Herzl, el hombre del sombrero de copa

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Por Pilar Rahola
Su estampa, paseando con sombrero de copa y bastón, por las calles de Budapest y de Viena, debía ser de una gran elegancia. Las imágenes que tenemos de él, nos retrotraen a las épocas de las barbas densas y cuidadas, el cuello almidonado de la camisa, el porte altivo, la mirada intensa. Me imagino una voz honda y un agudo sentido del humor. Quizás ese humor judío, tan punzante. Debió ser un hombre de gran categoría. Y no me refiero solo al carisma del líder, o a la mente visionaria del estadista, sino más a ras de tierra, me refiero al hombre. He leído suficientes biografías de grandes nombres propios, como para saber que no siempre el hombre alcanza la categoría moral de su propio mito.
¡Cuántos personajes siniestros debajo de la piel de la fama! ¡Cuánta miseria cohabitando con la rutilancia de un papel en la historia! Pero Teodor Herzl dejó pistas muy precisas de sus valores morales, y, más allá de las palabras que marcaron el futuro de su propio pueblo, sus actos hablan de él, y hablan con grandeza. Podría haber pasado por la vida sin complicársela, rico, judío pero asimilado, bien relacionado, ajeno a las vicisitudes y las tragedias que vivía su propio pueblo. Pero no todos los hombres pasean por la realidad con el espejo de Stendhal, como si la observaran sin vocación de cambiarla.
El espejo de Herzl, situado ante la imagen vergonzosa de esa muchedumbre enloquecida que gritaba "¡Muerte a los judíos!", mientras contemplaba la ceremonia de degradación del capitán Alfred Dreyfus, ese espejo se rompió en añicos, y Teodor Herzl pasó, de ser el despreocupado corresponsal en París del liberal "Neue Freie Presse" vienés y autor de comedias en el Wallner Theater de Berlín, a ser el estadista que escribiría, en 1895, el "Der Judenstaat". "Había cesado la vida y se había iniciado el cosmos", relató él mismo, mientras contemplaba los saqueos de tiendas a judíos, la destrucción de las aulas de la Universidad de Rennes, desde donde se había pedido una revisión de la condena, el intento de asesinato de Fernand Labori, el abogado defensor de Dreyfus, las violentas arengas de "La libre Parole", incitando al odio antisemita, incluso la militante actitud judeofoba de un hombre que él admiraba como Paul Valery ¡Y todo ello en Francia, la patria de las libertades!… Herlz había vivido algunos episodios antijudíos en su juventud, pero el espejo roto del affaire Dreyfus le reflejaba algo mucho más profundo: una cultura del odio densa, implacable, ancestral y, por lo que parecía, irresoluble. Y lo llevaba a una conclusión clave: la asimilación no era, ni sería nunca, la solución.
Y, en 1895 escribió algo más de cien páginas que nacieron con vocación de hacer historia: "Der Judenstaat", publicado en Viena y en Leipzig en el 96, y traducido inmediatamente al inglés, francés y ruso. Pocos meses habían pasado desde el ignominioso proceso contra Dreyfus, que llevaron al único capitán judío del ejército francés a una prisión perpetua en la "Isla del Diablo". Pero, para el pueblo judío, esos meses fueron la clave de un cambio radical de ciclo: el pueblo que había sido perseguido secularmente, aunque nunca totalmente dominado, volvía a ponerse en pie.
Algunos estudiosos comparan el impacto del libro de Herzl, con obras de teoría política tan fundamentales como el "Contrato Social" de Rousseau. El hecho es que, para los miles de judíos pobres y perseguidos de la Europa oriental, y para los miles de la otra Europa, la que no les enviaba cosacos con látigos, ni perpetraba progroms, pero gritaba "Muerte a los judíos" en las calles de Francia, o encumbraba como alcalde de Viena, a personajes de la catadura judeofoba de Kart Lueger, bien arropado por todo tipo de agresiones antisemitas, para todos ellos, el libro "El estado judío" significó un auténtico renacer.
Así pues, sin haberlo buscado premeditadamente, sin tener ningún halo profético, sin ser un judío militante y comprometido, Teodor Herzl se convertía en un Abraham de la modernidad. O quizás, tocado por la urgencia histórica, sería a la vez Abraham y Josué, guía en la lenta travesía del desierto, pero también el visionario que vislumbraba las murallas de Jericó y decidía derrumbarlas.
No en vano, en ese 29 de agosto de 1897, reunidos, en el Casino Municipal de Basilea, ciento noventa y siete delegados de dieciséis países, pobres en su mayoría pero rigurosamente vestidos de frac y sombrero alto, Teodor Herzl fue recibido con la mítica expresión del pueblo judío libre: "Tejí Hamélej!". ¡Qué viva el Rey! Las masas pobres y perseguidas de judíos del mundo le daban, así, el amparo y el apoyo que no le habían dado ni los grandes rabinos ni las grandes fortunas (barón de Rothschild incluido), ni la plutocracia judía de la época. No en vano es importante recordar que el primer Congreso sionista tenía que realizarse en Munich, y fueron los Protestrabbiner, los rabinos alemanes, los que consiguieron que el gobierno bávaro no autorizase su celebración. Temían que cualquier proceso sionista relevante alimentara aún más a la bestia antisemita.
"Tejí Hamélej", rey fue, un rey sin trono pero con toda la fuerza moral de los grandes patriarcas, capaz de escribir un futuro de esperanza allí donde la mayoría solo veían la negritud del presente. "En Basilea he fundado el Estado Judío. Dentro de 50 años cualquiera podrá verlo con sus propios ojos", escribía en su diario personal. Cincuenta años después, y con la pesada carga de la tragedia de la Shoá a las espaldas, los restos del naufragio judío se reunían alrededor del Museo Municipal de Tel-Aviv. "Am Israel jai be-Israel", pronunció con voz atronadora Ben Gurión, y la profecía de Herzl se cumplió con increíble precisión: el pueblo de Israel vivía ya y vivirá para siempre, en Israel. Ondeando en todas las esquinas de la patria recuperada, la bandera que Daniel Wolffsohn había elegido para el nuevo estado libre. Esos chales de oración, antaño símbolo de la vida judía escondida y perseguida, y a partir de un 14 de mayo de 1948, convertida en la imagen orgullosa y pública de un país libre.
La conversación entre Sir Arthur James Balfour, líder del Partido Conservador británico, y Haim Weizmann, representante del Congreso Sionista, fue en estos términos, según leo en unos textos de la Fundación Wallenberg. Estábamos en los albores del Siglo XX, y la Gran Bretaña acababa de ofrecer Uganda como sede del futuro estado judío: "Señor Balfour, suponiendo que yo le ofreciese París en lugar de Londres, ¿la aceptaría?" "Pero, doctor Weizmann, nosotros tenemos Londres". "Es cierto, pero nosotros teníamos a Jerusalén cuando Londres era un pantano".
Esta anécdota, y las otras muchas que podríamos citar de los densos años de negociaciones y luchas por conseguir el estado, parece, en perspectiva actual, jocosa pero previsible. Sin embargo, para llegar a la frase de
Weizmann, y, muy especialmente, para llegar al estado de ánimo colectivo que permitió verbalizar esa frase, el pueblo judío tuvo que hacer un largo recorrido. Y, sin ninguna duda, y más allá de cualquier exageración intelectual, Biniamin Zeev Herzl, nacido en Budapest en 1860 en el seno de una acomodada familia sefardí ( con probable origen catalán; el apellido
"Diamant" de su madre es revelador), educado en el iluminismo germano, convencido secularista, escritor, dramaturgo y periodista, considerado por Hanna Arendt como un intelectual único, y elevado a la categoría de "influyente erudito" por el ilustre habitante del pabellón de caza de la Kapuzinerberg salzburguesa, el escritor Stefan Zweig…, el hombre del traje impecable y el sombrero de copa, ese hombre llamado Teodor Herzl fue, sin ninguna duda, el espíritu, el motor, el intelecto y la fuerza de ese magno proceso.
"Im Tirtzú Ein Zo Agadá", "si lo queréis, no será una leyenda", proclamó en Basilea, y su lúcida frase se convirtió en la expresión del renacimiento de la autoestima judía. "Su perseverancia logró que los judíos lentamente comprendieran que la idea sionista no solo era justa, sino también realizable", afirma Gustavo Perednik en un magnífico artículo. También significó una inyección de crudo realismo y, sobretodo, una concienciación política: no era suficiente con soñar, citar, cantar el mito de Jerusalén en cada Pascua, en cada fiesta. Se habían acabado los tiempos del lamento y el recogimiento.
Él, que había escrito, entre otras, la obra "Das neue Ghetto", daba por finalizada la triste cultura del gueto: ni asimilación, ni conversión, ni miedo. El pueblo judío tenía que vivir públicamente su identidad, normalizarla entre los pueblos de la tierra, no temerla, no añorarla, no esconderla. Y para ello, para vivirla con normalidad, tenía que dejar de ser una "anomalía nacional". Era necesario tener un "Heimstate", un "hogar nacional", el bello eufemismo que se usó en Basilea para no "molestar" al imperio otomano. Es decir, era necesario tener un estado. "No nos dejemos abatir por el odio que nos rodea.
Somos un pueblo y contamos millones. El mundo no puede desinteresarse de nosotros si tomamos nuestra suerte en las propias manos. Ya que somos perseguidos y se nos aparta de los demás, trabajemos para lograr una existencia nacional, libre y normal"
Quizás esta sea la primera gran aportación de Herzl, más allá incluso de sus ideas. Su aporte fue, en primera instancia, psicológico. Cogió un pueblo diezmado por las persecuciones, mayormente empobrecido, con la autoestima colectiva agazapada en los viejos mitos y en los viejos sueños, el pueblo con más pasado de la historia, pero sin futuro. Cogió ese pueblo y le enseño a construir el futuro. Le dotó de futuro. Cualquier in memoriam que hagamos a la figura de Teodor Herzl, tiene que empezar, inevitablemente, por situarlo en ese plano más sentimental que racional, más psicológico que argumental.
Herzl fue un líder de las emociones colectivas, y desde esa indomable fuerza, fue un líder de las ideas. ¿Carisma? Sin duda. Pero algo más que carisma: impregnó de fuerza a su gente. Y, a partir de ese momento, la maquinaria de la emancipación empezó a trabajar precisa e imparable: construyó autoestima allí donde habitaban las zonas oscuras del autoodio; recuperó identidad, allí donde la asimilación había destruido las raíces; dotó de perspectiva histórica al presente y, soñando horizontes lejanos, enseñó a los judíos a creer en su libertad. "Mientras en lo profundo del corazón, palpite un alma judía, no se habrá perdido nuestra esperanza", asegura la Hatikva de Neftalí Herz Imbe. Teodor Herzl no poetizó la esperanza del pueblo judío. Su grandeza estriba en que construyó la esperanza.
Su segunda grandeza adopta un cariz más prosaico. Sin duda el sionismo es muy anterior a Herzl, situado, en su perspectiva más simbólica, en los albores mismos de la idea del retorno. Podríamos decir que nace al día siguiente del cautiverio de los judíos de Samaria por parte del rey asirio Sargón II, y, por supuesto, durante el exilio babilonio del pueblo judío de Judá por parte del rey Nabucodonosor. Como alguien ha señalado, el primer documento sionista escrito puede leerse en la Biblia, en el salmo 137: "Junto a los ríos de Babilonia nos sentamos y lloramos recordando a Sión…" Vinculado, como concepto, al exilio y, por ende, al deseo del retorno, podríamos hablar de un sionismo, más o menos latente, más o menos emotivo, que ha acompañado toda la historia del pueblo judío en su diáspora.
Pero el sionismo que Herzl convierte en movimiento histórico, cuyos notables antecedentes llegan al mismísimo Baruj Spinoza ("los judíos reconstruirán su estado cuando las circunstancias estén maduras para ello"), tienen en Moisés Mendelssohn a su más ilustre precursor, y cuya concreción más rotunda es la Primera Aliá que se produce quince años antes del Congreso de Basilea, ese sionismo no es emotivo, sino político. "Debido a su prolongada servidumbre, los judíos no tendrían el espíritu de libertad que requiere la empresa de un estado", habría dicho Mendelssohn, en pleno siglo de las Luces, a Rochus Friedrich Conde de Zu Lynar, el terrateniente sajón que le propuso un estado judío en Palestina. Cien años más tarde, y a pesar de la destrozada autoestima, de las arcas vacías del pueblo judío, paupérrimo en muchas zonas, y de todas las dificultades que desaconsejaban la idea, el sionismo estaba maduro para transformarse en un hecho político.
Herzl fue ese político para la idea política que convertía una emoción, en una posibilidad tangible. Los judíos abandonaban para siempre el terreno escurridizo, bello pero ineficaz de la pura nostalgia.
Y de la idea, a su concreción. Mucho se ha escrito sobre su otro libro clave, el "Altneuland", esa "Vieja Nueva Tierra" inmortalizada para siempre en el nombre de la ciudad que soñó en Eretz Israel, Tel Aviv. Rotos los sueños de la asimilación, quebrada la vieja idea de que "con elevación espiritual" se superarían todos los prejuicios antijudíos (Francia era la concreción más sangrante de esa quiebra), acuñada la convicción de la necesidad de un estado propio que acabara con la "anomalía nacional" del pueblo judío, Herzl se dedicó a la otra gran labor del estadista: dar forma al estado.
La idea mítica de una Tierra de Promisión "cultivada y próspera" que él visualizó en su primer viaje a Palestina, y que plasmó en 1900 en el Altneuland, nos da la categoría moral de su gran proyecto, y también nos retrotrae a la categoría moral del personaje. Podría haber pasado a la historia por ser, solamente, el gran teórico de ciencias políticas que fue, y cuyos textos tuvieron el impacto social que solo consiguen los grandes pensamientos. Pero fiel a su iluminismo germánico, Herzl sabía que ninguna idea es realmente transformadora sino está estrechamente vinculada a una concepción ética, de ahí que no solo concibió la idea de un estado judío. Concibió, además, la idea de un estado judío modélico.
"Una luz para las naciones", escribió amparado en una concepción de socialismo utópico, cuya concreción detalló con minuciosidad. Se completaba, así, el círculo: el antisemitismo era una lacra secular que no partía de una contingencia histórica concreta, sino que era socia fundadora de la propia Europa; el affaire Dreyfus, en la patria de la libertad, era el ejemplo más paradigmático de la ineficacia de la asimilación judía; los judíos no tenían otro remedio que conseguir romper con su "anormalidad" nacional, si querían sobrevivir como pueblo; el retorno a Jerusalén pasaba del mito al proyecto, y del proyecto a la realidad posible; y, creado el estado, los judíos tenían que demostrar una calidad moral inigualable, construyendo una sociedad justa, tolerante y culta.
Por soñar, lo soñó casi todo: cooperativismo agrícola, leyes sociales, tolerancia religiosa, solidaridad con los emigrantes, incluso una especie de I+D prematuro, donde la ciencia y la tecnología eran la base del desarrollo del país. Lo único que no se atrevió a soñar fue la recuperación del hebreo, quizás porqué ese era un sueño realmente inimaginable. Herzl resolvía la cuestión idiomática con una especie de federalismo lingüístico al estilo suizo. Décadas más tarde, el estado de Israel que él teorizó, concretó y soñó, decidió llegar mucho más lejos en sus sueños de lo que nunca llegó su creador: el hebreo superó el vacío de dos milenios de inexistencia, y pasó a ser una de las lenguas más dinámicas de la modernidad.
Y así fue como la bíblica Canaán, la tierra del "maná, la leche y la miel", la anhelada Palestina, sede (en expresión de Borges) de esa "gran copa donde se han decantado y acumulado los sueños, las vigilias, las oraciones y las lágrimas de quienes no la vieron nunca pero sintieron hambre y sed de ella", la mítica Jerusalén…, así fue como Tierra Santa dejó de ser un anhelo emocional para pasar a ser una idea política. El siguiente paso, hasta llegar al Derecho Internacional, base de la seguridad del pueblo judío, se vislumbraba complejo, duro, largo…, pero era más simple que el primer paso dado. Como bien supieron los luchadores contra la esclavitud negra, lo más difícil no es conseguir la libertad de un pueblo. Lo más difícil es creer que es posible soñarla. Y eso consiguió Herzl: consiguió hacer soñar en un tangible, después de siglos de anhelar sentimientos intangibles.
En este sentido, me atrevo a asegurar que la historia podría haber dado muchas vueltas y haber tomado caminos muy diversos, pero después del impacto de la figura de Teodor Herzl en el consciente colectivo judío, todos los caminos habrían llevado a la creación del estado de Israel.
Lo que nadie podía prever, a pesar de las muchas alarmas, a pesar de siglos de retórica deicida cristiana, a pesar de la Francia de Dreyfus y de la Rusia de los progroms, como el mismo de Kishinev que Herzl presenció en persona, lo que nadie podía imaginar ni en sus peores pesadillas, es que llegaría lo que Claude Lanzmann definió como "la destrucción del alma humana", la inmensa locura, la inmensa tragedia, la inmensa maldad del Holocausto. En mi texto "A favor de Israel" lo escribí en estos términos: "la relación de Europa con lo judío, propio y extraño a la vez, ha sido siempre la crónica de un harakiri planificado, hasta el punto de llegar a un sinsentido histórico: Europa no se explica sin lo judío y, al mismo tiempo, siempre se ha explicado contra lo judío. Es decir, contra sí misma". Para añadir: "Finalmente, después de siglos de intentarlo, Europa ha conseguido destruir su alma judía.
Al hacerlo, se ha envilecido hasta tal punto que, en cierto sentido, ha muerto. Por eso, lo que queda de Europa después del holocausto se parece tanto al esperpento valleinclanesco: el espléndido héroe épico reflejado en el espejo cóncavo. Distorsionado. Embrutecido. Desprovisto de toda grandeza".
En los hornos crematorios quemaron las vidas, los anhelos, las muchas pieles, la memoria, la historia del pueblo judío europeo. Y al pensar en ello, con ese ahogo en el alma que siempre sobreviene con la sola mención de la Shoá, no puedo evitar pensar en ese hombre altivo, clarividente y decidido que intentó todas las vías diplomáticas para conseguir un estado para su pueblo. Sus entrevistas con los grandes mandatarios de la época, con el Gran Duque de Baden, con el propio Kaiser Guillermo II, con ministros de la Corona Británica y del imperio ruso (abortadas sus expectativas de tener audiencia con el zar Nicolás II), con el rey de Italia Víctor Manuel II, con el propio papa Pío X, que le corroboró la posición clásica del Vaticano: negativa al retorno masivo de judíos a Tierra Santa… Y, por supuesto, sus diversas tentativas con el Sultán Abdul Hamid, que fue mareando la perdiz de sus esperanzas…, hasta destruirlas.
Me lo imagino sacando fuerzas de su pragmatismo para intentar explicar a unos desconcertados judíos que, quizás, provisionalmente, podían intentar la colonización judía de Argentina, o que Uganda podía ser un hogar, o podía serlo la región de El-Arish, cerca del Sinaí, tal como le planteaban Lord Landsdowne, o incluso algún punto perdido de la Mesopotamia. El sueño era el retorno a Eretz Israel, pero la prioridad era conseguir un hueco propio en el Derecho Internacional, aunque fuera con la estrambótica idea de crear un hogar nacional judío en plena África oriental.
Entiendo perfectamente la reacción contra Herzl de los judíos que se enfrentaron a él en el último congreso que presidió, precisamente el conocido como "Congreso de Uganda". Pero después de los hornos crematorios y del exterminio de millones de judíos, expresó mi admiración más profunda por su visionaria obsesión. Más allá de los sentimientos, incluso más allá del derecho histórico, mucho más allá de los mitos y las liturgias, más allá de la poesía del retorno, Teodor Herzl consideró una prioridad absoluta negociar primero la dura prosa del reconocimiento internacional. Y, para desgracia de la humanidad, la historia le ha dado la razón.
No quiero, ni puedo acabar estas líneas personales de homenaje a Teodor Herzl, sin defender pública y decididamente algo que resulta, en estos tiempos, políticamente incorrecto: la bondad del sionismo. Lo digo en estos términos, porqué vivimos nuevamente tiempos agitados, sobrecargados de retóricas del odio y la intolerancia, donde la cuestión judía, y muy especialmente, la cuestión antijudía vuelven al primer plano de la actualidad. Es cierto que el antisemitismo, como lacra estructural, nunca ha dejado de ser actual, más o menos visceral en función de los países y las contingencias. Pero también lo es que, después del holocausto y de la creación del estado de Israel, éste es el momento histórico más abrupto, más alarmante y más peligroso que hemos vivido. Lejos queda el recuerdo de esa resolución 3379 que, para vergüenza de la ONU, equiparó, en 1975, al sionismo con el racismo.
Aunque, si tenemos en cuenta que la ONU, a lo largo de su historia, ha emitido alrededor de un centenar de resoluciones sobre Israel, la mayoría en su contra, y solo ha emitido una tímida resolución sobre el Sudán, país que lleva la friolera de un millón de muertos en diez años de ofensiva islámica fundamentalista contra el sur cristiano y animista, podemos hacernos una idea de la credibilidad moral de la venerable Asamblea General de Naciones.
Secuestrada por la voluntad de las más de 150 dictaduras que la componen, obligada a dar voz, papel y activos a países vinculados al terrorismo como Libia, Siria o Irán –Libia llegó a presidir la Comisión de Derechos Humanos, y Siria, fruto de un ácido humor negro, compone la comisión de lucha contra el terrorismo-, y rehén de la voluntad del poderoso lobby árabe, hoy por hoy la ONU es una organización claramente lesiva para Israel. Abiertamente contraria. Inequívocamente parcial. Activamente adversaria. ¿Qué pensaría Herlz, él que luchó denodadamente por conseguir el Derecho Internacional para el pueblo judío, si hoy viera cómo se usa el órgano que teóricamente tutela ese derecho, para actuar contra el derecho israelí? La historia tiene una tendencia irresistible al sarcasmo.
Aunque la resolución 3379 fue posteriormente derogada, su intención ha perdurado a lo largo de décadas y, exactamente igual que la mayoría de los tópicos antisemitas ancestrales, ha demostrado una notable buena salud. Muchos fueron los intelectuales que creyeron, después del agujero negro de la Shoá, que se había erradicado para siempre el antisemitismo.
¿Podían perdurar las maldades de los "Protocolos de los Sabios de Sión", después de haberse convertido en la base de la propaganda de Goebbels, paso previo a la muerte de millones de personas? Y, ¿después de Auschwitz, podían creerse las patrañas del "Judío internacional" de Henry Ford, y sus teorías sobre las dos Wall Street, la buena, encabezada por la antisemita Casa Morgan, y la mala, dirigida por el complot judío mundial? ¿Se podía mantener la maldad del deicismo cristiano, después del cómplice papel con los nazis del papa Pio XII, y de la activa responsabilidad histórica de la iglesia católica, en la creación y consolidación del prejuicio antisemita? Los hechos están ahí, para desgracia de la tolerancia y para vergüenza de la inteligencia.
Hoy, los "Protocolos", al igual que el "Mein Kampf" de Hitler, son auténticos best-sellers en el mundo árabe, y lecturas habituales en todo el mundo islámico, en cuyas librerías, a menudo, forman parte de los libros de aparador. Y no hay que olvidar que, en pleno Ramadán del 2002, un canal de televisión egipcia y otras televisiones de Medio Oriente llegaron a emitir una serie de 41 capítulos titulada "Jinete sin caballo", cuyo héroe era un árabe que, contra viento y marea, intentaba demostrar la verdad del complot judío. Por supuesto, y a pesar de las triquiñuelas del malvado judío de espesa barba y larga nariz, finalmente lo conseguía, y el éxito de la serie fue indescriptible…En el mundo occidental, las reediciones de estos libros son permanentes y uno puede encontrarse con ellos con bastante facilidad. Dos experiencias cercanas relatan mis últimos motivos de honda indignación.
En abril de este año, en la víspera de tener el honor de recibir el premio Javer Olam por parte de la comunidad judía chilena, en la conmemoración del Iom Hashoa, me dediqué a pasear por los tenderetes de libros de la Plaza de Armas de Santiago de Chile. Allí, entre recopilatorios de Neruda, reediciones de Borges y antologías de Mafalda, ganaba su espacio, con un pomposo anuncio en grandes letras, el "Libro secreto de Hitler". Sin duda, el tendero que oyó mis improperios debió pensar que estaba ante una pobre loca. Hitler y Mafalda, pues, en feliz compañía… Y hace pocos días, buceando por la Red a la búsqueda de alguno de esos textos antisemitas que abundan a miles, el buscador me envió a una web muy conocida, cuya finalidad es un mundo mejor, un discurso alternativo, la pluralidad, la solidaridad, la multiculturalidad, la biodiversidad y todo el resto de amplios conceptos abstractos tan al uso de la retórica de extrema izquierda.
Conceptos que generalmente conviven en franca armonía con el antisemitismo más puro y duro. Recordemos, sino, los enormes escándalos antisemitas que significaron Porto Alegre y Durban. Y así fue. En Indymedia, el sitio estrella de todos los alternativos del mundo, me encontré con amplios fragmentos de los Protocolos, que ejemplificaban la maldad judía intrínseca y su complot para dominar el planeta. Por supuesto, también me encontré con algunos buenos insultos a mi persona, por mi actitud a favor del derecho de Israel a su existencia. La extrema derecha y la extrema izquierda, dándose la mano en el lugar común de la judeofobia.
Decenas serían los ejemplos del día a día. Ni el deicismo cristiano ha desaparecido como perversa acusación –ahí tenemos a Mel Gibson elevado a la categoría de ilustre Goebbels hollywoodense-, ni ha desaparecido de cuajo la literatura que durante décadas alimentó los caminos del odio y nos condujo a la estación final de Auschwitz, ni han sido erradicadas las más malévolas mentiras de la juedofobia. En el mundo islámico, las mentiras cabalgan en su forma ortodoxa, sin complejos neonazis, sin culpas históricas. En el mundo occidental, tan sobrecargados de mala conciencia, las hemos revestido de progresismo, las hemos reformulado con gramática alternativa, y, con su vestidito nuevo, las hemos vuelto a lanzar al ruedo. ¿Cuántos periódicos serios, cuántos sesudos intelectuales, cuántos periodistas creíbles no han hablado del "lobby judío americano" como responsable de la guerra contra Iraq? ¿Cuántos no pasean el "poder del lobby judío de Wall Street" como responsable de cualquier política exterior norteamericana? Fusionados el antisemitismo (en su reformulación moderna: el antisionismo) y el antiamericanismo, el resultado es una nueva literatura de la intolerancia antijudía, perfectamente cuajada en la prensa, profusamente difundida en la universidad, alegremente vociferada en los púlpitos de la inteligencia, e irresponsablemente digerida por todos los estómagos de bien de nuestras ordenadas y bienpensantes sociedades. Lo escribí en estos términos en un artículo sobre la actitud de Francia respecto a los judíos: "Sin duda Francia acarrea un cargante legado histórico, a pesar de sus esfuerzos por hacer olvidar al mundo que existió el colaboracionismo francés y que miles de judíos franceses fueron enviados a la muerte.
Al igual que la bonita Austria, que ha hecho creer que todo el país era la Familia Trapp, también Francia nos ha vendido que todo fue "la resistence": su buena mala memoria… Nada extraño en el país más antiamericano de Europa, a pesar de tener enterrados, en su tierra, más de 65.000 americanos que murieron para salvarlos. Pero la acusación de Sharon, y la acusación de la ADL americana, preocupada por la oleada antisemita en Europa, y la del mismo Parlamento Europeo a través del informe presentado en Estrasburgo, y la acusación de muchos de los que hace tiempo que alertamos sobre la amenaza, no se dirige contra una Europa o una Francia fascista, sino contra una Europa liberal pero antisemita, que no es lo mismo. Más parecida, pues, a la Francia correcta y bienpensante que condenó a Dreyfus, que no a la Francia de Vichy".
Un antisemitismo de salón, culto, bien situado, convencido de la corrección de su pensamiento, perfectamente camuflado bajo un antiisraelismo visceral y patológico, justificado con la siempre decorativa convicción de la solidaridad con los débiles. Hoy, en Europa, es políticamente correcto ser antiisraelí. Es políticamente correcto ser antisionista. Y no es políticamente correcto declararse antisemita, aunque, mayoritariamente, el antiisraelismo y el antisionismo son la fusión moderna de la judeofobia más clásica.
Sin embargo, considerar el sionismo una forma de racismo o de exclusión, y hacer, de la crítica frontal a este gran concepto, un pensamiento ético, no solo es una profunda injusticia histórica, sino que es una ignominia. Hoy, aquí, en el marco del centenario de Teodor Herzl, creo que es pertinente afirmar que el sionismo ha sido, desde el origen, un concepto justo, nacido desde una concepción justa, y pensado para construir una sociedad justa. "El mundo se liberta con nuestra libertad, se enriquece con nuestra riqueza y se engrandece con nuestra grandeza". La expresión es de Herzl, en su "Estado judío", pero podría ser de Mendelssohn, convencido de la estrecha relación entre judeidad y libertad, o de cualquiera de los pensadores judíos que contribuyeron decisivamente a construir el pensamiento de la modernidad, y cuya actividad intelectual siempre estuvo ligada al sentido de justicia.
El sionismo nació, luchó y se consolidó como un movimiento libertador y solo desde una perspectiva de civilización y progreso, tuvo sentido. Por tanto, su aportación al pensamiento de la humanidad tiene que ver con los conceptos más nobles que pueden movilizarnos: la libertad, la convivencia, la tolerancia, la cultura y la justicia.
Sé que vivimos tiempos de confusión. Tiempos en que la distorsión informativa forma parte de los códigos deontológicos del periodismo, y convierte el complejo escenario de Tierra Santa, en una confrontación entre buenos y malos, entre víctimas y verdugos. El maniqueísmo es, hoy, una forma concurrida y aplaudida de periodismo. Tiempos…, tiempos en que la historia se reescribe y crea falsedades paralelas, recreadas como auténticas. Así, lentamente, ha ido cuajando la idea de que los judíos son usurpadores de su propia tierra, colonizadores de su propia patria, cuerpos ajenos caídos en aquel lugar del mundo por capricho del azar.
Por supuesto, invasores. Tiempos…, tiempos en que un pequeñísimo país de 20,770 kilómetros cuadrados, que no ha tenido ni un solo día de paz estable, rodeado de decenas de naciones que quieren su desaparición, agredido desde fuera y desde dentro, violentado por un terrorismo cuyas raíces logísticas y financieras se hunden en los despachos oficiales de algunos lindos países miembros de la ONU, sin prácticamente aliados y con el certero convencimiento de que su supervivencia depende exclusivamente de su propia capacidad de defensa, ese país es el que tiene que pedir perdón por existir, perdón por defenderse y perdón por vencer. Tiempos en que la criminalización de Israel forma parte de la moda intelectual, mientras decenas de países teocráticos, despóticos y fanáticos salen de rositas sin apenas merecer nuestra ilustre preocupación. Tiempos en que un líder violento, corrupto y despótico como Arafat, se convierte en un héroe épico.
Tiempos en que un nuevo totalitarismo, heredero directo de los dos grandes totalitarismos del siglo XX, el estalinismo y el nazismo, y como ellos antisemita, nihilista y criminal, convierte el mapamundi en la línea de fuego, socializa el terror y llena las calles del mundo con decenas de muertos. Pero en esos mismos tiempos, la principal preocupación de nuestra Intelligentsia, nuestros periodistas y nuestros activistas de la paz, es el antiamericanismo y el antiisraelismo.
Tiempos… En estos tiempos de substitución de las ideas por las consignas, de los debates por las pancartas, del pensamiento complejo por el pensamiento único, el sionismo no encuentra el lugar de honor que mereciera tener. Al contrario, como el propio estado que consiguió para su pueblo diezmado, como el propio pueblo al que libertó, como la propia cultura solidaria y justa de la que nació, es denostado, demonizado y vilipendiado. Queda bien, en los salones del pensamiento, ser militantemente antisionista. La imbecilidad ilustrada está de moda.
No puedo imaginar qué habría pensado Teodor Herzl si hubiera vivido hasta nuestros días. Él, que formó parte de la elite del pensamiento del siglo XX allí mismo donde nació, en el corazón de la Mittel Europa, difícilmente podría entender la insolidaridad de la intelectualidad europea actual. Una intelectualidad que le expulsa, a él, un hombre de justicia y progreso, del pensamiento justo. Claro que…, ¿qué habría pensado del síndrome de Chamberlain que recorrió las mentes de las buenas gentes de la Europa del nazismo? Y hoy, ¿qué pensaría de de la heredera de esa organización que tenía que velar por el Derecho Internacional, la bonita, ingenua, decorativa, inútil y profusamente antiisraelí ONU?
Vivió solo 44 densos, intensos, emotivos, entregados años. Su escaso tiempo se convirtió en un tiempo inmortal, y su figura, tocada por la elegancia de una cultura elegante y un elegante porte, se proyecta más allá de sus propios logros, mucho más allá de sus propios sueños. "Im Tirtzú Ein Zo Agadá", y así lo quisieron, y por ello no fue una leyenda. A pesar de no tener aún un estado seguro donde vivir la normalidad judía, sin la anormalidad intempestiva y cotidiana de la violencia. A pesar de respirar la libertad nacional, contaminada por el desprecio, la incomprensión y la agresión exteriores. A pesar de haber conseguido la preciada bandera en la ONU, sin poder ondear con la tranquilidad que mereciera el derecho conquistado. A pesar de tantos pesares, el pueblo judío lo quiso, y desde que lo quiso, abandonó el mito, guardo con celo la leyenda, archivó las múltiples pieles de la nostalgia, y construyó el futuro. Lo que hoy existe es fruto de la voluntad de existir y de la convicción de poderlo conseguir.
Herzl sentó las bases de esa voluntad y de esa convicción. No fue rey, aunque poblaba barba de patriarca. Pero tuvo la grandeza de los grandes reyes bíblicos. Como ellos, atravesó desiertos, luchó contra los elementos, hizo temblar murallas y nunca abandonó a su pueblo. Descanse en paz para siempre en la tierra que soñó libre.

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