La trivial cotidianización de la Shoá

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Por Patricio Brodsky
Hoy en día la Shoá se ha tornado en algo así como una metáfora, un sinónimo, un lugar común de expresión del “mal radical”.
Es indudable que la Shoá se ha transformado en un punto de referencia para nuestra sociedad. En realidad podríamos referirnos a que la Shoá se ha transformado en un punto de referencia “negativo” para asignar el lugar del mal o para demonizar, para descalificar al oponente o al enemigo haciendo un uso banal de aquel hecho histórico.
En efecto, nuestra sociedad moderna ha sido capaz de entender que la Shoá ha sido una tragedia provocada por la sociedad humana, una forma radical y extrema de relación entre seres humanos. Al mismo tiempo, por su propia “vulgarización”, por los alcances y las formas en su difusión (su masificación y los límites en su representación), por su asunción por parte de la Industria Cultural, la Shoá pasa a ser desdibujada como hecho histórico único y se torna en alegoría del mal.
Cuando se transmitió la serie “Holocausto”, Elie Wiesel escribió un artículo en el New York Times denominado “La trivialización de la memoria: mitad hecho, mitad ficción”, y afirmó lo siguiente: “Me espanta la idea de que un día el Holocausto será medido y juzgado a partir de la serie de la NBC que lleva su nombre. (…) El Holocausto debe ser recordado pero no como una serie de televisión”.
Pero, aún pese a la advertencia del propio Elie Wiesel acerca del carácter único e “inasible” de la Shoá, de los límites para respresentar/se un acontecimiento histórico de esa magnitud: “Los que lo vivieron no pueden transmitirlo. Los que no lo vivieron no pueden comprenderlo. Los que estuvieron allí no pueden salir. Los que no estuvieron no pueden entrar”.
No existe otra forma más que la representación para poder construir una memoria ejemplar de la Shoá para quienes no somos sobrevivientes de ese acontecimiento histórico.
En efecto, el único recurso con que contamos es apelar a la memoria colectiva, la cual se construye de mediaciones y representaciones.
“Halbwachs, según citan Levy y Sznaider, hará una distinción entre memoria social y memoria histórica según la cual, la memoria social es la memoria de los acontecimientos que uno ha experimentado personalmente y que el grupo del cual uno es parte ha vivido. Es la historia antes de que se vuelva historia: es el presente experimentado por un grupo y recordado como tal.
Tomando el Holocausto como ejemplo, la memoria social está limitada a la generación que vivió la guerra. La memoria histórica, por otro lado, es memoria que ya ha sido mediada por filmes y libros y programas escolares y conmemoraciones. Para la mayoría de las personas en la mayoría de los países, la experiencia nacional está basada, en forma abrumadora, en tales memorias representadas. En el caso del Holocausto, quienes experimentaron en carne propia al nazismo y sobrevivieron sólo representan una pequeña minoría. Para el resto de nosotros, es una experiencia mediada por representaciones”.
El riesgo siempre presente es que rápidamente, al contar sólo con mediaciones para comprender lo acaecido, -muchas de las cuales son producciones de la Industria Cultural (cierta literatura, algunas producciones hollywoodenses, etc.) las cuales son producidas como “fast food”, es decir para consumo rápido- se puede construir, de hecho así sucede, una mirada superflua, trivial, de los hechos históricos. De allí que exista una imagen distorsionada acerca de las dimensiones reales de la Shoa.
“En su más reciente esfuerzo por conservar la memoria de Auschwitz, Primo Levi describe un encuentro con un chico de once años que le propuso un plan simple y elegante para huir de un campo de concentración. Después de examinar el plano del campo, el chico imaginó que Levi hubiera podido, con toda sencillez, degollar al guardia, robar su uniforme, cortar la electricidad de los reflectores y del cerco, y, finalmente, salir caminando. Divertido y perturbado al mismo tiempo por la ingenuidad del chico, Levi comenta: esta anécdota ilustra bastante bien sobre el abismo que existe y crece día a día entre las cosas tal como se presentaban allá y las cosas tal como se presentan a una imaginación alimentada por libros, films y mitos aproximativos. No deslizamos fatalmente hacia la simplificación y el estereotipo. El historiador tiene como tarea la de construir un puente sobre este abismo que crece a medida que nos alejamos de los hecho examinados”.
Finalmente el término, por “hartazgo”, ha caído en un uso trivial, sobre todo por quienes quieren descalificar a otro como visto hace poco tiempo en la arena política argentina. Allí apreciamos en los últimos años una serie de episodios que evidencian este uso trivial:
. La diputada Elisa Carrió, lider de una coalición opositora, comparó al ex presidente Néstor Kirchner con Adolf Hitler;
. el periodista opositor Mariano Grondona cotejó a la agrupación de jóvenes kirchneristas “La Cámpora” con las Juventudes Hitlerianas;
. el ministro de Economía Amado Boudou equiparó a dos periodistas con los “Sonderkomando” que limpiaban los hornos crematorios en los campos de exterminio nazis
. la participación malintencionada del Diario Clarín, justamente un diario cuyas coberturas del conflicto en Medio Oriente pecan de sesgo anti israelí, condenando los dichos de Boudou pero ignorando las declaraciones de Grondona.
. Es de destacar la participación en el programa televisivo de éste último del rabino Sergio Bergman, quien condenó las declaraciones del ministro pero no hizo mención a los dichos del periodista anfitrión.
. Al igual que el intelectual judío Marcos Aguinis que también concurrió a ese programa teniendo la misma actitud.
. Este último, asimismo en dicho programa, compara una escena de unos niños entregando flores a la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner con la escena de niños entregando flores a Adolf Hitler creando, de hecho, una asociación entre ambos.
Esta sucesión de hechos habla a las claras del uso político de la Shoá que hacen propios y ajenos, judíos y gentiles.
Este uso trivial, que banaliza a la Shoá como hecho histórico, tiene su fundamento en el hecho que si bien reconoce a la Shoá como un hecho histórico horroroso, no llega a tomar conciencia de lo verdaderamente acontecido, de allí su uso banal.
Más allá de quienes realizan una siniestra manipulación política del concepto; éstos, a pesar de conocer las dimensiones reales de este hecho histórico, hacen este uso banal en forma consciente con una evidente intencionalidad política y un oportunismo incalificable.
Este, aparentemente, sería el caso del rabino Bergman y el Dr. Aguinis, quienes saben que su retórica al asimilar nazismo con kirchnerismo les permite cometer una banalización del primer régimen histórico y que están comparando lo incomparable.
Si hay algo de horripilante en la banalización de la Shoá es la idea de su “normalización”, de su inclusión y aceptación como un hecho “más”, corriente y habitual, su incorporación retórica a la cotidianeidad. Su “naturalización” como sinónimo de algo malo, pero no en términos de mal absoluto, sino de “mal trivial”.
Los conceptos son representaciones sociales y remiten a ciertas cosas; si queremos entendernos debemos hablar con propiedad y desambiguar el uso “indebido” de los conceptos.
El diccionario de la Real Academia Española define el concepto nazi de la siguiente manera:
Nazi. (Del al. Nazi, y este acort. de Nationalsozialist, nacionalsocialista).
1. adj. Perteneciente o relativo al nacionalsocialismo.
2. adj. Partidario del nacionalsocialismo. U. t. c. s.
Entonces, si por nazismo entendemos, según el diccionario de la Real Academia Española:
Nazismo. (Del al. Nazismus, y este acort. de Nationalsozialismus).: 1. m. nacionalsocialismo.
Y Nacionalsocialismo el diccionario de la Real Academia Española lo define como:
Nacionalsocialismo. (Del al. Nationalsozialismus). 1. m. Movimiento político y social del Tercer Reich alemán, de carácter pangermanista, fascista y antisemita.
Resulta que nos estamos refiriendo a conceptos y no a significantes sin un significado específico; ergo, no cualquiera debería ser llamado nazi. Pero, de hecho, este concepto es uno de los lugares comunes más utilizados a la hora de descalificar (sin confrontar en debate) a un adversario, se lo demoniza, decirle nazi tiene el mismo efecto “mágico” que llamar bruja a alguna mujer durante la Edad Media.
Volviendo un poco al uso consciente de la banalización de la Shoá, este hecho asume una gravedad inusitada cuando se trata de personas como Aguinis o Bergman, particularmente el primero, quien critica, con justa razón, el uso banal, por motivos políticos, que se hace de la Shoá en el contexto del conflicto palestino-israelí (por ejemplo cuando se acusa, injustamente, a Israel de llevar adelante un genocidio contra el pueblo palestino, cuando se habla de Israel como un Estado nazi, o cuando se equipara a la valla anti terrorista de Cisjordania con el muro del gueto de Varsovia, o cuando se asimila la Franja de Gaza con el gueto de Varsovia, etc.) mientras que al mismo tiempo relata, en el programa televisivo de Mariano Grondona (el mismo periodista que avaló cuanta dictadura militar asoló este país y que comparó a los jóvenes militantes kirchneristas con las juventudes hitlerianas) que una escena de unos niños entregándole flores a Cristina Fernández de Kirchner le rememoraba una escena similar de niños entre ándole flores a Adolf Hitler, lo cual implica asimilar a ambos.
Lo de Bergman es de otro orden; se hace una crítica “selectiva”, se critica al ministro Boudou de banalizar la Shoá por acusar a dos periodistas de ser como los que limpiaban las cámaras de gas de los campos de concentración nazis (con ese exabrupto a modo de “metáfora” los acusó de hacer el “trabajo sucio” de sus patrones) en el programa de Mariano Grondona, quien comparó a jóvenes militantes kirchneristas con las juventudes hitlerianas, en el segundo caso optó por no hacer mención del tema.
Lo de Bergman tiene un nombre: oportunismo político, crítico cuando existe un uso político favorable a mi postura, silencio ante lo que me pudiera causar un perjuicio.
Independientemente de lo que se opine del gobierno de la Dra. Fernández de Kirchner no se puede pretender ser tomado seriamente cuando se coloca en el mismo plano a un Gobierno que respeta los Derechos Humanos (y esto lo hace a tal punto radical que se lo puede criticar despiadadamente en público sin temer consecuencias) con la peor dictadura sanguinaria, genocida y judeófoba del siglo XX.
Conceptos como nazismo y, en otro orden de cosas, antisemitismo, nacen para describir una realidad histórica concreta, si estos conceptos se usan en forma banal para descalificar a cualquier postura que nos incomode, entonces pierde su especificidad y termina siendo banal.
Lo que ocurre es que hay un conflicto, una lucha por darle sentido a una configuración simbólica; esto es, si se logra ligar a su enemigo con la imagen del mal radical, entonces, la postura propia, automáticamente pasa a ocupar el sitio del bien absoluto.
Lo cierto es que venga de donde venga la banalización de un genocidio sólo es funcional a los perpetradores. De allí la imperiosa necesidad de denunciarlo y combatirlo, sea este propio o ajeno. La responsabilidad es de todos
Fuente: Aurora Digital

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