El Sionismo en una era de revoluciones, Parte I

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Por Anita Shapira
Parte I
El sionismo, concepto desarrollado por Teodoro Herzl a fines del siglo XIX, ha sufrido ciertas transformaciones y evoluciones a lo largo del tiempo. Este artículo analiza el origen del sionismo, las diferentes acepciones que le dieron a este término diferentes pensadores judíos y su adaptacion a las diferentes "revoluciones", a las diferentes épocas y a los cambios que sufrió la humanidad en el último siglo.
El estudio de los fenómenos históricos implica inevitablemente el análisis de temas vinculados con el tiempo; la relación entre un fenómeno determinado y su ubicación en el eje temporal es un interrogante histórico de importancia fundamental. El sionismo suscita preguntas vinculadas con el tiempo: ¿Cuándo empezó? ¿Por qué se produjo precisamente en ese momento? ¿Hubiera podido producirse antes o después? Estos interrogantes definen al sionismo como un fenómeno histórico, una función del tiempo, cuya explicación está condicionada a la comprensión del marco histórico amplio en cuyo seno tuvo lugar.
Yaacov Talmon definió al sionismo como "la reacción judía ante el factor más efectivo del mundo moderno, el nacionalismo"; Gershom Scholem lo definió como "el retorno utópico de los judíos a su propia historia" , y continuó explicando que "la irrupción de los judíos en la historia secular puede ser definida como un acto existencial". Estas dos definiciones ubican al sionismo en una secuencia histórica general: no tuvo lugar en espacios espirituales autónomos, tal como algunos describen la historia judía en la diáspora; tampoco fue la continuación de los anhelos milenarios por Sión, como tienden otros a describirlo, sino que fue un producto de su época, una reacción a determinados acontecimientos históricos que exigieron una nueva forma de diálogo entre los judíos y la sociedad circundante.
El sionismo fue uno de los últimos movimientos nacionales europeos. La opinión imperante es que demoró en aparecer y demoró en concretarse. En este contexto se mencionan dos fenómenos paralelos: el movimiento nacional árabe y el Holocausto. El sionismo herzliano surgió en las postrimerías del imperialismo europeo; la posibilidad de una nación europea de colonizar un país oriental, que en el siglo XIX era aceptada como un fenómeno legítimo y hasta moral (cf. Rudyard Kipling, "Tomó el hombre blanco") se convirtió en algo casi imposible en el siglo XX, con el surgimiento de los movimientos nacionales extra- europeos que hicieron tambalear los fundamentos morales del colonialismo europeo y produjeron un vuelco en la opinión pública ante los movimientos colonizadores blancos que vulneraban los derechos de los nativos.
La lucha entre el movimiento nacional judío y el movimiento nacional árabe por el control de Eretz Israel se puso de manifiesto en el contexto de la aparición demorada del movimiento sionista. Por otra parte, si el sionismo herzliano tenía la intención de resolver la cuestión judía en Europa en su sentido existencial, el sionismo demoró en crear el refugio judío del que hablaba Herzl: el Holocausto se anticipó al estado de los judíos. El Estado de Israel no impidió el exterminio de los judíos, sino que se creó a partir de él.
Corno historiadores, nos cuesta afrontar la gama de posibilidades no concretadas por la historia. Aceptamos que no todo lo sucedido debía haber ocurrido, que en las diversas encrucijadas históricas, los acontecimientos podrían haber evolucionado de distinta manera, por supuesto con consecuencias totalmente diferentes. La dificultad del historiador consiste en que una vez que ha fijado cuáles son las posibilidades no concretadas, sólo puede suponer cuáles habrían sido las posibles consecuencias de dichas opciones, en caso de haberse producido. La descripción de la historia no acontecida no nos permite reconstruir las consecuencias imprevisibles de acciones no sucedidas. Por eso, no cabe cuestionamos si el sionismo perdió una ocasión mejor de concretarse cincuenta años antes; es una pregunta ahistórica, porque así como en aquel entonces determinadas circunstancias eran más propicias para el sionismo, había otras que tal vez lo habrían convertido en un fenómeno absolutamente ilógico.
El argumento que expondré a continuación es que existió un vínculo inseparable entre la historia del siglo XX y la concreción del sionismo; que en el siglo XX hubo determinadas características sin las cuales cabe dudar de que el sionismo hubiera podido concretarse. Así como es dudoso que el sionismo hubiera podido concretarse antes de su momento de realización, también es dudoso que hubiera podido hacerlo más tarde. Y con más crudeza: ¿puede imaginarse en el mundo de hoy en día la concreción de un proyecto como éste? Mi respuesta es negativa, y trataré de demostrarla señalando las características peculiares del siglo XX que contribuyeron a la realización del sionismo.
Isaiah Berlin definió al siglo XX como el siglo más terrible de la historia de Occidente. Eric Hobsbawm tituló su libro, que delimita al siglo XX, "La era del extremismo". El elemento más destacado en todos los intentos de definir el siglo XX es el de la inestabilidad, del extremismo ideológico y político, de un mundo cuyos fundamentos tambalean.
El sionismo como movimiento y como ideología quiso hacer tambalear el status quo. Fue una de las corrientes revolucionarias que desafiaron la división del mundo existente, con sus sociedades institucionalizadas y sus estructuras de poder. La relación entre las conmociones del siglo XX y la transformación del sionismo de idea en realidad concreta es obvia, casi trivial, cuando se examinan las evoluciones y encrucijadas políticas que constituyeron el punto de inflexión en la historia del sionismo. Toda la grandeza de Herzl no fue suficiente para cambiar la realidad política y obtener el charter deseado para el pueblo judío en Eretz Israel, pues él se movía en un mundo europeo estable.
El gran cambio en el destino del sionismo se dio con el descongelamiento de la política que siguió a la Primera Guerra Mundial y a la división del Imperio Otomano. La Declaración de Balfour fue consecuencia de una serie de hipótesis, en parte erróneas, que llevaban el sello de la época; la tendencia de los estadistas británicos, en particular de la aristocracia, a contemplar el mundo como su campo privado de juegos, en el que podían hacer todo lo que se, les ocurriera, fue la que engendró la insólita idea de que seria interesante otorgar a los judíos la posibilidad de asentarse en Eretz Israel, y ver qué podrían hacer allí. La misma línea de pensamiento dio origen a las actividades de Lawrence de Arabia contra el Imperio Otomano, manipulando las aspiraciones nacionales de los árabes, y fue la que introdujo a la dinastía hachemí en la historia del Oriente Medio, creando el Irak moderno y el reino de Jordania. Ese era un mundo aún regido por los europeos, manejado con una visión europeo céntrica, que observaba a quienes no pertenecían al "club europeo" con una arrogancia despreciativa. Fue un momento de transición, que parecía el apogeo del dominio europeo a nivel mundial, pero que ya portaba la simiente del fin de dicho poderío, en la imagen de los genios que Gran Bretaña liberaba de la lámpara para vencer al Imperio Otomano. El movimiento sionista supo aprovechar ese momento histórico, si bien desde un comienzo fue consciente de los peligros que implicaba la alianza con una fuerza europea en decadencia.
La política volvió a congelarse a principios de los años 20. El nuevo momento propicio para el movimiento sionista se dio con la Segunda Guerra Mundial, con la declinación de Gran Bretaña y Francia y el ascenso de dos potencias nuevas, los Estados Unidos y la Unión Soviética. El reparto del botín después de la Segunda Guerra Mundial fue lo que permitió el nacimiento del Estado de Israel. El desangramiento militar y económico de Inglaterra después de la guerra la llevó a una creciente dependencia de los Estados Unidos, al repliegue del Imperio Británico y a una nueva ventana de oportunidades en el Oriente Medio. En los Estados Unidos, el tema de los refugiados judíos, consecuencia directa de la guerra, convocó a la opinión pública judía y general en pro del estado judío. Al mismo tiempo, el imprevisto respaldo de la Unión Soviética a la creación del Estado de Israel se comprende sobre el telón de fondo de la guerra fría y los esfuerzos de la URSS por penetrar en el Oriente Medio.
Para bien o para mal, el sionismo halló su cauce en un mundo configurado por las dos guerras mundiales, con el trasfondo del ocaso del colonialismo y el europeocentrismo. La rapidez con que tuvo lugar el proceso de creación de la entidad judía soberana en Eretz Israel – treinta años – sólo puede entenderse cabalmente en relación con la velocidad con que en aquella misma época se produjeron otros procesos a nivel mundial, que en un lapso muy breve generaron una situación muy lábil en el Oriente Medio e hicieron posible el cambio del status quo. En 1948, poco después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo aún estaba abierto a procesos revolucionarios: en la misma época en que surgió el Estado de Israel, la India logró su independencia después de una sangrienta guerra civil, Mao Tse Tung asumió el poder en la China, los comunistas se apoderaron de Checoslovaquia y la amenaza de la URSS sobre Europa Occidental parecía lo suficientemente concreta como para generar el Plan Marshall. A diferencia de ello, el mundo de la segunda mitad del siglo XX estaba dividido en áreas de influencia; las guerras ya no producían cambios en las fronteras; quien tenía algo, lo retenía, y quien aspiraba a incorporarse al club, quedaba afuera. De hecho, los cambios del status quo se tomaron imposibles.
Como ya hemos señalado, la relación con procesos políticos de origen europeo
es el aspecto más sencillo del vínculo entre el sionismo y las conmociones del siglo XX.

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