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Por Beatriz W. De Rittigstein
Años antes de que la ONU decretara la partición de la región que se conoce como Palestina, en dos Estados: uno judío y otro árabe (la resolución no dice palestino), hubo una primera división. En 1922, el Mandato Británico otorgó el este del río Jordán a la dinastía Hachemita, lo que hoy es Jordania.
En 1947, en el mundo árabe prevaleció el afán destructivo contra el Estado judío, por lo que desperdiciaron la oportunidad instituida por la ONU, a través de la Resolución 181, para crear otro Estado árabe más.
De este modo, en mayo de 1948, las tropas transjordanas se unieron a los ejércitos de varios países árabes que declararon la guerra al recién renacido Estado de Israel. El armisticio de 1949 le concedió al reino Hachemita el control de la llamada Cisjordania.
Tras décadas de conflictos, hostilidades y terrorismo, en 1993, gracias a los acuerdos de Oslo, se estableció el embrión del Estado palestino: la Autoridad Nacional Palestina, que gobernaba en Cisjordania y Gaza.
En 2007 se intensificaron los enfrentamientos entre las corrientes palestinas Fatah y Hamas; esta última venció en Gaza, dominando ese territorio con un gobierno de facto, que en la práctica es independiente de la ANP, cuya centralidad está en Cisjordania. Hamas se afianzó en la franja costera, basado en su poder militar que expulsó a los vinculados con Fatah.
La solución al conflicto palestino-israelí está en la convivencia armoniosa de dos Estados, Israel y el Estado palestino; pero, dadas las actuales circunstancias, cabe preguntarnos: ¿cómo se logrará con dos gobiernos palestinos tan diferentes, uno en Cisjordania y el otro en Gaza? ¿La ANP apaciguará a Hamas y a las demás facciones terroristas? ¿Tiene la voluntad política para ello?

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