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Nuestra antigua religión ciertamente contiene un sinfín de enseñanzas: códigos sociales, reglas de armonía interpersonal, valores y un sólido paquete que profundiza en la esencia misma del sentido de la vida, que pueden ser encontrados en el Tanáj, el Talmud y demás documentos plasmados por nuestros sabios.
Pero hay que tener sumo tacto y cuidado cuando se imparten estos preceptos. El mundo moderno ha marcado equívocamente una línea definida que paraleliza la religión con la ciencia, polarizando puntos de vista y desdibujando tonalidades, dejando a muchos con un enfoque blanco o negro.
Para muchos creyentes, la Torá es prueba pura y absoluta de la existencia divina, mientras para muchos científicos o agnósticos no hay forma de comprobar la existencia de un Dios. Son muchas las perspectivas que se generan al intentar enlazar las teorías de la ciencia con la Torá escrita y oral, aunque el dilema cronológico que surge al tratar de convalidar el tiempo marcado por la religión con las evidencias científicas que hablan de millones de años es un tema extenso, complejo y lleno de lagunas. Sobran hombres de ciencia, filósofos y rabinos que han plantea­do centenares de explicaciones e interpretaciones para apuntalar conexiones entre la religión y la ciencia. Enseñar religión de una forma ciega, negando todo sentido a las teo­rías científicas, puede llegar a ser tan tóxico para nuestra sociedad como un pensador envuelto en sus propias conclusiones asegurando que la Tierra es plana.
Es lamentable ver cómo algunos hombres de fe imparten la religión de forma dogmática, desacreditando a la ciencia en vez de basarse en el principal elemento potencial que es el contenido de la Torá misma. La historia, la medicina, la geología, la arqueología y demás disciplinas conocen muy bien sus limitaciones y los posibles márgenes de error que hay en pruebas de fechado como el radiocarbono (C14), la intensidad geomagnética, estratigrafía, tipología, análisis de microdesgaste y seriación de materiales artefactuales, dendrocronología, análisis de activación de neutrones (NNA), Argón40, etc. O en corrientes subalternas que también contribuyen al estudio del pasado, como la arqueozoología, arqueobotánica, petrografía, arqueometalurgia, filología, entre otras. Incluso, en algunas ocasiones la ciencia utiliza como referencia comparativa fuentes de escrituras antiguas, incluyendo las religiosas, ya que aquella postura obstinada y arrogante del científico que desconocía todo aquello que no fuera ciencia dura se ha descontinuado, pues la infinidad de posibilidades carece de calles ciegas en la ciencia moderna.
Por otro lado, parece que algunas ramas en la docencia religiosa han optado por una postura más radical y han olvidado que, en el pasado, renombrados sabios fueron hombres profundamente involucrados en las ciencias, como el muy conocido Maimónides. Un ejemplo lamentable, en mi opinión, es el libro Arqueología y Toralogía, publicado en el año 2008 por el rabino Amram Anidjar. Este trabajo, más que informar, sostiene de forma irresponsable y sin sustento investigativo nociones que pueden confundir a muchos lectores con pocos conocimientos en el área, ya que sin indicar referencias concretas pretende confirmar aspectos de la religión con pruebas científicas.
El daño principal que causa este tipo de trabajos se debe a que, por lo general, la audacia no garantiza ser experto en la materia, y en vez de introducir conocimientos y alumbrar la esencia misma de la religión, causa un efecto negativo al fijar ideas definitivas en la percepción de aficionados, que son en realidad especulaciones no comprobables.
Si apenas unas cuantas líneas de Mish­ná son más que suficientes para desarrollar decenas de páginas durante siglos de discusión filosófica, creo que la mejor forma de enseñar la riqueza que emana de nuestra religión es basarse realmente en ella, ya que el hecho de rechazar un enfoque distinto no implica que se esté realmente sustentando afirmación alguna.
*Estudiante de Arqueología en la Universidad de Tel Aviv
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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