El abismo cultural entre Israel y los palestinos

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Por Jonathan Tobin
Hace algunas noches hubo una gran fiesta en Ramalá. Como lo describió The Times of Israel, la reunión en la Muqata —complejo de la Autoridad Palestina en la ciudad— fue un encuentro festivo con gente que acudió para dar la bienvenida a 21 de los 26 terroristas convictos que fueron liberados por Israel, como parte del acuerdo para que los palestinos aceptaran reanudar las conversaciones de paz. Los altoparlantes emitían música, familiares y amigos de los liberados bailaban, y el líder de la AP, Mahmud Abbas, sostenía orgulloso sus manos en alto en gesto de victoria.
En contraste, el estado de ánimo en Israel era sombrío, y los familiares de quienes fueron asesinados por aquellos que eran tratados como héroes en Ramalá estaban nuevamente de luto. El New York Times describió la diferencia entre las dos reacciones como un “abismo emocional” y eso es, hasta cierto punto, cierto. Uno de los grupos estaba feliz por la libertad de los asesinos, mientras el otro lloraba.
Pero el abismo es más que emocional, o como el Times pareció plantearlo, tan solo un proceso difícil que forma parte del precio que Israel debe pagar por una posibilidad de paz. De hecho, el “abismo emocional” es indicativo de una vasta diferencia cultural entre los dos pueblos, que explica más sobre la ausencia de paz que cualquier conferencia sobre historia, fronteras o refugiados. Dicho sencillamente, mientras los palestinos honren a los asesinos no existirá razón para creer que estén dispuestos a ponerle fin al conflicto.
Las reseñas sobre las consecuencias de la liberación intentaron balancear la vergonzosa ceremonia de Ramalá al destacar la decisión del primer ministro israelí, Benjamín Netanyuahu, de aprobar la construcción de 1500 apartamentos en Jerusalén. No hay duda de que este acto estuvo motivado por un deseo de Netanyahu de aplacar la ira que sienten muchos de sus partidarios por haber soltado a los terroristas. Incluso algunos miembros de su coalición lo calificaron como un acto cínico, y probablemente tengan razón, aunque ellos, como la mayoría de los israelíes, no ven nada malo en que Israel construya en su capital, en barrios que son judíos desde hace 40 años, y que permanecerán en el Estado judío incluso si un tratado de paz diera lugar a un Estado palestino. Algunos habrían preferido una congelación de las construcciones a la desgracia de permitir que los homicidas salgan de prisión, y eso también es comprensible.
Pero la lección no trata tanto sobre si Netanyahu está jugando juegos políticos, o sobre el falso argumento de que construir en Jerusalén sea en alguna forma un obstáculo para la paz. Se trata de que los dos pueblos involucrados en este conflicto parecen estar impulsados por valores que no solo son opuestos, sino que representan una brecha entre civilizaciones. El foco del nacionalismo palestino no está en construir su Estado haciéndolo un mejor lugar para vivir, ni siquiera en crear un proceso político que les permita expresar sus opiniones libremente. Nada de esto podía verse en Ramalá mientras su “presidente”, que está en su noveno año del período de cuatro para el cual fue electo, hacía todo lo posible por identificar su destino político con gente que ha apuñalado, disparado y hecho estallar judíos a sangre fría. Abbas lo hizo porque la cultura política de los palestinos todavía venera el derramamiento de sangre como prueba esencial para cualquier patriota. Por eso los terroristas son héroes para los palestinos, en lugar de vergonzosos residuos de un pasado violento que supuestamente ha finalizado. Él exigió con éxito la liberación de los asesinos, porque eso lo hace más popular.
Entre los israelíes existe un debate sobre la conveniencia de los asentamientos en Cisjordania, aunque pocos disputan el derecho de su país de construir en cualquier parte de su capital. Pero los israelíes no tratan como héroes a la pequeña minoría de judíos que han cometido actos de violencia contra árabes. Ellos son castigados, no ovacionados. Mientras no suceda lo mismo entre los palestinos, la paz no estará a la vista.
Fuente: Commentary
Traducción: Nuevo Mundo Israelita
Jonathan Tobin, periodista, editor jefe del sitio web de la revista Commentary

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