El estado de la cuestión judía
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Por Julián Schvindlerman
“La exigencia de Netanyahu de que los palestinos reconozcan a Israel como el Estado judío está arruinando la oportunidad para la paz”, Hosni Mubarak, Presidente de Egipto.
En su importante discurso pronunciado el 14 del corriente, el primer ministro de Israel comenzó y finalizó subrayando el anhelo de paz israelí: “Me dirijo a todos los líderes árabes esta noche y digo: reunámonos. Hablemos de paz y hagamos la paz. Estoy dispuesto a reunirme con ustedes en cualquier momento. Estoy dispuesto a ir a Damasco, a Riyhad, a Beirut, a cualquier lado”. Continuó: “Queremos vivir con ustedes en paz (…) nadie en Israel desea la guerra”. Y finalizó: “Llamo a los líderes del mundo árabe y al liderazgo palestino: continuemos juntos el sendero de Menajem Begin y Anwar Sadat, Yitzjak Rabin y el rey Hussein”.
Una vez asentado ello, Netanyahu procedió a elaborar, a propósito de la historia del conflicto, una pregunta obvia: “¿Si las ventajas de la paz son tan evidentes, debemos preguntarnos por qué la paz permanece tan remota, aun cuando nuestra mano permanece estirada hacia la paz?”. El premier respondió a ello elevando unas cuantas verdades históricas: “Los árabes rechazaron cualquier Estado judío, en cualquier frontera”; “Aquellos que creen que la enemistad continua hacia Israel es producto de nuestra presencia en Judea, Samaria y Gaza, está confundiendo causa y consecuencia”; “La aseveración de que las retiradas territoriales traerán la paz con los palestinos, o al menos avanzarán la paz, hasta el momento no ha resistido el testeo de la realidad”. Tal como sus predecesores, se expresó a favor de un Estado palestino. A diferencia de éstos, lo condicionó a que sea desmilitarizado, a que los refugiados palestinos sean integrados “fuera de las fronteras de Israel”, y a que los palestinos reconozcan a Israel “como un Estado judío”. Sobre Jerusalén, Netanyahu insistió en que permanecerá como “la capital unida” de Israel.
Palestinos y árabes respondieron indignados. Sin embargo, no hay nada controvertido ni ilógico en la postura de Netanyahu. Si ante cada concesión territorial, los enemigos de Israel han empleado esas zonas liberadas para lanzar guerras de agresión, resulta sensata la exigencia de la desmilitarización. Su objetivo no es inhibir la soberanía palestina por capricho nacionalista de Israel, sino resguardar a Israel del chauvinismo revanchista palestino y del fundamentalismo islamista que lo rodea. Si los palestinos algún día tienen su patria propia, luce enteramente normal la idea de que su diáspora vaya a ser absorbida en el nuevo Estado en lugar del Estado del vecino. Ni tampoco parece coherente la noción de los palestinos que quieren un Estado propio judenrein a la par que demandan un Estado binacional en el territorio de Israel. En cuanto al requisito de reconocimiento de Israel como un Estado judío, debe recordarse que así fue exactamente como fue planteado por la Resolución 181 de la ONU que facilitó su creación. Y los musulmanes deberían ser los últimos en cuestionar el principio de que un Estado priorice cierta religión a nivel nacional. En cuanto a Jerusalén, Netanyahu no ha hecho más que abrazar la postura maximalista que “prácticamente todos” los palestinos —desde Arafat hasta el sastre de la esquina— han estado declarando por décadas: que Jerusalén será la capital de su hogar nacional. ¿Desde cuándo encuentran a la intransigencia tan irritante?
La belleza del discurso de Bibi Netanyahu radica en su simpleza. Por primera vez desde los Acuerdos de Oslo casi dos décadas atrás, un líder israelí ha definido inequívocamente las líneas rojas de Israel en su incesante búsqueda de la paz. Netanyahu ha arrojado la pelota al campo árabe y palestino… Y éstos la patearon fuera de la cancha. Dijeron que con estas reglas no quieren jugar. Pretenden el mantenimiento de los parámetros usuales: encogimiento de las fronteras de Israel, inundación del reducido país con población hostil, estrangulamiento demográfico del único Estado judío del mundo, privación de su capital histórica, etc. Típica ha sido la respuesta —de valor histórico— de Mubarak arriba citada, la que encapsula mágicamente la falacia de la presunta moderación árabe. Eso fue dicho al día siguiente del discurso de Netanyahu. Cuatro días después, el Presidente egipcio publicó una columna de opinión en The Washington Post en la que afirmó que “un acuerdo histórico está al alcance” y que “la parte árabe está dispuesta a reciprocar pasos serios hacia la paz que adopte Israel”. ¿Por qué no alterar el orden, para variar? Que “primero” los países árabes normalicen relaciones diplomáticas con Israel y “luego” Israel reciproque sus —¿cómo lo expresó Mubarak?— “pasos serios hacia la paz”.
De todos los líderes de la región, Mubarak es el último que debiera hacerse el ingenuo. Fue en su propia tierra, en El Cairo, donde apenas diez días antes del mensaje de Netanyahu, habló el Presidente Barack Obama y advirtió a los líderes árabes sobre la necesidad de modificar su postura tradicional. El Presidente Obama fue inequívoco: “Finalmente, los Estados árabes deben reconocer que la Iniciativa de Paz Árabe fue un comienzo importante, pero no el fin de sus responsabilidades. El conflicto árabe-israelí no debería ser usado más para distraer al pueblo de las naciones árabes de otros problemas. En lugar de ello, debe ser una causa para la acción de ayudar al pueblo palestino a desarrollar las instituciones que sostendrán su Estado, reconocer la legitimidad de Israel, y elegir el progreso por sobre un foco autodestructivo en el pasado”.
Quizás hubo malentendidos de traducción. O quizás no puedan cambiar el chip. Deberán recapacitar. En el siglo XXI, no saber inglés ni computación no es una opción.

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