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Por Beatriz W. De Rittigstein
"Extendemos nuestra mano a los Estados vecinos y a sus pueblos en una oferta de paz y buena vecindad, y los exhortamos a establecer vínculos de cooperación y ayuda mutua con el pueblo judío soberano asentado en su tierra". Este es uno de los párrafos de la Declaración de Independencia del Estado de Israel, leída por David Ben Gurión, el 14 de mayo de 1948. Han transcurrido 63 años, en los cuales el mundo árabe no le dio tregua al único Estado judío. Enfrentándose en guerras que pretendían su hecatombe; innumerables ataques terroristas dentro de Israel y en todos los confines.
Hamas, pandilla terrorista que domina Gaza, no se plantea cambiar su carta fundacional que exige la destrucción de Israel, para construir una teocracia sobre sus escombros. No muy distinto es Fatah, que gobierna la ANP desde Cisjordania; la diferencia es de estilo.
La ANP pidió el reconocimiento en la ONU, pero no está dispuesta a reconocer al Estado judío. ¿Por qué los palestinos no quieren reconocer el carácter judío de Israel? ¿Será porque después seguirán más reclamos territoriales? ¿La implantación de generaciones de refugiados en territorio israelí?
Hamas y Fatah demostraron su incapacidad de llegar a un acuerdo, de un pacto institucional que les permita construir un Estado. Los dirigentes árabes en general y palestinos en particular han perdido oportunidades de hacer la paz, de una convivencia armoniosa entre ellos mismos y con Israel, y generar una región de prosperidad. Israel, en los acuerdos de Oslo, como corolario, reconoció un Estado palestino. Si, con sinceridad y seriedad, las autoridades palestinas se interesaran por las imperiosas necesidades de su pueblo, la vía a transformarse en un Estado soberano sería expedita.

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