Antijudaísmo y antisemitismo en el léxico de la Iglesia Católica

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Por Julián Schvindlerman
Al concluir el último encuentro de obispos del Medio Oriente, en Roma, el pasado octubre, los padres sinodales presentaron 44 propuestas al Santo Padre entre las cuáles declararon su “rechazo al antisemitismo y al antijudaísmo, distinguiendo entre religión y política”.
Esta diferenciación no es extraña al léxico de la Iglesia Católica y de modo singular puede hallarse en su documento de 1998 Recordamos: una reflexión sobre la Shoá, el cual reconoce la existencia de persecuciones anti-judías perpetradas por católicos en la historia pero explica que a partir del siglo XIX “comenzó a esparcirse en varios grados por casi toda Europa un anti-judaísmo que era esencialmente más sociológico y político que religioso”. Luego de citar ejemplos en los que la Iglesia Católica ha condenado al antisemitismo, afirma: “Por ende no podemos ignorar la diferencia existente entre anti-semitismo, basado en teorías contrarias a las enseñanzas constantes de la Iglesia… y los sentimientos añejos de desconfianza y hostilidad que nosotros llamamos anti-judaísmo, del que, desafortunadamente, los cristianos también han sido culpables”.
De aquí decanta la idea, según la Iglesia, de que el genocidio judío durante la Segunda Guerra Mundial no puede ser atribuido a la judeofobia clerical tradicional. Tal como ella ha pronunciado: “La Shoá fue el trabajo de un régimen moderno completamente neo-pagano. Su antisemitismo tuvo sus raíces fuera del Cristianismo…”. En un sentido práctico, es poco probable que a las víctimas judías del Holocausto les haya hecho diferencia alguna, y menos les importara a sus verdugos, si ellas estaban siendo asesinadas en un acto de “antisemitismo” o de “antijudaísmo”. En un sentido teórico, esta distinción ignora el hecho de que fue precisamente el pasado de enseñanzas antijudías de la Iglesia Católica lo que permitió a muchos hombres y mujeres de fe católica colaborar con el régimen nazi en el asesinato industrializado de judíos.
No pocos historiadores han identificado a la Shoá como la culminación de dieciséis siglos de intolerancia cristiana. De hecho, los nazis se valieron de precedentes medievales plantados en la historia por la Iglesia Católica para incorporarlos en la propaganda y política del Tercer Reich, tales como la obligación de todo judío de vestir una estrella de David amarilla, deshumanizarlos, marginarlos de la sociedad y confinarlos en ghettos. “El nazismo radicalizó estos estereotipos populares tomados del medioevo cristiano”, observó el eminente historiador del antisemitismo Robert Wistrich, “pero no los inventó”. Jules Isaac, autor del célebre ensayo Las raíces cristianas del antisemitismo, afirmó que los nazis “solamente llevaron a su conclusión lógica una tradición que, desde la Edad Media, había sido bien establecida por todo el mundo cristiano”. Ya es un clásico de la literatura de la Shoá la monumental obra La Destrucción de los Judíos Europeos de Raul Hilberg, quién presenta una tabla comparativa que expone inequívocamente la relación entre varios decretos sinodales o conciliares a lo largo de la historia y las leyes nazis del siglo XX.
Pero hay algo más aquí. Aún si la distinción artificial que la Iglesia realiza entre el antijudaísmo religioso y el antisemitismo moderno tuviera asidero, lo cierto es que la propia Santa Sede contribuyó, y de manera no despreciable, a fomentar estereotipos judeofóbicos aún en la era moderna. Cuando los judíos comenzaron a emanciparse y a alcanzar la igualdad de derechos en la Europa de los siglos XVIII y XIX, el Vaticano protestó insistentemente y combatió con tenacidad el modernismo que liberaba a los judíos y a otros  del yugo clerical. Y si las nociones desquiciadas acerca del tremendo poder judío pasaron a ser centrales en el nuevo movimiento antisemita, el Vaticano tuvo su buena parte de responsabilidad en ello. El historiador David Kertzer, quién ha documentado numerosos ejemplos de provocación antisemita vaticana en la era moderna y durante las décadas del veinte y treinta del siglo pasado, concluyó:
“La transición de los viejos prejuicios medievales contra los judíos hacia el movimiento antisemita político moderno que se desarrolló en la mitad del siglo previo al Holocausto halló en la Iglesia a uno de sus más importantes arquitectos”.
Esta arbitraria diferenciación lo lleva a uno a preguntarse que exactamente ha querido significar la Iglesia Católica cuando ha condenado hasta ahora al antisemitismo. Puesto que si el mismo pertenece al prejuicio “neo-pagano”, el corolario lógico de este planteo es que durante las últimas décadas el Papado ha estado repudiando las acciones de los paganos y no las de los católicos, tal como observó el vaticanista Sergio Minerbi, de la Universidad Hebrea de Jerusalem. Si la Iglesia ha pecado por antijudaísmo, pero ha repudiado varias veces al antisemitismo, ya no resulta del todo claro que ha hecho realmente en esta área.

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