Permitirse sentir para entender lo que sucedió

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Por Moisés Ackerman
¿Qué fue el Holocausto? Lo hemos conocido a través de libros, televisión, películas. En clases de Hebreo e Historia a veces lo mencionan. Cada año tenemos esta misma ceremonia. Cada año oímos los mismos datos que ya nos son familiares: seis millones de judíos, millón y medio de niños, dos tercios de la judeidad europea. Los mismos nombres: Auschwitz, Núremberg, Schutzstaffel. Se nos recuerdan, también periódicamente, los hechos que lo precedieron. Pero no entendemos. No se puede entender el Holocausto. Podemos acercarnos a algunos detalles, podemos hablar con supervivientes. Podemos, incluso, visitar los lugares donde se desarrolló. Pero no entendemos.
No entendemos, porque todos los días tenemos educación, una cama suave y tres comidas. Tenemos. Tenemos lo que deseamos, lo que queremos, lo que necesitamos, y lo que no también. No entendemos porque vemos un número, en lugar de ver a la niña con las hermosas trenzas que le había hecho su madre porque iban a un lugar especial, la brutal separación de dos amantes que solo se habían conocido en secreto, o los ojos vidriosos del padre cuya mano se extendía hacia el tren donde estaba el hijo que nunca lo había visto llorar.
Tomamos el tiempo como un falso remedio para la supuesta enfermedad que es la empatía. Somos débiles, y el Holocausto refleja nuestra frágil naturaleza, desnudándola ante el terror más básico de abandonar el cuerpo.
En Polonia aquella utópica vacuna de nuestras fantasías se disipó ante la súbita llegada de la realidad que siempre estuvo ahí. Pero aún no entendíamos, y seguiremos sin entender. El frío verano con confortables abrigos que vivimos no fue nada comparado con el gélido invierno desnudo de nuestros antepasados. Nos hemos permitido saber, mas no sentir, y es por eso que no entendemos.
Conocemos dónde estaban los muros del gueto de Varsovia, y sabemos quiénes encabezaron su levantamiento, pero nos cuesta imaginarnos en su lugar, viviendo tras esas mismas paredes, y más aún se nos dificulta sentir el valor que tuvieron para rebelarse ante sus opresores.
Recordamos que los judíos Tiktin fueron obligados a marchar, cantando el “Hatikvá”, camino a sus muertes, en el silente bosque de Lupujova, pero ni por un instante hemos intentado pensar qué sentiríamos al caminar como uno de ellos, acompañados por nuestras familias, amigos y conocidos hacia la última tumba de nuestra kehilá.
“Nunca olvidar” son palabras huecas si no tratamos cada día de valorar qué tenemos y qué no tuvimos. Sí es cierto que está prohibido olvidar, pero incluso más prohibido está no sentir lo que fue la mayor tragedia de nuestro pueblo como tuya.

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