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Por Beatriz W. De Rittigstein
Hace unos días se llevó a cabo en Teherán, la XVI Cumbre del Movimiento de Países No Alineados, la cual fue aprovechada por los cabecillas del régimen teocrático iraní para procurar legitimar su poder, al pedir apoyo ante sanciones internacionales que lo están cercando.
En la década de los 60, la Guerra Fría generó el surgimiento de los NOAL, fundado por Gamal Abdel Nasser, Jawaharlal Nehru y Josip Broz Tito, dirigentes para ese entonces de Egipto, India y Yugoslavia, respectivamente. Esa especial coyuntura desapareció del escenario global y en estos tiempos, luego de años del desmembramiento de la URSS y la caída de sus satélites, un bloque de esta naturaleza perdió su razón de ser. En el presente, debería constituirse en un polo de influencia que se esfuerce en conseguir un mejor trato por parte de los países industrializados a fin de alcanzar un crecimiento económico en beneficio de sus pueblos.
Los NOAL emergieron como un tercer polo, pero desde su nacimiento no han tenido elocuentes logros, pues nunca cumplieron con esa premisa de integridad. Y ahora tampoco han establecido un cambio real, adaptando sus objetivos a los requerimientos de las circunstancias contemporáneas, con el propósito de subsistir.
La reunión en Teherán desacreditó al movimiento, pues éste sirvió de mampara a un régimen cuya legitimidad está en duda, que reprime y tortura a su pueblo, que pretende engañar al mundo acerca de su programa nuclear y que promueve el terrorismo internacional.
Lamentablemente, en vez de dedicarse a los serios problemas comunes que los agobian y buscar soluciones conjuntas, este foro no ha mostrado una vigencia vital, sigue siendo un grupo propicio para actitudes belicistas, violentas y demagogas.

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