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Por Fernando Yurman
Los libros han sido, desde el siglo XIX, símbolos de la persuasión y el poder de la razón. Herederos de la pugna entre la pluma y la espada que había glorificado Cervantes, o de la Civilización y Barbarie que había meditado Sarmiento, los libros devinieron benévolos pilares imaginarios contra la violencia. Esa convicción, que a su vez es libresca, no tiene fundamento. Hitler era un lector voraz, como lo ilustra la investigación sobre su biblioteca que llevó a cabo Timothy Ryback, otro tanto Pinochet, y de Mussolini se sabe que era un sensible lector y un exquisito conocedor de la literatura francesa.
Curiosamente, casi todos los excesos autoritarios desde el siglo XIX suelen estar acompañados por la letra. El texto impreso suele legitimar la violencia, y el libro invierte aquel signo pacífico que el Romanticismo había sellado.
Recientemente, el film El lector, sobre una novela del notable escritor y revisionista histórico Bernard Schlink, propuso el ejercicio de la lectura casi como un antídoto a la barbarie. Para disminuir su fe bastaría señalarle los capítulos de Mein Kampf que muestran a Hitler como un notable lector, incluso con una teoría propia del buen lector.
La condición autodidacta, en la vastedad libresca, le permitió soldar su desintegración personal con el paisaje social. Su conceptualización de la lectura política, el obsesivo control de sus demonios íntimos, permiten advertir al ojo clínico la imposibilidad de que los libros atravesaran el fortín de su patología. Al contrario, la alimentaban.
El texto de Hitler, de notable soltura oral, tiene por otro lado un gran desván literario. Guarda reminiscencias pasionales de Dostoievski, de Eugenio Sue, de Knut Hamsum, pero volcadas como experiencias que templaron su visión.
Es su propia infancia idealizada, su miserable adolescencia marginal, lo que logra fundir en una ideología explicativa a través de un delirio minucioso. Y lo logró por los libros.
Sin la vasta obra de la novela naturalista, sin emociones de folletín, quizás Hitler no habría logrado el pasaje del drama íntimo al escenario público. Su descubrimiento del “judío”, la instalación del resplandor comprensivo, emerge en su libro con la misma contundencia de los brotes psicóticos.
Se advierte clínicamente cómo la revelación lo apacigua, lo ancla en la certeza paranoica. Pero sin los libros que lo justificaron, sin una cultura creyente de las letras, la enfermedad de este “orador” esencial no se hubiera podido propagar socialmente; aun en las desastrosas condiciones de la República de Weimar se requería el melodrama. Creencias ilusorias, desvaríos raciales, fantasías secretas, acompañan siempre a buena parte de la Humanidad, que nunca las pone en práctica; delirios cerrados como el de Hitler abundan en los manicomios; lo que no suele ocurrir tan seguido es que se encuentren, que hagan puente los dos registros.
Los libros, sede mayor de ensueño juvenil, suelen ser el puente que fusiona la biografía y la historia, la crónica personal y la memoria popular. Aunque la voz, como incluso señala el mismo Hitler, era fundamental para su influjo, no hay duda del peso que le otorgaba el argumento libresco.
Se sabe que el diablo puede citar a su favor las escrituras, y contra la creencia de Sarmiento, contra la ingenuidad revisionista de Schlink, los libros fueron también parte de la barbarie.

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