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Por Rebeca Perli
Del 9 al 10 de noviembre próximo se cumplen 74 años de la trágica noche y madrugada que pasó a la posteridad como Kristallnacht (la noche de los cristales rotos) cuando turbas sin control destrozaron más de 1.500 sinagogas y 7.000 comercios judíos en Alemania y Austria; más de cien judíos fueron asesinados y 20 mil deportados a campos de concentración. Era el preámbulo del Holocausto: un globo de ensayo para ver la reacción del mundo, y el mundo no reaccionó. Fue como decirle a Hitler: "Adelante, no hay obstáculos".
Kristallnacht es una tragedia de obligatoria conmemoración, máxime en estos tiempos en que los ataques antisemitas proliferan de manera peligrosa.
Sin embargo, y como una reafirmación de fe en la humanidad, dejo aquí constancia de una historia ejemplar: la de Chiune Sugihara, el japonés que, siendo cónsul de su país en Lituania en 1940, desobedeciendo la orden de su gobierno, pero atendiendo a la de Dios y la de su conciencia (según sus palabras), emitió visas a más de 6.000 judíos que huían del régimen nazi y que lograron salvar sus vidas. Hecho prisionero por los soviéticos durante la II Guerra Mundial, y destituido de su cargo por el gobierno japonés cuando fue liberado, Sugihara se desempeñó en trabajos humildes sin aludir a su heroica actuación hasta que, en 1968, fue ubicado por Joshua Nishri, agregado comercial de la Embajada de Israel en Tokio y uno de los beneficiarios de las visas emitidas por Sugihara, quien viajó a Israel donde fue recibido con honores por el gobierno del Estado judío. Su nombre está inscrito en la Avenida de los Justos, y un monumento en su honor se yergue en una colina de Jerusalén. Chiune Sugihara es prueba de que sí se puede combatir el mal, haciendo el bien.

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