Celebrando el centenario del kibutz

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Por Tzila Chelminsky
El kibutz festeja en estas fechas 100 años de existencia, fecha que no podíamos dejar que pasase desapercibida.
El gran filósofo judío Martín Buber definió al kibutz durante la década de los 40 del siglo pasado como “la única utopía del mundo que funcionaba” ¿Pensaría Buber lo mismo hoy? La meta de sus fundadores fue crear una sociedad sustentada en los principios de democracia, igualdad social, justicia económica y responsabilidad colectiva.
Se propusieron asimismo crear una nueva identidad judía, basada en la conexión con la tierra, ausente durante 2.000 años de vida diaspórica.
Fue admirado en todo el mundo como la representación más exitosa del socialismo y de la espiritualidad secular. En forma práctica ayudaron a definir y defender las fronteras del Estado y proporcionaron un enorme porcentaje de líderes políticos y militares.. Pero el kibutz, al igual que la sociedad israelí, se ha enfrentado a grandes cambios. El “fin del kibutz” ha sido pronosticado casi con monótona regularidad, pero hasta recientemente el kibutz podía responder citando a Mark Twain; “los reportes de mi muerte son prematuros”. Decenas de libros, exposiciones y películas se han referido al experimento humano del kibutz. Unos en forma positiva y otros con serias críticas.
Recientemente ya hubo quien propuso inclusive inscribir al kibutz en la lista de la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Todos conocemos el kibutz., y decenas de jóvenes mexicanos han vivido su experiencia.
Pero, ¿hacia donde va el kibutz actualmente? Sería conveniente hacer un poco de historia. El primer kibutz, Degania (llamado kvutzá en aquel entonces) fue creado en 1911 a orillas del Lago Kineret en la Galilea y por muchos años fue una pequeña comunidad que en 1914 contaba sólo con 28 miembros. Basado en la “religión del trabajo” de A.D. Gordon, ese campesino judío, socialista en esencia, tenía como meta retornar a su tierra ancestral y vivir en armonía orgánica con sus tradiciones culturales y religiosas, seleccionando las apropiadas, sin la carga impuesta por el mundo de las ieshivot. Los primeros jalutzim (pioneros) fueron jóvenes entre 16 y 25 años que provenían de los movimientos juveniles de la Europa Oriental. Emigraron a Palestina cuando esta área se encontraba bajo dominio turco y posteriormente británico. En forma práctica ayudaron a definir y defender las fronteras de Israel, y hasta el día de hoy el 75% de ellos están en las fronteras en la Galilea y el Neguev.
Durante sus 100 años de existencia, el kibutz ha confundido a sus críticos, sobreponiéndose a crisis serias., adaptándose a nuevas circunstancias y reinventándose como una sociedad comunal diferente.
Al crecer Degania, se dividió en dos en el año 1920: Degania “A” y Degania “B”. Se establecieron otras kvutzot, pero algunos de los primeros pioneros rechazaron el marco íntimo, casi familiar de la kvutzá, en favor de una unidad social mayor que llamaron “kibutz”.
El primer kibutz fue Ein Harod establecido en 1921 adjunto al “Batallón de trabajo”, una comunidad móvil dedicada a proyectos de construcción y carreteras en toda la Galilea y la planicie costera. La kvutzá como el kibutz compartían los valores de cooperación, igualdad y asistencia mutual. Ambos se regían por el principio de “a cada quien de acuerdo a sus necesidades” y se dedicaron a establecer nuevas comunas y a crear la autodefensa judía. Con el tiempo ambos términos se volvieron idénticos.
En los primeros años, en virtud de que su situación era extremadamente precaria tanto desde el punto de vista económico como de seguridad, muchos abandonaron el kibutz sin poder resistir las condiciones de vida (malaria, secar pantanos, falta de alimentos); se relata un enorme porcentaje de suicidios entre los primeros pioneros, y otra consecuencia fue que los kibutzim se abstuvieron de tener hijos o limitaron su número.
Durante la primera década de su establecimiento, los kibutzim crearon un sistema educacional único: desde su nacimiento los niños vivían en casas comunales especiales, donde se les inculcaban los valores ideológicos: ello permitía a los padres dedicarse exclusivamente al trabajo. Desde el principio, esto fue tópico de ardientes y continuas discusiones que siguieron hasta el año 1991.
Durante la Guerra del Golfo, los padres llevaron a sus hijos a dormir consigo, y ya para 1994 prácticamente todos los kibutzim se habían volcado al sistema de dormitorio familiar.
No falta quien hoy escriba que este sistema educativo fue “un experimento en seres humanos” con resultados negativos.
Desde la fundación de Degania hasta el establecimiento del Estado de Israel se fundaron 123 kibutzim y ya para 1950, 214 estaban afiliados a los movimientos Mehujad, Artzí y Religioso. Actualmente hay 274 kibutzim distribuidos en todo el país y en los cuales viven aproximadamente 126.000 personas, población que recién empieza a aumentar lentamente.
Debates ideológicos desde el comienzo
Desde su fundación los kibutzim se vieron envueltos en discusiones y divisiones con base ideológica, quizá inevitables en una población tan idealista. Si en un principio pertenecían todos a la misma agrupación, ya en 1927 se separaron: el Kibutz Artzí (asociado con el movimiento juvenil Hashomer Hatzair) se orientaba a una izquierda más extrema, y el más moderado Kibutz Hameujad estaba identificado con el partido socialista Mapai.
Este último sufrió una nueva escisión cuando en 1953 tuvieron lugar los juicios de Praga orquestados por Stalin, y en los cuales Mordejai Oren, uno de los líderes del movimiento kibutziano, fue arrestado por los soviéticos en Checoeslovaquia y acusado de espionaje a favor de los británicos.
En esos juicios el sionismo fue denunciado como enemigo del comunismo. Frente a esta situación la división fue inevitable y en varios kibutzim hubo familias divididas entre ambos bandos: el recién creado movimiento Ijud con una posición más tolerante frente a la Unión Soviética y el Hameujad, que siguió siendo socialista pero condenó los juicios y el veredicto.
Es curioso mencionar que en esa escisión, un solo kibutz, Yad Jana, quedó fuera de todo marco sionista al afiliarse al Partido Comunista y volvió al seno de la ideología sionista a mediados de los años 60, cuando el mismo Partido Comunista se partió en dos facciones.
Durante los años 50, los kibutzim continuaron incrementando su poder, debido a que la agricultura era la columna vertebral de la economía del país. Su producción estaba basada en el cultivo de cítricos, frutales y hortalizas; cultivos extensivos como el trigo, la cebada y el algodón; la ganadería orientada a los productos lácteos; los productos avícolas y sus subproductos. Ese porcentaje tan pequeño de la población (poco más del 2% de la misma) produce hasta el día de hoy el 34% de todo el producto agrícola de Israel.
Los kibutzim jugaron un papel muy importante en la seguridad del país, principalmente en las áreas rurales. Sus miembros sirvieron en el Palmaj, la unidad elitista de la Haganá que precedió al Ejército de Defensa de Israel. Inclusive la mayor parte de sus entrenamientos tenían lugar en kibutzim. Muchos comandantes destacados de la Guerra de Independencia provenían del kibutz. Un tercio del primer gabinete y un quinto de la primera Kneset eran miembros activos del kibutz, y muchos más eran ex kibutznikim. El ethos nacional estaba personificado en gran medida por el igualitario y austero kibutznik con sus pantalones cortos color kaki, la camisa abierta y el gorro característico.
A pesar de haber jugado un papel importante en ayudar a los judíos a escapar de Europa, y en traer inmigantes y absorberlos en sus comunidades, no sucedió lo mismo frente a la inmigración masiva de judíos provenientes de países árabes. Estos, para quienes la ideología socialista les era completamente ajena, se establecieron en pequeñas ciudades en desarrollo y a menudo fueron trabajadores asalariados utilizados en los kibutzim vecinos. Ello comenzó a crear un antagonismo entre el kibutz y las ciudades en desarrollo que persiste hasta el día de hoy.
Los inmigrantes aprendieron hebreo
Por otra parte, los pagos de reparación provenientes de Alemania a los sobrevivientes del Holocausto, así como ayudas recibidas por miembros cuyas familias eran ricas, rompieron el equilibrio igualitario al crear diferencias económicas entre las familias.
Los kibutzim establecieron desde 1950 el ulpán-kibutz para enseñar el idioma hebreo a los nuevos inmigrantes que, en menor escala, sigue funcionando hasta el día de hoy con un régimen de medio día de estudio y medio día de trabajo, lo cual ayuda al proceso de absorción e integración.
A partir del principio de los años 60 los kibutzim cambiaron su base económica de la agricultura a la industria, y actualmente sólo una pequeña parte de sus ingresos provienen del campo. Las industrias producen una variada serie de productos que se venden tanto en Israel como en el extranjero. Existen 370 fábricas kibutzianas de metalurgia, electrónica, plásticos, alimentos procesados, productos ópticos, vidrios, textiles, cueros, medicinas, sustancias químicas, equipos de oficina, materiales de construcción, juguetes, joyería e instrumentos musicales. El éxito de muchas de las industrias subió el nivel de vida de los kibutzim de manera considerable, a pesar de que se rompió con el principio ideológico de no emplear trabajo asalariado por considerarlo contrario a los principios socialistas. En la actualidad, el kibutz produce el 9,2% del total de producción industrial de Israel.
A pesar del éxito obtenido en los años 60 y 70, el kibutz empezó a decrecer cuando los jóvenes más talentosos y ambiciosos lo abandonaron.
El miembro del kibutz dejó de ser un héroe digno de ser admirado. Los generales, los exitosos hombres de negocios y los profesionistas de alta tecnología se volvieron modelos a seguir. Sin embargo, el kibutz se sobrepuso y prosperó: recibió nuevos miembros, construyeron casas cada vez más grandes y modernas; permitieron a sus miembros mayor libertad en los gastos, incrementaron las oportunidades educativas, especialmente para los jóvenes, y permitieron a un número cada vez mayor que buscasen empleo fuera del marco del kibutz.
El golpe mortal les llegó a los kibutzim en 1985, por una combinación de mala administración interna, el uso ilimitado de créditos empleados en la construcción y servicios improductivos y una política gubernamental que introdujo medidas drásticas para reducir el 400% de inflación anual. La moneda se devaluó en un 15%, salarios y precios fueron congelados, la tasa de interés creció, muchos negocios quebraron y la agricultura nacional se enfrentó a la ruina debido a que sus créditos bancarios fueron los más afectados. Los kibutznikim trataron de redistribuir sus préstamos, pero en el lapso de tres años la deuda colectiva ascendió a cinco billones de dólares. Era una deuda imposible de pagar. La crisis se contuvo eventualmente, sin ser totalmente resuelta, cuando el Gobierno, los bancos y los mismos kibutzim implementaron una política combinada de anulación de deudas, venta de tierras y redistribución de recursos.
Actualmente, la mayoría de los kibutzim ven más claro ya el futuro, pero su autoconfianza se ha visto dañada.
Borrando las diferencias
En 1999, borradas las diferencias ideológicas, se unieron nuevamente los kibutzim de Takam con el Kibutz Artzí, quedando separados solamente los del sector religioso Kibutz Hadatí. Ha habido sociedades comunales en otras partes del mundo; grupos de personas que rechazan la competencia y el materialismo del mundo alrededor. Pero lo que distinguió al kibutz fue su aspiración a dirigir a su país y ser parte integrante de la sociedad.
El kibutz constituyó el instrumento supremo para la realización del sionismo. Ese fue tanto el secreto de su éxito como la razón de su declinación. El kibutz ejerció una enorme influencia, pero fue asimismo influido por las circunstancias del desarrollo del país. La primera generación nacida en el kibutz continuó más o menos con la concepción de sus padres, pero las siguientes ya la rechazan. Actualmente hay una tendencia a la privatización en varias empresas de los kibutzim, inclusive en las casas. Se empezó por el comedor colectivo. Ese comedor no era sólo el lugar para comer, sino el sancta sanctorum de la vida social kibutziana: ahí se discutía, se peleaba, se convivía y se sentaban las bases ideológicas de la conducta común. Hoy se paga por la comida, por lo cual casi nadie llega a comer, prefiriendo el marco familiar.
Un total de 190 kibutzim han pasado ya por varias etapas de privatización, pero 83 siguen en la línea tradicional colectivista. Los hay sumamente exitosos y ricos como Sasa, Gan Shmuel, Maagán Mijael, Jatzerim y otros. Pero al tratar de adaptarse a la realidad moderna, la sociedad kibutziana se está convirtiendo en algo diferente.
Fuente: Aurora Digital

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