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Por Rich Cohen
En la mayoría de las mentes, el Estado de Israel está hermanado con el Holocausto, el primero elevándose del segundo como el pájaro del desierto se eleva lejos de las ruinas ardientes. El Holocausto determina cómo el mundo observa el conflicto y al estado judío en sí: como un accidente de la historia o un reducto temporal, una protección contra futuros desastres.
Pero como muchas otras nociones populares, ésta es errónea. De hecho, reduce una antigua y variada historia, que puede ser leída de tantas formas como un buen libro puede llegar a serlo, a un solo argumento: el Holocausto y sus consecuencias, y en el que los judíos son compensados por su sufrimiento con tierra árabe. Así pues, la nación judía se convierte en una recompensa justificada por un acontecimiento, el cual sus enemigos niegan cada vez más.
No es que esta denegación sea otra cosa que maldad y locura, pero ¿por qué los israelíes dejan que su legitimidad esté ligada a la memoria de las personas que les odian? Eso es lo que siempre he detestado de la frase “No olvides”, pues la gente olvida, y a veces intencionadamente. Entonces, ¿qué ocurrirá cuando un acontecimiento se convierte en historia y el último superviviente muere? Ahmadinejad cuestiona el Holocausto porque sabe que si cambia el pasado, altera el futuro.
Quienes tanto se preocupan por Israel debe volver a enmarcar la historia y volver a recordar y revivir una narrativa conocida por Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno, pero que fue arrasada con la gran inundación de las guerras europeas. El sionismo, que simplemente es el deseo de los judíos de construir una nueva nación en Tierra Santa, es más antiguo que Inglaterra, Francia o Mahoma (¿quién cuestiona hoy la legitimidad de Francia?). Herzl no ha significado una ruptura en la historia, ni tan siquiera como campeón de unas nuevas ideas, sino el último de una larga lista de líderes que, en cada generación, pidieron a los judíos que se pusieran de pie y se reconstruyeran.
Desde esta perspectiva, Israel puede verse como lo que es, no como una mera consecuencia del Holocausto – como algo encadenado -, sino como la culminación de una historia que comenzó una generación después de que Jesús predicara en la montaña.
¿Por qué el mundo ha tenido que esperar tanto tiempo al sionismo político? ¿Por qué, después de una de las muchas matanzas, de las conversiones forzadas o de los pogromos, los judíos no han podido levantarse y regresar? Bueno, el hecho es que a pesar de todos los obstáculos, trataron de regresar. Nunca dejaron de intentarlo. Y tanto como cualquier otra cosa, eso es lo que les preservó como pueblo. (En “Decline and Fall”, Gibbon menciona una característica que les define: "el deseo de reconstruir el Templo, en todas las épocas, ha sido la pasión dominante de los hijos de Israel").
En otras palabras, la historia del sionismo no ha sido ni una aberración ni una tangente, es una secuencia ininterrumpida que comienza en las ruinas del Templo y que llega sin interrupción hasta nuestros días, con un Binyamin Netanyahu agitando el puño en la Knesset. El Holocausto ha puesto de manifiesto la necesidad de una nación, y ha incrementado su urgencia, pero en el fondo de esa tragedia permanece constantemente una vieja historia, que nunca podrá ser borrada o negada, ya que está en el ADN de la gente.
Comprender la conexión entre los judíos y su tierra es la clave para resolver el conflicto moderno. Sólo cuando el mundo musulmán acepte el pasado judío se reconocerá la inutilidad del Plan A (la destrucción de Israel) y la necesidad del Plan B (dos estados). Los israelíes no son cruzados y el Estado de Israel no se irá a ninguna otra parte.
En cuanto a los judíos, el conocimiento del pasado les ayudará a creer en la perennidad de su nación. En una cierta medida, la política israelí y sus excesos nacen de un temor que refleja una esperanza árabe: que el Estado judío no tenga raíces, por lo cual no tendrá futuro. Por ello, cada guerra siempre se asemeja a la última guerra, y se siente como una amenaza existencial. Los israelíes, a cierto nivel, no tienen demasiada fe en su propia supervivencia.
En cambio, ninguno de ellos minimiza las amenazas muy reales que enfrenta la nación. Pero si Israel es capaz de liberarse del pasado reciente y se une a ese pasado lejano, los judíos serán capaces de mirar a través de sus fronteras con una mayor confianza en su futuro y aceptarán los riesgos que deberán asumir para lograr la paz.

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