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Por Beatriz W. De Rittigstein
No cabe duda que fue humillante la decisión de ciertos gobiernos europeos de impedir el vuelo por sus espacios aéreos, del avión presidencial boliviano. Los países latinoamericanos tienen razón de llamar la atención sobre tal ofensa y de exigir un desagravio.
Pero, entre quienes abusaron del incidente y que, además, por experiencias anteriores, conocemos de su irrespeto a las normas internacionales, está el propio Evo Morales. En 2011, fuimos sorprendidos con la presencia del ministro de Defensa iraní, Ahmed Vahidi (en la fotografía), en un acto de la Escuela Militar de Aviación de Santa Cruz de la Sierra, junto a su par boliviana, María Cecilia Chacón. Vahidi es uno de los acusados de idear el ataque a la AMIA; en 2007, la Interpol libró una orden para su captura. Ante el reclamo argentino, las autoridades bolivianas se apresuraron a "echar" a su invitado iraní.
Por otra parte, luego que el fiscal Nisman reiteró las acusaciones contra Irán por el caso AMIA, con un nuevo informe en el que señaló el establecimiento de "estaciones de inteligencia" en América del Sur, "destinadas a fomentar y cometer actos terroristas", la cancillería iraní intentó descalificarlo al tildarlo de "sionista", como si fuera un insulto.
Resulta vergonzoso que, tras esa indebida injerencia iraní en el sistema judicial argentino, sumando la afrenta discriminatoria contra Nisman en su condición de judío, ni la señora Kirchner ni su gobierno manifestaron una imperativa indignación.
Así, la Presidenta confirma su drástico cambio con respecto al terrorismo tutelado por Irán, giro incompatible con la anterior postura de la era Kirchner. Y, hace palpable un doble estándar según sus intereses, al desplegar un singular e incoherente concepto de soberanía.

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