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Por Nelson Rivera
Ocurrió entre 1848 y 1938, dentro de los límites del Imperio Austrohúngaro, con particular concentración en Viena: allí nacieron, se formaron y escribieron sus obras decenas y decenas de científicos y humanistas que han marcado de forma indeleble los siglos XX y XXI. De Sarajevo a Praga, de Bregenz a Czernowitz, de Trieste a Lemberg: en ese territorio se fraguaron las obras sin las cuales no es posible pensar lo moderno.
Sigmund Freud, Arnold Schönberg, Joseph Roth, Franz Kafka, Robert Musil, Martin Buber, Joseph Schumpeter, Hans Gross, Gustav Mahler, Otto Weininger, Ernst Mach, Karl Kraus, Ludwig Wittgenstein, Hermann Broch, Georg Lukács y tantos otros surgieron de aquél universo geográfico y cultural. La música, la arquitectura, la física, la teología, la economía, la crítica, el derecho, la filosofía, la lingüística, la medicina, las artes visuales y la música cambiaron sus destinos allí para siempre.
La mayoría de aquellos hombres de genio eran judíos. En su texto canónico, El genio austrohúngaro, el historiador norteamericano William Johnston habla del empirismo austrohúngaro, de un ambiente proclive a la colaboración entre las distintas formas de conocimientos, de una vocación de tertulia, de eficaces mecanismos de intercambio, y de una idea que sería uno de los factores más decisivos: el convencimiento de que Viena, Budapest y Praga se habían constituido en las herederas de la tradición cultural y librepensadora de Europa.
Si el hogar de los Zweig fue la cuna del pequeño Stefan, Viena fue la comunidad donde su espíritu adquirió conformación. Moriz Zweig, el padre, era un hombre del negocio textil. Ida Brettauer, la madre, podía considerarse una fiel representante de la familia de la que provenía: cosmopolita, políglota e ilustrada. El 28 de noviembre de 1881 tuvieron a Stefan, el segundo hijo de la pareja. Alfred Zweig, el hermano mayor de Stefan, ha contado que su casa no era un centro de artistas, pero sí de banqueros, hombres de industria y abogados.
Nunca le gustaron ni la escuela ni las prácticas deportivas. Ingresó en la primaria en 1887 y culminó la secundaria en 1900. A los doce años, una cierta impaciencia había anidado en su carácter. Escribía poemas y su pasión por coleccionar autógrafos avanzaba sin contratiempos (pedía los autógrafos por correo y cada día los esperaba con ansiedad). A esa edad temprana se remonta su interés por la literatura. Lee como lee un insaciable.
Pragmática literaria
Desde su adolescencia Zweig concentra su portentosa energía mental en los trámites de lo literario: escribe, sueña con la fama, quema manuscritos, utiliza seudónimos para publicar en revistas escolares, salta de un género al otro. Cuando termina la escuela se presenta de modo voluntario al servicio militar, donde no lo reciben por su debilidad física. Sus años universitarios son de constantes mudanzas. A Zweig le gustaba afirmar que apenas le había dedicado atención a las exigencias académicas, pero los hechos lo desmienten: sus trabajos destacan por la riqueza de sus fuentes, el rigor de su pensamiento y la claridad con que eran escritos. En 1904 obtuvo su doctorado en Filosofía.
Tenía veinte años (1902) cuando apareció el poemario Cuerdas de plata, el primero de sus libros. A partir de entonces, difícilmente puede seguirse la expansión de su trayectoria literaria en los límites de este espacio. Zweig traduce a Baudelaire, publica relatos, se convierte en articulista de Neue Freie Presse de Viena, aprende a transitar por los complejos caminos de las amistades literarias, escucha con asombro las narraciones sobre la vida de los judíos de Galitzia y Lodomeria.
Se trata de un hombre que decidió adoptar la timidez como forma de vida. Su rutina es impensable sin café y cigarrillos. Tenía verdadera pasión por el carácter de las personas (de ello son prueba las extraordinarias biografías que escribió: no menos de veinte, algunas de ellas obras maestras del género). Mantiene correspondencia con amigos en diversos lugares de Europa. Varios meses al año transcurren entre uno y otro viaje (esto, en buena medida, posible por la dedicación de Alfred Zweig al negocio del padre).
De la vida de Zweig podrían extraerse varios capítulos que, por sí mismos, podrían cautivar al lector. Uno: su trayectoria como coleccionista de autógrafos, manuscritos y otros objetos (llegó a ser propietario de piezas de Goethe y Beethoven). Dos: la historia de su primer matrimonio (Friderike Maria von Winternitz, casada y madre de dos niñas, se había enamorado de Zweig a través de su literatura). Tres: su necesidad casi patológica de separarse y regresar a Viena, lo que hizo de él una suerte de huidor perenne. Cuatro: su obsesión por el trabajo, que le permitió ser el autor de una obra portentosa, que incluye teatro, poesía, ficción narrativa, ensayo y ese singular y entrañable libro de memorias (que él inició con el propósito de escribir una autobiografía), que se llama El mundo de ayer y que todo ciudadano del mundo debe leer. Cinco: su vertiente como dramaturgo, que lo convirtió en autor de un éxito que ya no es común en nuestro tiempo y que le produjo popularidad e ingresos económicos. Seis: la década que va de 1930 a 1940, en la que escribió algunos de sus libros más notables, y donde conoció, título tras título, un boom de fanáticos que difícilmente haya logrado otro escritor en todo el siglo XX (ni siquiera Truman Capote).
La sensibilidad del siglo
A lo largo de los años, fue haciéndose cada vez más evidente que los silencios, las huidas, los cambios de humor, los deseos de ocultarse de todos, las horas extenuantes dedicadas a leer y escribir, eran también “figuras” de la inquietud que pesaban en el ánimo de Zweig. Aquí y allá, siempre con austeridad, el escritor dejó huellas de la silenciosa y creciente angustia que ocupaba su corazón.
En diciembre de 1918 (faltaban semanas para que Alemania perdiera la Gran Guerra), Zweig escribió en una carta: “Hay momentos en que me pregunto si vale la pena seguir viviendo durante los próximos veinte años. Noto cómo me aplasta el doble peso de un odio del que no me siento culpable, el odio a Alemania, causante de la guerra, y el odio a los judíos de Austria por haberse lucrado de la guerra. Sabe Dios que yo ni he provocado la guerra ni me he aprovechado de ella, pero en momentos de peligro no puedo dejar en la estacada ni a los unos ni a los otros. La vida, sin embargo, va a ser insoportable para todos aquellos que no son ambiciosos ni tiranos: a las personas como yo nos aniquilarán, ni siquiera nos dejarán un poquito de aire para vivir”.
Los últimos años de la vida de Zweig son de nerviosismo y desasosiego, aun cuando su obra, en medio de las adversidades, continuaba conquistando terrenos. Con su nueva esposa, Lotte, viajan, viven situaciones de penosa incertidumbre, su carácter se oscurece. Algo en Zweig va perdiendo fuerzas. Se ha instalado a vivir en Brasil, en Petrópolis, lejos de toda su vida pasada. En una carta dirigida a su ex esposa escribe: “El único camino que tenemos abierto es el de irnos en silencio y con dignidad”.
Lo prepara todo. La lectura de un diario que informaba de una derrota de los aliados parece haber sido una señal. Ordenó sus papeles, envió cartas de despedida. Un día lunes 22 de febrero de 1942, a mediodía, la criada se extrañó de que la pareja continuase durmiendo. Abrió la puerta y los encontró, tal como los muestra la asombrosa fotografía que alguien tomó entonces: ambos impecablemente vestidos. Stefan está boca arriba, los labios apenas separados. Lotte, a su lado, le abraza con su brazo izquierdo. Y ahí sigue todavía: eterno, haciendo cierta para cada uno de nosotros la maravillosa experiencia que significa leerlo una y otra vez.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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