de los premios Oscar, cuando miembros de Liga Judía de la Defensa (JDL), conducidos por el rabino Meir Kahane, intentaron sabotear los actos en las afueras del teatro donde se entregaban las estatuillas.
En todo caso, no hallo nada suficiente como para una profunda decepción o para soltar, a bocajarro, que la actriz —bellísima a sus setenta y tres años— es una antisemita empedernida o al menos que lo ha seguido siendo tras antiguas historias. De hecho, a partir del próximo mes de octubre interpretará en Broadway a la protagonista de Paseando a Miss Daisy, la viuda judía Daisy Werthan cuyo hijo contrata como chofer a un afroamericano con el que tejió un afectuoso lazo que echa por la borda todas las barreras raciales y culturales.
Vanessa Redgrave es una gran actriz, su papel en Cartas a Julieta me encantó. Con eso me quedo y recuerdo que siempre hay que saber —y mucho— antes de hablar.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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