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Por Beatriz W. De Rittigstein
Todos los gobiernos y sus políticas son susceptibles a críticas; pero, cuando éstas se trazan en base a mentiras, resulta obvio que más allá de plantear una opinión, se busca un objetivo malicioso.
En un reciente programa radial, el viceministro para África, Reinaldo Bolívar, dijo: "Sudán, el país más grande de África está a punto de separarse por una política de las transnacionales… Uno de los elementos que interviene es el sionismo. El sionismo ha intervenido para librar la guerra de Darfur, en el interés del río Nilo. El 90% de sus aguas pasa por Sudán. A Israel le interesa las aguas del Nilo".
El mapa nos muestra la imposibilidad de Israel, situado en Asia, de acceder a las aguas del Nilo, que nace en Burundi, en la mitad de África. Atraviesa el centro de Sudán, a miles de kilómetros de Israel y fluye hacia Egipto que, pese a tener frontera con Israel, el río está alejado por el desierto costero del mar Rojo, el propio mar Rojo y la península del Sinaí. Cabe destacar que esta última fue reintegrada en dos ocasiones a los egipcios; una, tras la Guerra de Suez en 1956; y la otra, Israel la retomó en la Guerra de los Seis Días en 1967 y la devolvió con el tratado de paz de 1979.
La guerra de Darfur estalló en 1983 cuando Jartum impuso la ley islámica y los del sur, de mayoría cristiana y animista, se rebelaron. El conflicto es complejo por la variedad de etnias en el área, cada una con sus propias demandas.
El achacar de forma artificial a Israel y al sionismo malévolas intenciones, sin asidero en la realidad geográfica, histórica o política, constituye una clara ilustración del antijudaísmo moderno, el cual disfraza ese enfermizo sentir para reconducirlo, demonizando a Israel como raíz de todo mal.

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