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Por Rebeca Perli
En el siglo II d.C. los romanos, que habían conquistado Medio Oriente, cambiaron el nombre de los reinos de Judea e Israel por el de Palestina alegando relación con los filisteos. Monedas de la época ostentan la inscripción Judea Capta, prueba fehaciente de que así se llamaba antes de que los romanos la renombraran. Los judíos lucharon denodadamente por liberar su tierra, especialmente en el 70 con el heroico sitio de Masada y en 132 con la rebelión contra el emperador Adriano. No lo lograron y la zona fue sucesivamente conquistada por el imperio Bizantino, los cruzados, los mamelucos y, desde 1517, el imperio Otomano que mantuvo su hegemonía en la zona hasta 1917 cuando la ocupó Inglaterra con el nombre de Mandato Británico de Palestina que, en un principio, abarcaba también lo que es hoy Jordania, país que los ingleses ayudaron a los árabes a crear, en su afán de lucha contra el imperio Otomano (recuérdese a Lawrence de Arabia).
Acogiéndose a su identidad y al clamor de líderes palestinos que en 1968 declararon que "Jordania es Palestina y Palestina es Jordania", en 1970 miles de palestinos intentaron instalarse en ese país cuyo gobierno, no solo no los acogió, sino que masacró a más de 10.000 de ellos en una operación que pasó a la historia como Septiembre Negro.
En 1947 la ONU, con el fin de brindar una solución tanto para los judíos que anhelaban el retorno a su tierra ancestral, como para los árabes de la región, emitió la Resolución 181 según la cual se dividía el territorio entre las dos partes. Los judíos aceptaron la moción y recrearon al Estado de Israel, los árabes la rechazaron complicando un conflicto cuya solución debería ser un acuerdo para crear un Estado palestino al lado del de Israel.

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