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Vergüenza y rabia es lo que siento cuando un criminal de guerra como Erich Priebke está cumpliendo 100 años, viviendo tranquilamente en Italia, como lo comentó Beatriz de Rittigstein en su columna del diario El Universal el pasado 6 de agosto. En 1996 lo juzgaron y no lo condenaron a prisión por su edad, en 1998 le dieron casa por cárcel. Esta es su historia:
Según el punto de vista de los iletrados que se encargaron de juzgar al criminal de guerra Erich Priebke, un responsable que mandó a 335 inocentes a la muerte de los cuales 73 eran judíos, él no es culpable. “Cosas veredes, Sancho”. Sentencias como esta fortalecen a los que niegan el Holocausto, pues si se observan detenidamente documentos de la Alemania nazi, no existen órdenes por escrito para el asesinato y exterminio de los judíos, porque a partir de 1942 las expresan y ordenan como “Solución Final”.
A Priebke lo tuvieron detenido en la cárcel de Regina Coeli, lugar que él conocía muy bien desde el 23 de marzo de 1944, cuando le ordenaron que tomara rehenes para vengar el ataque que sufrió una patrulla alemana a manos de los partisanos, causándoles 33 bajas. Según la tabla que aplicaban los nazis en las represalias, eran diez a uno; fusilaron en las Fosas Ardeatinas a 335, de los cuales 50 fueron elegidos de la cárcel antes mencionada. La mayoría eran judíos y presos políticos.
La carrera militar de este asesino está enmarcada así:
Diciembre de 1933: con 20 años se alista como voluntario en la Gestapo.
Enero de 1941: con el grado de teniente es trasferido a la Comisaría de Vía Tasso en Roma, a las órdenes del coronel Herbert Kappler.
Marzo de 1944: fusilamiento de 335 inocentes en las Fosas Ardeatinas.
Mayo de 1945: lo arrestan los ingleses y lo trasladan al campo de prisioneros de Rímini, en la misma Italia. A finales de 1946 se evade y se refugia en Vipitino.
Septiembre de 1948: se reúne con su familia y es ayudado por el obispo húngaro Alois Hudal, quien le facilita la huida a Argentina.
Enero de 1994: un funcionario del Centro Wiesenthal de Los Angeles lo localiza en Bariloche, Argentina.
Entonces el rabino romano Elio Toaff dijo que lo debían condenar con arresto domiciliario, por tratarse de un anciano de 83 años. La comunidad judía de Roma se rebeló contra esto; en el antiguo gueto romano y en la zona del Pórtico de Octavia aparecieron graffitis como “Toaff no nos representa” y “Priebke, carnicero”. Raymundo di Neris, judío de 77 años cuyo padre y hermano fueron llevados a las cámaras de gas en Auschwitz, exclamó indignado: “¿Priebke tiene 83 años? Mi hermano murió cuando todavía era un niño; mi padre no tenía ni 50 años”. Se­tti­mio Di Porto, del consejo de la comunidad judía de Roma, dijo: “Deberían pedir perdón a mi abuelo, pero desde la tumba ya no puede perdonar, y yo no me siento capaz de hacerlo en su nombre”.
Con respecto al argumento de que Priebke solo cumplía órdenes, la presidenta de la comunidad de Torino, Lia Tagliacozzo, dijo: “Miles de militares italianos fueron fusilados por no obedecer órdenes que creían injustas”.
En las salas del Tribunal Militar, Priebke podría aclarar muchas interrogantes que todavía permanecen oscuras: ¿Quién le dio cobijo y lo encubrió en sus viajes clandestinos entre Italia y Alemania? Priebke y su familia se escondieron en un chalet de las montañas de Vipitino hasta septiembre de 1948; en julio de ese año se convirtió al Catolicismo, recibiendo el bautismo de manos del párroco de Vipitino, Johann Carradini. Fue ayudado a escapar de Italia por el obispo Hundal, quien coordinaba el llamado “Camino de las Ratas”, una red de ayuda organizada después de la guerra por el Vaticano y algunos servicios secretos occidentales para poner a salvo a criminales nazis.
Con esto se demuestra que cualquier nazi, mediante las “aguas lustrales del bautismo”, quedaba limpio y puro de todos sus crímenes y pecados, y esto lo hacían muchos curas lo mismo que el Tribunal Militar. Esa forma de actuar permitió que la inmensa mayoría de los nazis refugiados en América del Sur hayan sobrevivido a sus crímenes en libertad, protegidos por la organización Odessa, sus cómplices y admiradores.
Para concluir, una frase del sobreviviente Elie Wiesel marca la realidad de los hechos: “Señor, no los perdones pues sabían lo que hacían”.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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