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Por Rebeca Perli
"Cada prisionero en Dachau tenía una historia personal que fue truncada". Así se expresó Angela Merkel al visitar el sitio en el que, desde 1933 funcionó el primer campo de concentración nazi el cual sirvió de modelo para los que se implementaron después.
Merkel es la primera persona, jefe de un gobierno alemán, que visita ese tétrico lugar evitado hasta ahora por otros mandatarios debido a lo que el mismo representa para su país, y, en una prueba de entereza y de integridad, manifestó su "profunda tristeza y vergüenza" por las vidas destruidas, reconociendo así la responsabilidad de su país en aquel oscuro pasaje de su historia.
Esta visita tiene lugar a pocos días del fallecimiento, a los 98 años de edad, del criminal nazi Laszlo Csatary quien, al ser descubierto después de permanecer 40 años impune en Canadá, regresó a su Hungría natal donde vivió cómodamente a pesar de la condena a muerte a la que había sido sentenciado por un tribunal checo en 1948. La crueldad de Csatary, quien hizo aislar el gheto que dominaba de todo contacto exterior a fin de tener bajo su control a los de "raza judía" fue considerada excesiva hasta dentro de su propio entorno pero, al igual que él, son muchos los criminales nazis que han escapado a la justicia; una buena parte de ellos sigue con vida, prueba inequívoca de que su conciencia, o mejor dicho, la falta de ella, los ha dejado vivir tranquilos.
El inescrutable paso del tiempo terminará por reclamar tanto a los sobrevivientes del Holocausto como a sus verdugos y dejará abierto el camino a los tergiversadores de la historia. Es por eso que la actitud de Merkel es tan importante máxime en tiempos en que, con alarmante asiduidad, se expanden fanatismos antisemitas.

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