Los grupos de poder y las revoluciones árabes

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Por Jonathan Spyer
Los últimos acontecimientos en Egipto confirman uno de los patrones más destacados que han gobernado los levantamientos en el mundo árabe de los últimos años. El hecho preocupante pero inconfundible es que a pesar de toda la discusión sobre el poder popular, la democracia, la sociedad civil y todo el resto, cuando se trata del ejercicio verdadero y adulto del poder político en los países en cuestión, sólo quedan dos contendientes: las fuerzas del Islam político, y las fuerzas armadas del antiguo régimen.
Que esto sea así parece empíricamente irrefutable – desde Argelia a Gaza, pasando por Siria y Egipto – las fuerzas, que cuando la habladuría ha terminado, salen a combatir entre sí por la corona son los islamistas y los hombres armados del régimen (este último, por lo general organizada bajo la bandera del nacionalismo autoritario secular).
Lo que actualmente está teniendo lugar en Egipto es un golpe de Estado Militar, en todo menos en el nombre. El ejército – la fuerza a través de la cual Mubarak, Sadat y Naser gobernaron – está siendo movilizada para poner fin al gobierno de un año de los Hermanos Musulmanes. Queda por ver si Mohammed Morsi y sus camaradas cederán a esta movilización, o intentarán resistirse.
Si intentan esto último, Egipto estará ante una situación análoga a la de Argelia en 1991, cuando los militares del régimen trataron de anular la victoria electoral del movimiento islamista FIS. El resultado fue una sangrienta guerra civil que en retrospectiva puede verse como precursora de lo que hoy está teniendo lugar en Siria, y lo que puede deparar el futuro en Egipto.
Si, por otro lado, la Hermandad decide aceptar las demandas de los militares; entonces la observación del presidente Morsi de que esto representa la inversión de la revolución de 2011 es absolutamente correcta. Lo que sucederá será el gobierno de los militares, presumiblemente con unos testaferros civiles colocados en el mástil para que le permitan fingir a Occidente que es otra cosa.
En 2010, escribí un libro llamado “El fuego transformador” (The Transforming Fire), que contiene la siguiente frase: “En el Oriente Medio, son los regímenes o los islamistas, no hay una tercera vía.” Asumo el acto de que es un tanto vulgar citarme a mí mismo aunque no con el fin de demostrar que niño inteligente he sido – de hecho lo fui -; sino para indicar que este hecho básico de la presencia de dos contendientes serios por el poder en los principales países del mundo de habla árabe ha sido obvio y evidente aún antes de los acontecimientos de 2011, que por lo general se señalan (aunque erróneamente) para marcar el advenimiento de los procesos históricos que actualmente se están presenciado en el Medio Oriente.
Para parafrasear al pobre Winston Smith, el protagonista ficticio de George Orwell, sin embargo, comprendo el cómo, pero no entiendo muy bien el por qué. Después de todo, la multitud de jóvenes que hemos presenciado en los últimos días en las calles de Egipto no son un espejismo. Ya no eran los jóvenes activistas de la sociedad civil que iniciaron la revuelta en Siria, o los liberales sofisticados y reformistas de Egipto. ¿Cuáles son los factores que una y otra vez impiden el surgimiento de una política secular civil representativa y poderosa en el mundo árabe?
Una política de ese tipo, que pueda combinar la disposición al uso la fuerza con un compromiso con la sociedad abierta me parece ser la piedra angular de toda democracia viable.
En mi propio país, Israel, existe mucha claridad al respecto. El llamado primordial de la identidad judía es la base sobre la que se levanta y es defendida (y defendible) la estructura democrática. Quite lo primero, y lo segundo no tardará demasiado en caer.
Ahora, la disposición a usar la fuerza para la defensa descansa siempre en la raíz sobre algo “irracional”, es decir, más allá de los cálculos de ganancias y pérdidas y más allá del pensamiento egoísta. Debe por necesidad ser así, ya que mediante la participación en tal actividad, el individuo aumenta la posibilidad de su propia extinción temprana. El “truco” para hacer funcionar una sociedad abierta que sea defendible me parece que se basa en la posibilidad de combinar o armonizar esta capa no racional profunda de motivación humana con el compromiso completamente racional con las instituciones, las estructuras, los controles y contrapesos, etc.
En los países más poblados del mundo árabe, salta a la vista, esto nunca se ha alcanzado. Los reformadores liberales son absolutamente incapaces de dominar el tipo de lealtades poderosas por las cuáles los movimientos se auto sostienen y triunfan. Hoy en día, en Egipto, ellos no son los actores políticos y militares verdaderos. Esos niveles requeridos de compromiso existen, exclusivamente, en manos de los islamistas, por un lado, y los nacionalistas autoritarios, por el otro.
Mientras esto siga siendo así, seguramente, una sociedad basada en los derechos seguirá siendo difícil de alcanzar en el mundo árabe parlante. Pero, ¿es la razón de que el motivo del caso se deba, en última instancia, a las ideas y prácticas penetrantes y poderosas en esas sociedades que militan en contra del desarrollo de la clase de movimientos e instituciones que podrían formar la base para una sociedad civil defendible? Es muy posible. Una religión no reformada orientada hacia el poder que comanda la profunda lealtad de las masas populares, y un énfasis en la seguridad de la comunidad por encima de los derechos individuales serían los factores aquí más notables. Si es así, esto significa que la ira de la población en las sociedades mal administradas seguirá siendo mal dirigida, y que casi con seguridad muchos conflictos restantes se avecinan.

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