Criticar a Israel se convierte en ritual

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Por Robert Fulford
Comienza, razonablemente, como una respuesta a la aparentemente innecesaria violencia de Israel. Después continúa acusando a Israel de expandirse en tierras que los árabes insisten que les pertenecen. No hay nada incorrecto en criticar eso, seguramente. Israel, un estado, merece ser juzgado igual que cualquier otro.
Aún aquellos que son amigos de Israel, frecuentemente se sienten obligados a señalar sus errores. En tiempos de más inocencia, me imaginaba que esos intelectuales, en Occidente, ponían cuidadosa atención a las faltas de Israel porque esperaban que tuviera un elevado estándar. ¿Quién se preocuparía acerca del status moral de, digamos, Bolivia? Nadie, excepto los bolivianos. Los judíos, sin embargo, viven con el mandato de ser (como Isaías cita a Dios) “una luz entre las naciones”.
Pero ahora todo ha cambiado. Oponerse a Israel se ha convertido en un ritual institucionalizado. Ahora es un movimiento a través de Europa y Norteamérica. Tiene sus tradiciones, como la Semana del Apartheid de Israel, que se celebra cada primavera en universidades, con frecuencia es la causa de disturbios y una ocasión para intimidar a estudiantes judíos. Una vehemente oposición contra Israel parece el principal interés de miles de personas por todo el mundo. Muchos son musulmanes, simpatizantes de los palestinos, pero muchos no lo son. Esta semana, una vez más, aparecieron ataques contra Israel en la agenda de la reunión del consejo general de la Iglesia Unida de Canadá, crítico de Israel por generaciones.
¿Qué debe pensar la gente razonable acerca de estas implacables campañas en universidades, iglesias y sindicatos?
Aquellos involucrados, a menudo insisten en que no se trata de antisemitismo. Les gusta decir, “soy antiisraelí, no antisemita. Una cosa completamente diferente”.
Después de décadas de ser usada, esta declaración de inocencia ha dejado de ser creíble. Según mi observación personal, los enemigos de Israel, a menudo, resultan ser antisemitas también. La verdadera agenda de los activistas anti Israel, frecuentemente se refleja en su estilo de propaganda, y en la atención exclusiva que le dan a un país particular.
El estilo de las protestas va mucho más allá de la “crítica”, ese sustantivo benigno que está implicado en las disputas civiles. A menudo, la propaganda anti Israel distribuida en los campus y en otras partes, toma prestado el estilo de las caricaturas nazis. Como informó Craig Offman en el Post, el último invierno los estudiantes, en la Universidad de Manitoba, cerca de la librería del campus, se encontraron confrontados con afiches que mostraban, entre otras cosas, un judío jasídico con nariz ganchuda con una estrella de David, apuntando una bazooka a la nariz de un árabe que huía; un helicóptero israelí con una swástica en su techo, bombardeando una mamadera.
Además, la palabra “apartheid”, ahora favorita del movimiento anti Israel, comporta deliberadamente un malicioso dejo de racismo. Es una forma de establecer la conclusión final de un asunto, antes de que pueda ser discutido.
La cualidad más penosa de los ataques, sin embargo, es su singularidad. Nos deja con la impresión de que Israel merece más censura que cualquier otro país en la tierra – de hecho, más que todos los otros combinados. Los enemigos de Israel pueden alegar que también han aprobado resoluciones deplorando el genocidio en África o la dictadura en Burma. Pero estos puntos de vista son expresados en relativa privacidad. No están acompañados por amplios y extendidos movimientos.
¿Acaso la Universidad York de Toronto, tan dedicada a la justicia para los palestinos, dedica también una semana por año a la suerte de Falun Gong en China? ¿Los estudiantes de la Universidad de Concordia en Montreal hacen manifestaciones contra las violaciones masivas en el Congo? ¿La rama de Ontario de la Unión de Empleados Públicos Canadienses (CUPE), que está a favor de boicotear las universidades israelíes, tiene algo que decir acerca de la libertad tibetana? ¿Alguno de ellos oyó del Congreso Mundial Uighur, que hace la defensa de los musulmanes oprimidos en la provincia Xinjiang en el occidente de China? Y cuando se ocupan del conflicto de Gaza, ningún grupo en ningún campus (hasta donde yo sé) montó una campaña contra las matanzas de Hamas a compatriotas palestinos. También omiten mencionar la política de Hamas de usar a mujeres y niños como escudos humanos.
Tanto como sabemos de la forma que actúan en público, estas organizaciones parecen tener una política exterior con solamente un tema en su agenda, la misma que tendrían si, de hecho, estuvieran motivadas fundamentalmente por el antisemitismo.
Howard Jacobson, un novelista y periodista británico, llama a este fenómeno “odio al judío puro y simple, el odio al judío que muchos de nosotros siempre sospechamos era la única explicación para la repugnancia que crispa y desfigura caras cuando la simple palabra Israel surge en una conversación”.
Aquellos que se oponen a las políticas de Israel tienen derecho a sus opiniones y su enojo, aunque sea irrazonable. Y aquellos, como yo, que están enfurecidos por su implacable y totalmente selectivo golpeteo de tambor, también tenemos derecho a nuestras graves sospechas.

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