Lo que piensan los israelíes
08/01/2013
Otra visión periodística de Israel
22/01/2013

Por Rabino Iona Blickstein
Judíos y cristianos en búsqueda de una acción social común.
El diálogo entre los judíos y los cristianos puede tener una cantidad de objetivos, pero su fin último es contribuir a un mundo mejor, un mundo en el que se cumpla la voluntad de D-s, un mundo de justicia y paz.
Debemos recordar que la humanidad está incluida en la alianza de D-s con Noé, con la prescripción de vivir según los siete mandamientos considerados la quintaesencia de la moral universal: Las prohibiciones del asesinato, la idolatría, el robo, el incesto, la blasfemia, la crueldad contra los animales y el mandato de establecer tribunales de justicia.
Quienes viven según estas alianzas son llamados “los justos entre las naciones”, que tienen una parte en el mundo por venir.
El judaísmo y el cristianismo deben acentuar las cosas que tienen en común en primer lugar ayudar a la humanidad a acercarse a la redención universal (Maimónides) y servir al “Hacedor del Cielo y la Tierra” (Rabino Moshe Rivkes/ el Be’er Ha-Golah). Estos principios se basan en el patrimonio religioso común de las Escrituras hebreas.
Debemos crear una agenda común marcad por aquellos principios y valores (por ejemplo, la creencia en D-s como creador, el compromiso con los mandamientos de Noé, los Diez mandamientos, así como la esperanza en el gobierno de D-s en el mundo) que los judíos y los cristianos comparten por sus comunes raíces bíblicas e históricas.
En la agenda debemos hacer hincapié en temas que hacen a una mejor sociedad:
La afirmación de la santidad de la vida humana.
La protección de la dignidad de cada ser humano sin distinción de origen, raza, género, características o capacidades.
La protección de la familia.
La búsqueda de la justicia para todos, especialmente para los pobres y lo indefensos. La búsqueda de mutua solidaridad y paz en las relaciones entre las personas: en la familia, en la sociedad, en la nación y entre las naciones.
Rechazo de la esclavitud, la opresión y el autoritarismo. Si queremos mejorar al mundo lo haremos a través de mejorar a las personas.
Déjenme sugerir al menos una pequeña parte de la respuesta:
Debemos hacer realidad nuestros principios y formar seres humanos decentes. Si queremos mejorar al mundo hemos de tratar de mejorar a las personas. Hacemos eso apoyando la proposición de que hay un solo D-s Quien creó y controla el mundo y Quien se preocupa profundamente por la forma en que actúan las personas.
Durante 3.500 años, los judíos han estado diciéndose a sí mismos, a sus hijos y al resto del mundo: “Sean buenos. Sean amables, Sean honestos. Sean éticos. Sean morales. Es el mensaje más revolucionario de la historia humana, y los que estamos aquí somos las personas elegidas para transmitirlo.
La sociedad contemporánea dice: “lo importante es sentirse bien con lo que haces”. Nuestra prédica debería rezar: “Lo importante es hacer bien, sin importar lo que sientas”.
La creencia de sentirse bien es más importante que hacer el bien, prevalece en el mundo secular que nos rodea. Claro es mejor ser un apasionado en dar caridad, en visitar a los enfermos, evitar los chismes, decir la verdad en tu declaración de impuestos, acciones que nacen desde el corazón. ¿Pero que sucede si el corazón no está puesto en ello? ¿Qué sucede si realmente no tenemos ganas de hacer una de esas buenas acciones? Es hermoso sentirse caritativo, pero es mucho más hermoso
Realmente dar caridad, nuestra tradición de fe nos enseña que la bondad es lo que la vida requiere de nosotros.
La Biblia describe a Abraham como un hombre interesante preocupado por la comodidad y el bienestar de los otros. Dejaba su lecho de enfermo cuando veía extraños a la distancia, ignorando su propio dolor para poder ser hospitalario con ellos. Le imploraba a D-s que perdone a los crueles pecadores de Sodoma y Gomorra. Inculcó tan minuciosamente los hábitos de la bondad en los miembros de su familia que cuando su sirviente Eliézer viajó a buscar una esposa para Isaac la prueba determinante que enfrenta es de compasión: Busca a una mujer que no solamente pueda ofrecer un trago de agua, sino que además se ofrezca a sacar agua para sus camellos al mismo tiempo –una tarea difícil.
Esta es bondad de un nivel mucho más alto que lavar el auto del vecino o regalar claveles en la calle.
“Los judíos son hijos compasivos”, enseñan el Talmud. “Una persona que es cruel con las demás criaturas no es descendientes de nuestro padre Abraham”. Nuestra tradición común nos enseña que la bondad es lo que la vida requiere de ti.
Los sabios nos enseñan que D-s mismo es el modelo original de la bondad: El vistió a Adan y Eva cuando estaban desnudos, visitó a Abraham cuando estaba enfermo, consoló a Isaac en su dolor, enterró a Moisés después de su muerte. Nosotros, que nos fue ordenado seguir los caminos de D-s (Deuteronomio 13:5), debemos de la misma manera vestir a los desnudos, visitar a los enfermos, confortar a los deudos y enterrar a los muertos. Rezamos para que D-s nos trate con caridad y bondad – Ase Imanu Tzedaka Vajesed – no al azar sino diariamente, no por antojo sino constantemente. Él quiere lo mismo de nosotros. “Porque yo deseo bondad, no sacrificios”, dijo el profeta Óseas 2.700 años atrás.
Luchando contra la maldad
Hace muchos años, Robert Simón, un profesor de filosofía en la Universidad de Hamilton, escribió sobre la inhabilidad de sus estudiantes para hacer un ejercicio moral definitivo – incluso sobre el juicio del Holocausto que fue malvado. “Por supuesto que no me gustan los Nazis”, dijo un estudiante, “pero ¿quienes somos para decir que estaban moralmente equivocados?”.
En Harvard, James Q. Wilson encontró un desgano similar para condenar al Holocausto: “Todo depende de tu perspectiva”, le dijo un estudiante. Otro comento: “Yo tendría que ver estos sucesos a través de los ojos de las personas afectadas por ellos”
Claramente algo ha salido mal cuando los estudiantes de prestigiosas instituciones de alto aprendizaje no pueden denunciar a Auschwitz y Treblinka. Demasiados estadounidenses se achican para no parecer “crítico” o “moralistas” – hoy en día, las palabras mismas son utilizadas exclusivamente como peyorativas. La actitud que prevalece es “¿quién puede decir lo que es bueno o malo?”.
En la actualidad, vivimos en un mar de la no crítica. En las escuelas, en las universidades, en los medios de comunicación, hay una esencia de que todas las culturas y formas de vida son igualmente válidas, que nadie tiene derecho de juzgar la conducta o las opiniones de otros.
Incluso después del 11 de septiembre de 2001 hubo voces prominentes que se negaron a condenar categóricamente a los terroristas que habían asesinado a tanta gente inocente.
Reuters, la cadena británica de información, decidió como política no llamar a Al Qaeda y a los secuestradores “terroristas” – con el argumento de que “para algunos es u terrorista pero para otros es un luchador por la libertad”.
Peor aún en este cuidado por distinguir entre lo bueno y lo malo, es la afirmación de Stephen Jay Gould, en la sección “editorial opuesta” del periódico New York Times, poco después del 11 de septiembre diciendo que “la bondad es común y el mal es infrecuente”.
“En este momento de crisis”, escribió Gould, fallecido biólogo de Harvard, es importante afirmar la “verdad esencial” de que la gente buena y bondadosa es más numerosa que todos los demás, en relación de 1.000 a 1” – como en “Ground Zero” (el sitio donde se encontraban las torres gemelas), que se ha convertido ahora en “una vasta red de apresurada bondad, canalizando incontables actos de compasión de todo el planeta”. Los horrores de la historia son causados no por una “alta frecuencia de gente malvada”, dijo Gould, “sino por la terrible destructividad de ‘raros actos de maldad’”.
Es cierto que existe una efusión de benevolencia desde el 11 de septiembre, es natural que los miembros de una comunidad se unan durante una crisis. Pero es falso que la naturaleza humana es esencialmente buena o que el mal es poco común, y si pensamos de otra manera, es el peor tipo de ilusión.
La decencia y la compasión puede ser evidentes en estos momentos, pero, ¿dónde estaban la decencia y la compasión durante los siglos de la esclavitud, cuando los hombres y mujeres fueron reducidos a propiedad?, ¿dónde estaban la decencia y la compasión cuando los nazis mataron dos tercios de los judíos europeos con la aprobación de una vasta legión de “verdugos voluntarios”?, ¿dónde estaba la decencia y la compasión cuando 800.000 Ruandeses fueron asesinados sanguinariamente por sus conciudadanos? o ¿Cuándo las mujeres de Bosnia eran agrupadas en campos para ser violadas?
La desagradable verdad es que la mayoría de las personas no son innatamente buenas y bondadosas. Nuestra voluntad para cometer o consentir la crueldad es considerable. La creencia de Gould en la esencia bondadosa de la humanidad es un acto de fe ciega –conmovedor de alguna forma, pero dañino. Porque si la gente fuera decente y moral por naturaleza, no habría una urgente necesidad de enseñar decencia y moralidad. Si “la gente buena y bondadosa es más numerosa que todos los demás, en una relación de 1.000 a 1”, no sería necesario pulir su carácter, podrían trabajar en virtudes y ética tan diligente como pueden trabajar en un deporte o tocar el piano.
Como humanista secular. Gould tenía que creer en la naturaleza humana: pare él no hay una autoridad más grande. Pero aquellos que creen en D-s, y en el código moral trascendente, no necesitan las gafas rosadas de Gould. Somos capaces de reconocer las debilidades morales de la humanidad y su capacidad para la maldad sin desesperarnos, porque entendemos que incluso si la bondad no supera a la maldad en relación 1.000 a 1, cada uno de nosotros puede convertirse – con esfuerzo – en una mejor y bondadosa persona. Sólo de esta forma puede la batalla contra la maldad en el mundo hacer un progreso real.
Un niño que crece con educación de fe, sabe que hay bien y mal en el mundo, y sabe que se espera de él que refuerce el bien y se oponga al mal. El rey David escribió en el Salmo 97: “Ohavei HaShem Sinu Ra” –“Si amas a D-s, ¡Odia la maldad!”. Esa es la pasión moral que hemos fomentado durante 3.500 años – y es por eso que aquellos que están inculcados con sus valores entienden que la maldad de este mundo es muy real, y que todos nosotros tenemos la obligación de hacer nuestro mejor esfuerzo para combatirla.
Juntos debemos contribuir a la construcción de un mundo mejor, los judíos y los cristianos juntos debemos sacar las consecuencias prácticas de aquellas enseñanzas de la Torá que constituyen nuestra base común.
Con la bendición de D-s. Amén.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.