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Por Rebeca Perli
A raíz de la expulsión de los judíos de España en 1492, en el marco de la Inquisición, un gran número de ellos encontró cálida acogida en Estambul, entonces Imperio Otomano, a donde llegaron llevando consigo sus costumbres y su idioma cotidiano, el cual todavía subsiste como "judeo-español". Eran los judíos sefarditas que se fusionaron con los que desde épocas remotas vivían en Anatolia (actual Turquía) para formar una comunidad laboriosa y próspera. A lo largo de los años la vida transcurrió tranquila para los turcos de religión judía. A la subida al poder de Kemal Ataturk, el brillante estadista que modernizó al país con reformas tan relevantes como la abolición de la poligamia, concesión del derecho de voto a las mujeres y proclamación de igualdad para las minorías, entre muchas otras, invitó a judíos perseguidos por el régimen nazi a establecerse en su país, lo cual salvó a muchos del exterminio durante la II Guerra Mundial. Turquía fue el primer país musulmán en reconocer al moderno Estado de Israel con el cual ha mantenido excelentes vínculos.
Pero esta situación ha cambiado; el primer ministro turco, Tayyip Erdogan, ha asumido una actitud agresiva y amenazante hacia Israel y ha llevado los nexos diplomáticos a su mínima expresión, lo cual ha provocado un serio deterioro de las relaciones entre los dos países. Paradójicamente, un hecho aciago ha servido de paliativo a esta tensa atmósfera: a raíz del trágico terremoto sufrido por Turquía el pasado 23 de octubre, Israel ofreció su ayuda solidaria la cual, si bien rechazada por Ankara en un principio, fue finalmente aceptada.
¡Ojalá el espíritu de colaboración funcionara siempre entre los pueblos, aun sin que hubiera tragedias de por medio!

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