Israel: Inventan tejido de piel artificial que siente
26/08/2013
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03/09/2013
Por Julián Schvindlerman
Es difícil comprender las motivaciones de la Casa Blanca en invertir esfuerzos diplomáticos considerables en relanzar el proceso de paz entre israelíes y palestinos en este preciso momento.
El Medio Oriente está en llamas. Siria adolece una guerra civil de cien mil muertos, de tal gravedad que las Naciones Unidas han dicho que la magnitud de sus atrocidades han superado al genocidio de Ruanda; el símbolo de las matanzas de los años noventa. Armas químicas fueron usadas en su territorio y jihadistas de la región se están aglutinando allí. Rusia, Irán, Arabia Saudita y Turquía entre otras naciones están entrometidas. Israel ha cruzado fuego con el ejército sirio en los Altos del Golán. Egipto está agonizando, con dos presidentes derrocados en poco más de dos años, un movimiento islamista expandido y a la vez masivamente reprimido, y una junta militar golpista una vez más ejerciendo el poder. El Sinaí se ha transformado en tierra de terroristas e Israel debió realizar una operación militar para contener las agresiones que de esa zona han emanado. El Líbano y Jordania han sido afectados por la onda expansiva violenta desde Damasco y están presionados por las grandes cantidades de refugiados albergados. En Túnez, asesinatos políticos bajo el sello islamista han puesto en jaque a la coalición gobernante y Libia todavía batalla por evitar que las milicias armadas aumenten su poder. El fundamentalismo islámico se ha propagado e Irán continúa desafiando a la paz regional.
Vale decir, el Medio Oriente está -por decir lo mínimo- inestable. Lo único que ha estado relativamente estable ha sido Israel/Palestina. Dejando de lado la última contienda con Hamas desde Gaza, las relaciones de Fatah en Cisjordania con Israel han estado quietas. Sí, siempre hay reclamos y hubo una ofensiva política en la ONU. Pero eso fue básicamente todo. La Administración Demócrata ha elegido mayormente desentenderse de muchas de las situaciones del mundo árabe que realmente han demandado su urgente atención y, sin embargo, ha decidido inmiscuirse en prácticamente la única área que no ofrecía una amenaza actual a la estabilidad regional: el conflicto palestino-israelí. El gobierno de Barack Obama eligió irse de Irak y de Afganistán, no entrar a Siria, liderar desde la retaguardia en Libia (es decir, no liderar) y mirar para el otro costado frente al programa nuclear de Irán, pero cargó todas sus fichas en el tablero palestino-israelí, un asunto que además ha mostrado ser resistente a una solución. El enigma no es menor.
Por lo que a las partes refiere, sabemos que no tenían mucho interés en reunirse.
El premier Netanyahu ha sido tradicionalmente escéptico de las posibilidades de éxito en esta área y no desea que su país sea arrastrado a una negociación agotadora, fútil e interminable. Ya se ha intentado por dos décadas y a lo largo de ese lapso temporal hubo intifadas, terrorismo y confrontación política: de todo menos paz. Antes, Jordania y Egipto, en tanto socios de la paz de Israel y patrones políticos de la Autoridad Palestina, podían influir, y de hecho lo hacían, sobre las partes para avanzar las negociaciones. Hoy ninguna de estas naciones puede oficiar de garante de la paz; están demasiado introspectivas, justificadamente. Cuando los israelíes miran a su alrededor ven grandes transformaciones geopolíticas y nubarrones de incertidumbre. Aún si hacen las concesiones que se les exige, se preguntan: ¿estará Abbas o un sucesor confiable presto a garantizar la paz conseguida? Su mandato terminó en el 2005 y carece del carisma y popularidad de su problemático predecesor y está tan desinteresado en retomar el diálogo que pone precondiciones complicadas para sentarse a negociar en primer lugar. Y aún si triunfara el proyecto de la paz entre Israel y la AP, restaría lidiar con la hostil Gaza, que ha de ser, presuntamente, parte del futuro estado palestino. Palestina tampoco está en orden.
A muchos israelíes les resulta extraño que, dado que solamente ellos pueden dar a los palestinos el estado que anhelan, estos últimos eleven exigencias irrealizables para apenas dar inicio a las tratativas de paz. Les llama la atención estar viendo siempre los mismos rostros durante dos décadas de negociación: Mahmoud Abbas, Hanan Ashrawi, Saeb Erakat, Jibril Rajoub, etc. Y no sólo las mismas caras sino las mismas posiciones intransigentes. ¿Es que acaso han cambiado en algo las posiciones palestinas sobre Jerusalem, los asentamientos, las fronteras de 1967, el derecho al retorno y la naturaleza judía de Israel? Estos últimos veinte años no han flexibilizado uno sólo de los reclamos históricos del nacionalismo palestino. Del lado israelí hubo líderes negociadores que surgieron de diversos costados ideológicos: Shimon Peres, Itzjak Rabín, Ehud Olmert, Ariel Sharon, Ehud Barak, Binyamín Netanyahu. Y la sociedad se ha hecho centrista: posturas que antes repudiaba hoy son de consenso social: un estado palestino que viva en paz y seguridad junto a su pequeña nación. La cuestión de Jerusalem y la disposición final de sus fronteras así como el destino de los asentamientos son temas de continuo debate social allí. ¿Dónde está -de hecho dónde alguna vez ha estado- el mismo debate del lado palestino?
La paz es maravillosa. Pero forzar un proceso de paz cuando no hay chances genuinas de que sea exitoso puede tener consecuencias indeseadas, incluso violentas, que no podemos ignorar. A veinte años de Oslo y habiendo ocurrido todo lo que ocurrió, ya simplemente no podemos dejar, una vez más, que las ilusiones y el optimismo cancelen al realismo y la objetividad.

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