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Por Aquiba Benarroch
Últimamente recibí por internet los boletines de la comunidad judía de Chile. Entre los numerosos e interesantes artículos que publica, me sorprendieron algunos de ellos que tratan sobre el laicismo judío. Los autores defienden la existencia de un laicismo judío, e incluso preconizan la posibilidad de que se formen rabinos laicos.
Los argumentos que citan son la pluralidad del Judaísmo, los hechos evidentes de que solo una minoría de los judíos en el mundo son practicantes, y que existen muchas maneras de ser judío. Y una de ellas es el Judaísmo laico, en el que la lealtad al Judaísmo se expresa como una emoción, como un reconocimiento de la historia judía, y como una solidaridad con los sufrimientos de los judíos a través de los tiempos. Y ahora, con la existencia del Estado de Israel, esta es la base más importante que justifica que seamos y nos mantengamos siendo judíos.
El Corán, libro sagrado de los musulmanes, llama a los judíos las gentes del Libro (ahl al kitab). Y esto es cierto, aunque en el sentido que lo dice da lugar a otras interpretaciones. Después de los fracasos de la destrucción del primero y el segundo Templo, y la pérdida de la soberanía territorial y política, el Libro, que no es otro que la Biblia, y más precisamente el Pentateuco, ha constituido el fundamento que nos ha permitido sobrevivir en el exilio. El Pentateuco no es un libro de historia, a pesar de que en él se relatan los sucesos fundamentales de la historia judía, como la creación del mundo, la salida de Egipto y la recepción de la ley en el Sinaí. Pero el Pentateuco se caracteriza por ser un código de vida y de conducta.
Simplificando para no ser demasiado extenso, habría dos tipos de leyes en la Torá: las leyes sociales, morales, económicas y todas las formas que garantizan la posibilidad de vivir en una sociedad justa; y las leyes del culto, que prescriben las obligaciones religiosas, si podemos denominarlas así, aunque esta denominación religiosa no es muy exacta y no comparable con otras.
Pero el Pentateuco mantiene una unidad, o una unicidad en estos dos aspectos de la vida y en ningún momento los separa. Cuando dice “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, que es un precepto moral y social, añade, “Yo soy tu Dios”. Es Hashem el que lo dice. Y el laicismo pretende olvidar algo tan fundamental como la unidad de la Torá.
Es importante decir que el laicismo fue un movimiento político, social y económico que surgió en Europa como una respuesta al absoluto dominio de la sociedad que practicaba la Cristiandad. Y fue y es un movimiento que pretende hacer de la religión algo estrictamente particular e íntimo y totalmente separado de todas las actividades habituales del hombre. Esta concepción no es aplicable al Judaísmo.
El hombre no puede subsistir si no tiene creencias. Incluso ser ateo ya es una creencia. El Judaísmo está basado singularmente en la Torá en su totalidad, en su globalidad, y cada letra, cada palabra, cada capítulo y cada libro nos muestra el sentido profundo que hay que darle a una vida judía. El hecho de que existan muchos judíos que no son practicantes, que no quieren ser observantes de las leyes judaicas, no le quita valor ni perennidad a estas creencias. El judío que no quiere observar las mitzvot es algo que le concierne a ese individuo y nada más que a él. Diríamos que la relación de cada persona con Dios es un hecho singular, particular e íntimo. El Judaís­mo defiende de una manera intransigente y extraordinaria la libertad del hombre para elegir y para actuar. Quizá esta sea la base de la democracia. Y no parece que sea correcto, como al parecer pretenden los supuestos laicos, tomar del Pentateuco la parte moral y social y despreciar el resto, porque no interesa razonablemente hablando: la misma definición del laicismo es esta. No estar dominado por ninguna presión de índole religiosa. Y si esto fue aplicable en otros tiempos en que las religiones se adueñaron del poder temporal, con los abusos consiguientes, el Judaísmo no constituye una forma de presión social, a excepción de los fanáticos que en realidad están muy alejados de los principios esenciales del Judaísmo.
En conclusión, la tesis de la existencia de un Judaísmo laico no solo es una equivocación: es una tergiversación grave de la esencia del Judaísmo. Una cosa es la opinión que podamos tener sobre la forma en que actúan algunos dirigentes espirituales y políticos del Judaísmo, y otra cosa muy distinta es la esencia, los principios fundamentales y básicos del Judaísmo. Que fueron definidos hace muchos siglos, aunque siempre ha persistido que la forma de comprenderlos e interpretarlos pueden cambiar en el trascurso de la vida de los judíos como seres humanos. Porque la vida es un cambio permanente de circunstancias que nos obliga a reinterpretar dentro de los límites que la misma Torá, y los miles de exegetas y comentaristas, nos señalan.

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