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Por Yoram Schweitzer
Hezbollah es, como se sabe, una organización con muchas caras, que tiene instituciones religiosas, sociales, políticas y militares. Todas ellas constituyen la fuente de poder y unidad. Con todo, el componente militar-terrorista de la organización es el que le confiere su principal "fama" e influye en gran medida para afianzar su presencia en el Líbano. La organización actúa por medio de dos brazos centrales: uno se ocupa de la guerra convencional, semi-militar y de la lucha de guerrillas. La segunda se concentra en la preparación y concreción de ataques terroristas.
En materia militar "convencional" y lucha de guerrilla, puede esperarse que la organización hará lo posible para reducir los daños que le provocó la guerra aunque al mismo tiempo se ve obligado a reducir su presencia en el sur del Líbano.
Está claro que rechaza cualquier intento de quitarle las armas. Si logra conservar su status como única milicia armada del Líbano, tiende a adquirir nuevo armamento con apoyo de Siria e Irán. Entre otros, pretende obtener misiles de mediano y largo alcance.
La concentración de esfuerzos para limitar la fuerza militar de Hezbollah podría provocar un aumento de sus actividades terroristas. La dirección y puesta en marcha de ataques terroristas son, por naturaleza, secretos y existen menos probabilidades de demostrar públicamente la culpabilidad de quienes lo cometieron.
Por ello no extraña que, después de la guerra, Hezbollah estrecha sus vínculos con organizaciones terroristas y bandas palestinas, así como con pequeños grupos de árabes israelíes, con el objetivo de causar daño a Israel y, simultáneamente, dejar en sus manos y las de sus patronos iraníes la capacidad de influir y frustrar futuros avances políticos.
A disposición de Hezbollah está su capacidad de organizar ataques terroristas en el exterior y otros, por medio de un aparato especializado en actividades de este tipo y cuya infraestructura está dispersa en diversos países del mundo.
Este cuerpo no cometió en los últimos años ataques en el exterior, principalmente por la decisión común de Hezbollah e Irán de evitarlos mientras existe una atmósfera no tolerante frente al terror internacional, principalmente después del 11 de septiembre de 2001. Junto con ello confían en adelantar sus intereses frente a Israel a lo largo de la frontera.
Células terroristas  prontas para actuar
A pesar de ello existe la impresión que la entidad no tiene dificultades para poner en marcha actos terroristas si lo requiere. Además tiene la opción de cometer ataques en el extranjero por medio de células palestinas, como Jihad Islámica y otros, que cuentan con el respaldo de Irán.
Un campo en el que se especializa Hezbollah, y particularmente su líder Hasan Nasrala, es la lucha psicológica. Este componente en la estrategia de la organización sirve como multiplicador de fuerzas. Hezbollah emplea este factor en forma inteligente para fortalecer su imagen y presencia. Junto con ello aprovecha a presentar sus limitaciones y fracasos como si fueran un éxito.
Las apariciones pulidas y justo a tiempo de Nasrala en los diferentes medios de comunicaciones, tanto árabes como occidentales y el empleo de la estación de la organización "El Manar" son un ejemplo concreto de la importancia que le confiere a la prensa y la lucha psicológica como instrumento de diseño de la opinión pública con relación al resultado de la lucha de Hezbollah. No hay dudas que los medios de comunicaciones siguen sirviendo a los intereses de la organización.
Nasrala continúa presentando al público libanés y del mundo árabe y musulmán la "Victoria" en la guerra de 2006. Afirma que su combate se hizo en nombre del Líbano, omitiendo que en la práctica no obtuvo ningún respaldo oficial o público de Beirut para su conducta.
Nasrala pretende gobernar el Líbano
Nasrala, que aspira a gobernar el Líbano en el futuro y se ve a sí mismo como parte de la lucha islámica, que excede las fronteras libanesas, administra una campaña de propaganda que presenta a su organización como un ejemplo de combate tenaz y modelo de imitación para todos los combatientes islámicos en el mundo.
Nasrala conduce a la organización en el difícil camino político interno y en medio de las conocidas presiones internacionales para limitar su fuerza.
Enfrente, está a prueba la capacidad de Occidente, apoyado por los Estados árabes pragmáticos, de medirse con una organización terrorista respaldada por varios Estados. Hacia uno de ellos se dirigen los esfuerzos de la comunidad internacional para evitar que adquiera capacidad nuclear.
Lo que, a primera vista, puede verse como un intento de evitar la reconstrucción del poderío militar y terrorista de Hezbolla, a la larga se revelerá como un asunto de suma significación que sobrepasa los límites del conflicto israelo-libanés y que puede traer consecuencia graves para la región e incluso para el mundo entero.

Fuente: Aurora Digital

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