Biniamin Theodor Herzl: el padre del Sionismo

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Biniamin Theodor Herzl (1860-1904). Al indagar en el laberinto de la vida judía, lo primero que saltó a la vista de Herzl y lo sorprendió, fue que en los diversos países europeos en que vivían los judíos en masas compactas, en terribles condiciones de estrechez y pobreza, eran malmirados, resultaban molestos, y a pesar de todo ello, nadie quería dejarlos ir.
¿Como se podía odiar a los judíos, golpearlos, perseguirlos y organizar pogroms en su contra, y al mismo tiempo retenerlos bajo siete llaves e impedirles la salida?
A Herzl, esta insólita situación no le daba tregua. ¿Cuál podía ser la solución? Decidió entonces escribirle una carta a Bismarck, el “Canciller de Hierro” alemán, pidiéndole audiencia a fin de tratar un doloroso problema: la cuestión judía.
En esa carta, datada el 19 de junio de 1895, decía Herzl: “Creo haber hallado la solución al problema judío, no ‘una solución’, sino ‘la solución’, la única”.
La respuesta nunca llegó. No obstante, la fecha del 15 de julio de 1895, 3 años antes de la muerte del Canciller, cobraría importancia histórica, 2 años más tarde, ya que marcaría el inicio de los preparativos para el Primer Congreso Sionista en Basilea.
Basilea 1897
El Primer Congreso Sionista reunido en Basilea en 1897, había llevado a la arena mundial, figuras y personalidades tan prodigiosas como el visionario del Estado Judío, Dr. Theodor Herzl, judío húngaro asimilado, caballero elegante que, de sombrero de copa y bastón, recorría las calles de Budapest y de Viena soñando, con un Estado para su pueblo, sin siquiera conocer la vida judía ni a las masas de ese pueblo.
Tan impecables como él por las calles de Viena, quiso que se presentaran los delegados al Primer Congreso Sionista en Basilea: de frac y sombrero alto, es decir: que el Congreso exhibiera, desde sus inicios, la imagen de un Estado en marcha.
Herzl sostenía que el antisemitismo no era un fenómeno pasajero, que la diáspora no debía ser constante y eterna, al menos para la mayor parte del pueblo judío, y que sin un verdadero Estado Judío el problema no tendría solución.
EL proceso Dreyfus (1894) – “El Estado Judío” (1895)
Como sabemos, Herzl llegó al Sionismo a raíz del proceso Dreyfus, esto es, a través del padecimiento originado por la situación anormal de un pueblo extraño y minoritario entre otros dominantes. Anteriormente, el judío húngaro asimilado, alejado del judaísmo, no había querido saber nada de sus problemas. Hasta que, siendo corresponsal en París del periódico vienés “Neue Freie Presse” (La nueva y libre prensa), le tocó asistir a la infamante ceremonia de degradación del capitán judío, ante los gritos destemplados de la muchedumbre:
“¡Muerte a los judíos! ¡Muerte a los judíos!”
Conmocionado, se sentó a escribir, en 1895, su libro “El Estado Judío”, en el que propugnaba la creación de un Estado propio e independiente, como única salida al problema del antisemitismo: una solución tan conveniente para los judíos como para el resto del mundo.
Más sobre el Primer Congreso Sionista
La sesión de apertura, que tuvo lugar el 29 de agosto de 1897, antes del mediodía, provocó en todos los asistentes un entusiasmo indescriptible, una imborrable impresión. Esa sesión devino en una gran manifestación histórica, cuya resonancia sería decisiva para el renacimiento nacional judío. La majestuosa figura de Herzl cautivó al auditorio. Muchos delegados se pusieron de pie y exclamaron extasiados: “¡Iejí Hamélej! Iejí Hamélej” (¡Que viva el Rey!).
Pálido y conmovido por la patética escena, con voz baja y contenida, inició el Dr. Herzl su discurso programático, y ya en sus primeras palabras supo transmitir la esencia, el principal objetivo del congreso:
– “Nos encontramos aquí para colocar la piedra basal del edificio que será el Hogar del Pueblo Judio. Im Tirtzú Ein Zo Agadá (Si lo queréis, no será una leyenda).”
Y en su Diario personal escribió esta frase profética: “En Basilea he fundado el Estado Judío.Dentro de 50 años cualquiera podrá verlo con sus propios ojos”.
Su predicción se cumplió claramente: Cincuenta años después nacía el Estado de Israel.
Resulta en extremo interesante lo que sigue anotando Herzl en su Diario: “El sábado anterior al congreso concurrí a la sinagoga. El presidente de la comunidad de Basilea me convocó a la lectura de la Torá. Previamente, un amigo me había ayudado a aprender la bendición. Mientras ascendía al estrado me sentí más confundido que en todos los días del Congreso. Las pocas palabras hebreas de la bendición me intimidaban más, que mi primera disertación y que la tarea de dirigir los debates”.
Estos rasgos marcan una característica de su complicada personalidad, la del fundador de la Organización Sionista Mundial, creador de ideologías y de proyectos que llegarían a constituirse en contenido y esencia del sionismo político, durante el medio siglo que precedió al resurgimiento y liberación del Estado Judío; y aún hoy, siguen siendo significativos.
Tel – Aviv 1948
Y fue así como la profecía de Ezequiel empezó a tomar forma en el histórico atardecer del viernes 14 de Mayo de 1948, cinco del mes de Iiar, cuando el pensamiento de todos los judíos, en Israel y en el mundo, se volvió al oscurecido edificio del Museo Municipal de Tel-Aviv, donde se hallaba reunido el Primer Consejo del Pueblo del país judío.
Toda la atención se centraba en las palabras que de allí provendrían, abriéndose camino como haces de luz, a través de las nubes. Ante la mesa rodeada por los representantes del pueblo, David Ben Gurión se levantó de su asiento, dio un golpe de martillo y exclamó con voz firme: “Am Israel Jai beIsrael”. (El pueblo de Israel vive y vivirá en Israel).
En una de las paredes de la sala envuelta en opacado resplandor, el Dr. Herzl, desde su retrato, parecía mirar a los asistentes, iluminado y seguro de sí, como repitiendo las palabras de su libro inmortal “El Estado Judío”, donde se lee:
“Creo que ha terminado para mí la vida terrena y que ha dado comienzo la historia universal, la historia del pueblo judío”.
La visión de Herzl en ese libro, condujo 5 décadas más tarde a la concreción de sus ideales, la gran respuesta para el pueblo disperso. El Estado judío fue un hecho, el febril ensueño de Herzl se hizo realidad; la fantasía se revistió de carne y de sangre y cobró vida.
Al sueño largamente acariciado, el suyo y el nuestro, se agrega hoy otro ferviente anhelo que aguarda su concreción: que la paz tan ansiada, reine en las fronteras del Estado de Israel.

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