¿Es posible el perdón?
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Por Ricardo Bello
Szymon Laks fue Kapellmeister (Director de Orquesta) en Auschwitz, donde fue internado por judío en 1943 y enviado luego a Dachau. Al ser liberado el Campo por el ejército americano en 1945 se trasladó a París, donde permaneció hasta el final de sus días, después de haber escrito buena cantidad de piezas musicales para orquestas de cámara y trabajos literarios. Lo raro fue haber sobrevivido al horror concentracionario; contaba que a veces familiares de judíos asesinados por los nazis, le preguntaban: ¿Por qué tú, cómo hiciste para salir con vida? Era imposible negar el sentimiento de culpa: no fue mi intención, respondía. Muchos murieron, algunos salieron con vida, fui uno de ellos, no existe explicación. Tuvo la suerte de ser reconocido como músico por un miembro de la orquesta que tocaba marchas militares y otras veleidades, lo cual le permitió evitar el trabajo forzado, al cual muy pocos sobrevivían. Narró su experiencia en Music of Another World (Northwestern University Press), un libro interesante, doloroso, bizarro, extraño como todo aquello que se refiere a la sociedad del totalitarismo nazi:
For this not a book about music. It is a book about music in a Nazi concentration camp. One could also say: about music in a distorting mirror.
La primera ambición de todo Comandante de un Campo (Lagerführer) que valiera la pena era tener su propia orquesta, a fin de aligerar el peso moral o psicológico de los SS a cargo del exterminio y de imponer también un poco de disciplina, tanto en la tropa como en los prisioneros. ¿Pero cómo funciona la música en un ambiente distorsionado, donde todo valor, principio o realidad está volteado al revés? La dignidad y la humanidad pasaban a ser signos de locura; los criminales y ladrones – la escoria de cualquier sociedad normal decente – alcanzaban la cúspide de la jerarquía habitual y los sacerdotes, rabinos, artistas o intelectuales descendía al fondo de la escala hasta alcanzar el grado de Untermenschen o subhombres, desdeñados con furia asesina por el genio totalitario. No tengo manera de evitar reencontrarme con la sociedad venezolana al leer este libro, a pesar de no haber experimentado Venezuela esas cárceles y fábricas de muerte, comunes entre comunistas y nazis; pero aún así, es evidente: no vivimos una época normal.
Los judíos a cargo de los presos en Auschwitz golpeaban para no ser golpeados, denunciaban y asesinaban para no ser ejecutados. Los más débiles padecían bajo el ejercicio de la fuerza de los que más poder o alimentos tenían. El orden de las cosas fue invertido hasta que la ola de rechazo desencadenó una reacción militar de gran escala y el III Reich desapareció bajo el peso de millones de muertos. Sin embargo, Laks vivió para contarlo. Sus conocimientos de los idiomas francesa, inglesa, alemana, además de su lengua materna, el polaco, le valieron el reconocimiento de oficiales nazis que necesitaban de sus buenos oficios para impartir órdenes. Nació en Varsovia en 1901 como un ciudadano ruso más y estudió matemáticas antes de ingresar al Observatorio de Varsovia al obtener Polonia su independencia. Luego fue París a continuar sus estudios musicales y terminó arrestado por las autoridades alemanes.
Al contar Szymon Laks que su Orquesta fue transferida a la Barraca No. 5 a finales de 1943, recuerdo que nací apenas nueve años y algunos meses después, casi enseguida. Mi padre conoció esa historia, vivió la II Guerra Mundial, aún cuando fuese desde territorios menos afectados por el conflicto. Sin embargo, nueve años es muy poco tiempo. Puedo leer ese texto y escuchar su música, la Sonata para Cello interpretada por Stephan Heber y Marcel Worms y sobre todo sus Huit Chants Populaires Juifs, interpretados por la tenor Irene Maessen y Marcel Worms en el piano, sin sentirme un extraño ante la experiencia del horror, de la persecución política que tan de cerca me ha tocado, así sea en otros niveles del Infierno descrito por el florentino.
La posición social de Laks había mejorado, no sólo por el confort y los beneficios de hacer arreglos y tocar la música requerida por la SS, sino porque ya no era un “Millonario”, la etiqueta que le daban a los judíos recién llegados al Campo, a los que tatuaban un número en la piel. Algunos de sus amigos músicos tenían números de apenas dos cifras y él cargaba el 49.543 y ya los nuevos habían sobrepasado los 130.000. Muy pocos viejos duraban, los millonarios eran la regla y los números bajos siempre una excepción, vistos con respeto y hasta cierta admiración, ¿cómo hacían para vivir tanto tiempo?
La pregunta más importante del libro está relacionada con el amor de los alemanes por la música y el por qué un pueblo tan sensible ante esta sublime capacidad artística pudo cometer crímenes tan espantosos. Relata el caso del Rottenführer Pery Broad, un joven nazi de 22 años que había subido a la posición de jefe del Buró Político (Politische Abteilung) en Birkenau, siendo a pesar de todo un intelectual de primera línea que dominaba varios idiomas y no parecía racista, hasta conversaba con los músicos como quien lo hace con un amigo de la universidad o el conservatorio. Broad era un maestro del acordeón, instrumento considerado vulgar por algunos, pero que en sus manos se transformaba, adquiriendo la jerarquía artística de instrumentos más nobles. Este nazi furibundo era un virtuoso, un artista excepcional, amante del jazz y capaz de improvisar de tal manera que algunos compositores se verían en problema para seguirlo. Igual fue juzgado al final de la guerra:
During the trial held in Frankfurt am Main after the war, there was a lot of talk about the numerous crimes commited by this whippersnapper. As far as I know, though, no one mentioned his uncommon musical talents, not as a way fo bringing in mitigating circunstances but simply as an example of rarely encontered association – it it typically Teutonic? – of unbridled criminality and the heights of artistry.
Los judíos pagaron un precio muy caro y sin saberlo quizás, contribuyeron con su muerte a la victoria aliada. Algunos generales de la Wehrmacht sostuvieron después de la guerra que una de las razones de la derrota alemana fue la implacable decisión de Hitler de colocar a disposición de los campos de exterminios una logística de transporte, tropas y armas que ha debido permanecer en los frentes de batalla. Más importante fue su antisemitismo que la guerra contra Stalin y Churchill:
Who can deny that Hitler was more succesful with the Jews than with the war?
Pero aún en los campos, la SS le rendía tributo a la música. Laks cita las Memorias de Albert Speer – Inside the Third Reich -, cuando el Director Wilhelm Furtwängler le preguntó después de un concierto en Berlín en diciembre de 1944 si Alemania todavía tenía posibilidades de ganar la guerra. Speer le contestó que no y le aconsejó que no regresara a Alemania después del Festival de Música que tendría lugar poco después en Suiza, a fin de no tener problemas con los Aliados en la postguerra. ¿Y mis músicos, qué le pasará a los músicos de mi Orquesta?, preguntó Furtwängler. No se preocupe, contestó el Ministro, yo me haré cargo de ellos. No pudo hacerlo, por orden del Fuhrer terminaron como soldados en la defensa de Berlín. Quizás el único jerarca nazi que no tenía afinidades con la música era Goebbels, la excepción que confirma la regla.
Laks trató de publicar su libro en Polonia varios años después de la rendición alemana, pero las autoridades comunistas se negaron, argumentando que el libro mostraba a los nazis con cierta simpatía, por reconocer que aún en medio del Infierno que habían creado, conservaban una capacidad de interpretar y disfrutar música clásica. Pero lo que Laks realmente examina es el fenómeno de la música en los campos de muerte, nunca hace una apología del III Reich ¿y cómo podría hacerlo, con un número tatutado en el brazo? Pero sí se pregunta y contesta honestamente.  La música en Auschwitz era apenas un aspecto de la vida del campo, quizás algo que dejaba atónito a los nuevos prisioneros que llegaban a diario. La música jamás ayudó a los judíos a aclimatarse con su destino final, programado por ingenieros nazis, nunca alcanzó esa faceta de “resistencia espiritual”; era una faceta alemana, tan sólo eso. En cuantos a los prisioneros, la música mantenía el espíritu (o el cuerpo, porque comían mejor y no realizaban trabajos físico) de los músicos, de más nadie. Laks enfrenta incluso la teoría, defendida por más de uno, que el placer estético proporcionado por la música ayudaba espiritualmente a la población interna, detenida, y torturada. No es verdad que en aquellas condiciones la música fuera medicina para el alma enferma de los prisioneros, nada más falso. Era irrelevante. El genio alemán también había inventando y proclamado una teoría seudo-darwiniana de la evolución que reducía a los judíos, aún a los músicos, a la condición de gusanos o seres no aptos para disfrutar del paraíso de felicidad prometido por el totalitarismo.
Fuente: Revista Montero

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