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Por Beatriz W. De Rittigstein
La simpatía de sectores argentinos hacia el nazismo fue notoria. Numerosos criminales de guerra hallaron refugio en ese país. Según las pesquisas de Simón Wiesenthal, Perón entregó unos 7.500 pasaportes en blanco a disposición de los nazis fugitivos; así, por el Sur de nuestro continente pasaron jerarcas del régimen de Hitler como Martin Bormann, Joseph Mengele, Walter Kutschmann, Joseph Schwamberger, Adolf Eichman, por citar a algunos.
En mayo del 94, al ser identificado Erich Priebke, exoficial de las SS durante la II Guerra Mundial, fue arrestado y confirmó su participación en la masacre de las Fosas Ardeatinas, en 1944, como represalia por el ataque de la resistencia italiana que costó la vida a 33 soldados ocupantes; siguiendo las reglas de castigo de los nazis: asesinar a 10 personas por cada soldado alemán muerto, fueron ejecutados 335 civiles italianos, en dicho paraje al sur de Roma.
Priebke vivió alrededor de 45 años en los andes argentinos, tranquilo, sin ocultar su procedencia ni su pasado; tampoco cambió su apellido, más bien fue sinónimo de poder.
El Estado italiano logró su extradición y lo juzgó por aquel crimen. En 1998 fue sentenciado a cadena perpetua, pero, debido a su ancianidad, su arresto fue domiciliario.
Hace pocos días, Priebke cumplió 100 años. Hoy vive en un barrio cercano al centro de Roma. Se le permite salir acompañado por un escolta, realiza sus compras, da paseos por el parque y lleva una vida social.
Resulta irónico que semejante criminal haya llegado a tan avanzada edad sin dar muestras de arrepentimiento, disfrutando de la vida y para colmo, con piadosos privilegios, en la misma ciudad donde perpetró asesinatos; ahora, rodeado de vecinos, conciudadanos de sus víctimas.

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