Enfrentando al mañana
18/06/2013
Imagen no disponible
La homosexualidad según el Judaísmo
24/06/2013

Por Guido Maisuls
"Serás lo que debas ser, si no no serás nada", José de San Martín.
Hace mas de veinte siglos y en la Tierra de Israel, nuestro pueblo judío habitaba pacíficamente en los territorios de la Galilea, en las alturas del Golán, en el oasis de Beer Sheva, en lo que es hoy la Franja de Gaza, en la Samaria y fundamentalmente en la Judea y sus antiguas ciudades de Jerusalem, Shjem, Jericho, Hebron, y Bethlejem.
Desde mucho antes de ese entonces eramos el pueblo aborigen de estas tierras de Israel. Eramos y somos los que muchos denominaron como los judíos, hebreos, israelitas, israelíes o como mas les plazca llamarnos. Para mayor precisión el término Judío en castellano o Yehudi (?????) en hebreo, se refiere actualmente a nosotros, a los descendientes de aquellos aborígenes que poblaban desde hace 3.500 años esta legendaria región.
Fueron épocas de mucho desorden y perturbación, tiempos en que nuestros antepasados judíos, que de por si era gente muy libre y rebelde cuando se les quería imponer yugos externos, se sublevaban valientemente contra las sucesivas dominaciones de los imperios de turno: Babilonia, Asiria, Persia, Grecia y Roma.
Esta dramática historia concluye trágicamente con la destrucción de la ciudad de Jerusalem y su sagrado Templo, el genocidio de entre 500.000 y 1.000.000 de nuestros hermanos judíos, gran parte de la población fue esclavizada y exiliada y la religión judía prohibida.
Le cambiaron el nombre a Jesusalén que pasó a llamarse Aelia Capitolina y a la Judea se la denomino Siria Palestina. Nos prohibieron a los judíos vivir en Aelia Capitolina e hicieron todo lo posible para evitarnos completamente la práctica de nuestra religión. Con las expulsiones y persecuciones masivas los judíos terminamos exiliados en todos los confines del Medio Oriente, de Europa y de África.
Nuestro pueblo judío sufrió a través de la historia grandes y dolorosos exilios, expulsiones, genocidios, persecuciones y discriminaciones, injustas acusaciones, conversiones forzadas y asimilaciones obligadas y nuestra gente resistió como pudo: luchando de frente, huyendo, escondiéndose, adaptándose, mimetizándose con el medio, nadando contra la corriente y a veces a favor de ella, el objetivo fue siempre sobrevivir como persona y como judío, aferrándose a uno de nuestros mas sagrados principios: nuestro amor a la vida.
Esto trajo como consecuencia que hoy, alrededor del mundo, aparezcamos con diferentes apariencias, con diversos idiomas, con distintos colores de piel, con costumbres multifacéticas, incluso con aspectos muy difícil de identificarnos como tales, por esto hoy el judaísmo es multiétnico y pluralista pero compartiendo un origen y un gran destino en común.
En los últimos mas de sesenta años hemos sido merecedores del comienzo de nuestro retorno a nuestro hogar ancestral, la tierra de Israel. Desde los albores de la civilización hemos sido como un impetuoso y arrollador río caudaloso que arrancando desde las primeras vertientes de agua pura y cristalina en nuestra formación como nación ha recorrido grandes distancias históricas.
Ese profundo río, se ha detenido en numerosas embalses y represas y luego ha continuado su persistente marcha hacia nuestro gran destino final, restablecernos y realizarnos definitivamente como pueblo en nuestro hogar nacional y así convivir armónicamente en el seno de las naciones del mundo, aportando de lo nuestro lo más valioso que tenemos y poniéndolo al servicio de toda la humanidad.
Somos los descendientes de las tribus perdidas, los Anusim, los hijos de los judíos perdidos en todas las asimilaciones forzadas, persecuciones y genocidios a los que nos vimos expuestos, los gentiles que quieren subirse al tren y que desean sinceramente ser judíos y por supuesto nosotros, los judíos oficiales y con papeles.
Todos nosotros tenemos el derecho y el deber de poder ser herederos de la tierra de Israel y de continuar viajando hasta el final de la historia, hacia la desembocadura de nuestro caudaloso río en el ancho y profundo Océano del Futuro.
Nosotros los aborígenes judíos, no arribamos aquí de ningún planeta lejano, no le robamos la tierra a ningún hipotético pueblo palestino, no somos el invento de algunas mentes trasnochadas, no cometemos genocidios, no discriminamos a las personas por ser diferentes, ni practicamos el apartheid y la xenofobia con nadie. Simplemente hemos retornado luego de 2000 años al mismo territorio de nuestros antecesores.
Creemos en los mismos valores de nuestros antepasados desde hace miles de años.
Recibimos las mismas enseñanzas de Paz y de Justicia de nuestros profetas de todas las épocas.
Nos comunicamos con el mismo lenguaje hebreo que hablaban nuestros patriarcas y nuestras matriarcas.
Nuestro mismo corazón sigue latiendo entre los antiguos muros y las estrechas callejuelas de nuestra amada ciudad de Jerusalem.
Nos seguimos llamando con los mismos nombres de entonces: los hebreos, los judíos, el Pueblo de Israel.
Nosotros los judíos seguimos siendo los mismos aborígenes de antes, de ahora, de siempre y para siempre en nuestra amada, eterna y aborigen Tierra de Israel.
"Si me olvidare de ti, oh Jerusalem, mi diestra sea olvidada. Mi lengua se pegue a mi paladar, si no ensalzare a Jerusalem como preferente asunto de mi alegría", Tehilim / Salmos 137: 5 y 6.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.