De memoria a historia
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Kibutz
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Por Diego Martínez
Ministro de Asuntos Exteriores Miguel Angel Moratinos: “Los prejuicios antisemitas se deben en su mayoría a la asociación incorrecta entre los judíos y el Estado de Israel”.
Para comprender mejor el desarrollo de lo absurdo hay que advertir que doctrinas, ideologías e instituciones están siempre fundadas sobre el principio triunfalista de la perfección y se resisten, por lo tanto, a cualquier análisis que no sea el suyo. Y como el absurdo engendra el absurdo al cuadrado, los defensores de ciertas “teorías” no suelen reconocer la verdadera causa del problema; lo atribuyen a orígenes a veces dispares y actúan como si esas causas que inventan y que son en sí incongruentes existieran realmente, con la confusión acrecentada.
Una de las mayores perversiones del conflicto israelí-palestino consiste en la manipulación de los medios de comunicación, que sirven como instrumento de propaganda de uno de los actores: el palestino. Sobre todo, justificando esa tergiversación en los asentamientos, producto de la propaganda y adoctrinamiento, según el cual los israelíes son siempre los culpables. Y cualquiera que conozca la historia y los hechos sabe también que Israel ha desmantelado y evacuado asentamientos en el marco de la paz con Egipto.
Es absurdo, por tanto, tratar de justificar que la construcción de asentamientos es el único obstáculo para la paz. Pero esto, por lo que se ve, no interesa a ciertos medios españoles. Son los mismos que siguen idéntico guión cuando analizan el diálogo del Gobierno de Rodríguez Zapatero con los nacionalistas “moderados”. Pero dónde está la diferencia entre “moderado” y “radical” cuando hablamos de Oriente Medio.
En realidad, hablar de un “islamista moderado” es como hablar de un “fascista moderado”: a nadie se le ocurriría dialogar con un “fascista moderado” distinguiéndolo de un “fascista radical”; salvo, claro está, que algunos políticos y el fascista sea terrorista, en cuyo caso todo es posible. Un principio de objetividad que, por desgracia y para salvar ciertos intereses, el poder mediático trata por todos los medios de no analizar. Y es que ese poder mediático, como fenómeno social, tiene unos fines que justifican los intereses -económicos y estratégicos- de Occidente en el conflicto de Oriente Medio.
Y España no es menos en este escenario mediático, donde todo olor a lo israelí es nocivo. Porque desde que los judíos perseguidos y expulsados de la antigua Sefarad, pasando por dictaduras, monarquías, repúblicas o tiempos de libertades, estamos como en la época de Fernando e Isabel, pero con nuevos inquisidores del llamado progresismo posmoderno. Muchas y variopintas son las opiniones en relación con los judíos e Israel. Pero la realidad es irrefutable: “Los prejuicios antisemitas se deben en su mayoría a la asociación incorrecta entre los judíos y el Estado de Israel”. De esta forma grotesca define el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, el resultado de una encuesta “desfavorable” a los judíos.
Volvemos a lo absurdo. Moratinos no aclara si el 34,6% de los españoles son anti judíos o son contrarios el Estado de Israel. A veces es necesario ser políticamente incorrecto, porque, en todo caso, es lo mismo.
Recordando una frase de Shlomo Ibn Gvirol: “No podía frenar su cólera ni superar la injuria que se le hacía”; el pueblo judío tiene toda la razón en la defensa de su Estado legítimo.
España, que en los últimos años se ha convertido en uno de los principales donantes de los territorios palestinos, ha decidido elevar el nivel de representación de la Autoridad Palestina en Madrid, que pasa a ser misión diplomática. Se trata, según el Gobierno, de “un gesto” para buscar un “impulso decidido y claro a la aspiración” de la creación de un Estado palestino como había adelantado Moratinos cuando España ejerció la presidencia de turno de la Unión Europea. Pero en ningún momento se habla de Hamás, que gobierna de facto.
En medio de este conflicto hay temas importantes que se callan. Uno de ellos es el hecho de que en ningún país árabe los palestinos tienen acceso a la nacionalidad.
De hecho, aunque cueste creerlo, sólo se consideran nacionales en Israel, donde no sólo tienen todas las libertades para vivir, trabajar y moverse, sino que disfrutan de iguales derechos políticos, con sus partidos de representación parlamentaria. Mucho más que la mayoría de sus congéneres en países vecinos.
Por el contrario, los palestinos están obligados a vivir como refugiados en sus países de acogida y no pueden pasar de eso. Incluso en España. Quizá porque son una pieza más al servicio de los intereses occidentales.
Otro tema poco analizado es que el conflicto israelí-palestino es utilizado con un objetivo: la aspiración hegemónica del Irán islámico, y todo por el sectarismo religioso. Una fractura, la de Oriente Medio, que comenzó mucho antes de 1948, año de la creación del Estado de Israel. Además, para los ayatolas (de aquella época y de ahora) Jerusalén no ha sido nunca una ciudad sagrada, y Palestina ha sido siempre una tierra marginal y eso que Hamás y Hizbollah ya han provocado una guerra por cuenta de Irán.
Pero esto, que fue a más, no interesa llevarlo a los medios ni denunciarlo. Tras la revolución jomeinista, Teherán ha asumido como propia la causa anti israelí precisamente por el enorme impacto que tiene en el mundo árabe, y por la oportunidad que les proporciona de conseguir aliados, casos como el de Hugo Chávez, “defensor” de las nuevas libertades del siglo XXI. Y ahora, lo que eleva la tensión es que Irán -al margen del armamento nuclear- cuenta con un “aliado” más en la zona, Turquía, país que además de volverle la espalda al diálogo con Israel, entró en clara confrontación con el Estado israelí con la supuesta flotilla humanitaria para Gaza.
Además de cuestiones históricas, el caso es que en España confluyen izquierdas y parte de la derecha en su rechazo al pueblo judío y al Estado de Israel. Cada cual con sus razones.
Quizás la principal de ellas es el posicionamiento de los Estados Unidos a favor de Israel, por anti americanismo de la izquierda y de la derecha más ortodoxa. Por eso, cuando no comprendemos una cosa, como es el posicionamiento de España en el conflicto israelí-palestino, es preciso declararla absurda o superior a nuestra inteligencia y, generalmente, se adopta la primera determinación. Claro que para lo otro ya hay voceros absurdos que nunca cambiarán.
(*) Diego Martínez es periodista español
Fuente: Aurora Digital

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