El violinista de nuestra kehilá
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Por Rebeca Perli
Rita Levi no es familiar de Primo Levi, al que me referí en mi artículo anterior, pero ambos tienen en común la nacionalidad italiana, la religión judía y haber vivido en el régimen fascista. Se diferencian en que, manteniéndose en la clandestinidad, Rita logró evadir la deportación a campos de concentración.
Se recibió en Medicina en 1936 pero, impedida de trabajar por ser judía, montó un laboratorio genético en su dormitorio. Sus investigaciones en la Universidad de Washington condujeron al descubrimiento de la molécula proteica Factor de Crecimiento Nervioso (FCN) determinante en las enfermedades neurodegenerativas y en la multiplicación de las células, lo que le valió, en 1986, el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, compartido con su colaborador, Stanley Cohen.
Es embajadora de Buena Voluntad de la FAO, senadora vitalicia y, entre los muchos honores recibidos ostenta los de ser miembro de la Academia Pontificia, la Academia Real de Medicina Belga y la Academia de Ciencias Francesa.
El pasado 22 de abril Rita Levi cumplió 102 años de edad. De porte señorial, sigue activa tanto profesionalmente como en su dedicación a obras benéficas. Defensora acérrima de los derechos humanos y de la igualdad de la mujer, maneja la Fundación Rita Levi-Montalcini que se ocupa de niñas y mujeres africanas a las que ya se han otorgado miles de becas. Con la autoridad que le dan sus investigaciones, y su propia lucidez, explica que el cerebro puede seguir funcionando a una edad avanzada, por lo que exhorta a mantenerlo "activo e ilusionado". Recalca la importancia de la educación y de inculcar valores morales a los niños desde su más tierna edad, convencida de que esto es determinante en el logro de un mundo mejor.

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