El estado de la cuestión judía
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Por Rebeca Perli
Salónica es una importante ciudad ubicada al norte de Grecia. Durante la II Guerra Mundial más de 50.000 judíos que vivían allí (mis familiares entre ellos), fueron transportados en vagones para ganado, al infierno de Auschwitz donde perecieron casi todos, bien fuera en las cámaras de gas o como consecuencia de torturas y trabajos forzados. El pasado 22 de junio, en un acto organizado por el gobierno municipal de la ciudad, se procedió a honrar a 30 sobrevivientes de aquel horror y, tristemente, coincidiendo con esto, una pandilla de maleantes atacó el memorial a las víctimas en el que estamparon una estrella de David, una esvástica y el graffiti favorito de los negadores del Holocausto: "Es una mentira".
Hace un par de meses, otra banda de vándalos profanó la sinagoga "Scuola Greca" de la isla de Corfú y el año pasado fue incendiada en Creta una sinagoga que es patrimonio cultural arquitectónico de la isla. Esto sin contar los libelos y las agresiones antisemitas, obviamente orquestadas, que proliferan sin control en toda Europa y, últimamente, también en Latinoamérica.
Llama la atención el hecho de que el antisemitismo es directamente proporcional a etapas de crisis de las sociedades en cualquier lugar del mundo. En la Alemania de 1930 alcanzó su máxima expresión, cuando los judíos fueron chivos expiatorios para justificar el desastre financiero por el que atravesaba el país.
Durante la II Guerra Mundial, Grecia, con su valiente movimiento de resistencia, honró su fama de cuna de la democracia y, si bien el país nunca estuvo exento de antisemitismo, muchos sacerdotes de la Iglesia Griega Ortodoxa y ciudadanos en general, ampararon a sus compatriotas judíos.
Ojalá que esa prueba de honor no haya sido en vano.

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