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Por Rebeca Perli
Durante la II Guerra Mundial hubo familias judías que, ante su inminente  deportación, y con el objeto de salvarlos del genocidio nazi, entregaban a sus hijos a orfanatos o conventos dispuestos a recibirlos. Algunos, más afortunados que Ana Frank, sobrevivieron escondiéndose en buhardillas, cloacas, o graneros, evitando así engrosar el millón y medio de niños que alimentaron las cámaras de gas y los hornos crematorios del Tercer Reich. Otros fueron alojados por familias cristianas piadosas pero, al terminar la guerra, debieron enfrentar la tragedia de su orfandad, en caso de que sus progenitores hubieran perecido en el Holocausto, o el trauma de tener que abandonar a la que consideraban su familia. Ocasionalmente fueron objeto de litigio cuando los padres biológicos y los adoptivos se los disputaban.  Muchos de ellos, hoy ya ancianos, ni siquiera conocen su verdadero origen.
Con el fin de ubicar a estas personas, la Liga Contra la Difamación (Anti Defamation League) creó la Fundación del Niño Escondido (Hidden Child Foundation), que aspira reunir a todas aquellas personas que pasaron por ese trance y registrar su, a menudo, espeluznante historia.
El Cardenal Jean Marie Lustiger,  ex Arzobispo de París recientemente fallecido, fue uno de aquellos niños. Hijo de padres deportados (su madre falleció en Auschwitz), y nieto de un rabino, fue amparado por una familia católica acogiéndose a esta religión y abrazando el sacerdocio. Muy cercano al Papa Juan Pablo II y aún habiendo alcanzado los más altos honores de la Iglesia, estuvo siempre conciente de sus raíces judías. Se le recuerda como paladín de los Derechos Humanos y por su compromiso con el acercamiento de sus dos religiones que no son sino distintos idiomas de dirigirse a un mismo Dios.

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