Demonización, idealización y realidad

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Por David Mandel
Es muy común tener una imagen mental de un país en el cual nunca hemos estado, basándonos en lo que hemos leído, escuchado, o visto en la televisión, o influenciados por nuestros prejuicios favorables o negativos. Es interesante, cuando por fin lo visitamos, comparar la realidad con la imagen que nos habíamos formado, y constatar las discrepancias.
Esto ocurre con Israel mucho más de lo que ocurre con la mayoría de los otros países del mundo. La discrepancia más obvia entre la imagen y la realidad es el tamaño de Israel, que, debido al desproporcionado número de artículos y noticias que publican los periódicos, causa la impresión de que es un país con una enorme extensión territorial, cuando la realidad es que si uno maneja, a velocidad normal, de Tel Aviv al norte, en dos horas llega a la frontera con el Líbano; si va al sur, en tres horas se encuentra con la frontera de Egipto; si al este, en dos horas llega a la frontera con Jordania; y si al noreste, bastan tres horas para llegar a la frontera con Siria.
Pero, es en otros aspectos donde la diferencia que existe entre la imagen mental de Israel que tienen ciertas personas y la realidad llega a extremos absurdos: los antisemitas irracionales demonizan, y los pro-sionistas incondicionales idealizan.
Un antisemita, auto convencido de que en Israel se practica apartheid al estilo de Sud África, en el improbable caso de que visitase Israel, se llevaría la sorpresa de su vida. Si entra a cualquier centro comercial, constatará que judíos y árabes deambulan en paz y cordialidad. Si visita cualquier universidad verá en los corredores muchachos judíos con o sin kipá, y chicas árabes con o sin pañuelo en la cabeza. Si entra a un aula de clases es posible que el profesor sea árabe y, tal vez, hasta decano de la facultad. Y, si por diversas circunstancias, tuviese necesidad de ir a un hospital, se quedaría con la boca abierta al ver que pacientes judíos y pacientes árabes comparten las mismas habitaciones, y se asombraría aún más al ver que las enfermeras judías y árabes, y los médicos judíos y árabes, atienden a todos los pacientes con igual devoción. Si es honesto consigo mismo reconocerá que el único apartheid que existe en Israel es la fantasía prejuiciada e ignorante que lleva adentro de su propia mente.
El caso de los pro-sionistas que idealizan a Israel y a su población se puede ilustrar con la siguiente anécdota: Un amigo de la infancia, cumpliendo su sueño de muchos años, vino a Israel de visita, y lo pasee por todo el país. En una de las carreteras vio un edificio con altas paredes y alambradas, y me preguntó que era. Le contesté que era una cárcel para presos comunes. "Me imagino"―comentó―"que la mayoría de los presos son árabes". "No"―le contesté―la mayoría son judíos, ya que el 80% de la población del país es judía y el número de criminales está en proporción". Gente como mi amigo creen que el israelí típico es un agente del Mosad que, en sus momentos libres, ha fundado un "start up" de alta tecnología.
La realidad es que Israel es un país normal en medio de circunstancias anormales, el único país del mundo al cual sus enemigos quieren hacer desaparecer del mapa, cuya población, compuesta en su gran mayoría de personas normales que no son demonios ni ángeles, trabaja para ganarse la vida honradamente, paga altos impuestos, trata de dar la mejor educación posible a sus hijos, disfruta de sus amistades, va a cafés, restaurantes y teatros, viaja al extranjero de vez en cuando, y sueña que algún día los países vecinos aceptarán su existencia y el país, por fin, podrá vivir en paz.
Fuente: Mandel David.com

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